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LA TRILOGÍA CÓSMICA, DE C. S. LEWIS: ¿SON COMPATIBLES LA CIENCIA Y LA RELIGIOSIDAD?

2 de marzo de 2012

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Suele considerarse que la religión y la ciencia son los fenómenos culturales de mayor trascendencia en la historia de la Humanidad. Las relaciones entre ambas doctrinas pueden enfocarse desde puntos de vista sociológicos e históricos. Pero esta “dialéctica” -de la que Ray Bradbury se hiciera eco en sus famosas Crónicas Marcianas- genera fuertes conflictos sociales, confundiendo a las naciones en lugar de esclarecerles el panorama.

Sin embargo, la ética contemporánea encuentra vínculos afines entre estas diferentes “cosmovisiones”. Por consiguiente, podemos deducir que la razón y la fe son facultades inherentes (y acaso complementarias) a la naturaleza humana. Y es que  todos  buscamos  sentido  a  la  existencia.  Una   de   las maneras  de encontrarla -incluso para los más racionalistas- es mediante la creencia en algún Ser Supremo o Conciencia Cósmica. A partir de estas premisas, fundamentamos este argumento ofreciendo un análisis parcial del legado de C. S. Lewis, tal vez el escritor y apologista cristiano más influyente del siglo pasado.

EL APOSTOL DE LOS ESCÉPTICOS

Clive Staples Lewis nace el 29 de noviembre de 1898 en Belfast (Irlanda del Norte). Sus padres fueron el notario Albert Lewis y Flora Hamilton (hija de un vicario). La infancia ensoñadora de la que gozó el niño llega a su fin al fallecer la madre, cuando sólo contaba nueve años. Apenas al mes siguiente, fue enviado a estudiar lejos de casa, en un internado de Inglaterra. El pequeño “Jack” -así lo llamaban sus familiares y amigos- odiaba angustiosamente la escuela con reglas estrictas y maestros abusivos. Para su/nuestra suerte, al regresar a Irlanda y posteriormente volver a Londres, su formación cultural tomó direcciones ascendentes. Como adolescente, Lewis aprende a amar la poesía, especialmente las obras de Virgilio y Homero. También desarrolla un interés en lenguas modernas y mitología nórdica.

La obra del poeta y escritor escocés George McDonald fue un factor importante para dejar el ateísmo que lo caracterizaba desde su adolescencia. Lewis se convierte al cristianismo en 1931, luego de sostener una larga disquisición con sus amigos J. R. R. Tolkien y Hugo Dyson. A tal fin, se hace miembro de la Iglesia de Inglaterra -para descontento de Tolkien, quien esperaba que adoptara la religión católica.

A edad tardía, Lewis mantiene una correspondencia epistolar con la escritora judeoamericana Joy Davidman Gresham, también atea conversa. Ella se separa de un esposo alcohólico y abusivo viajando a Inglaterra con sus dos hijos. Al principio, Lewis la considera una amiga y compañera intelectual, lo que no obsta para arreglar un matrimonio civil “en teoría” (como se aprecia en la magistral obra cinematográfica Tierra De Penumbras del director británico Richard Attenburroughs). Al poco tiempo de haberse “casado”, Joy sufre un fuerte y persistente dolor en la cadera, síntoma que a la larga los llevará a consulta médica, donde se le diagnostica un cáncer terminal.

A partir de este punto, la relación se desarrolla de manera que ambos anhelan un matrimonio religioso. Debido a que Joy era divorciada, y a que en esa época un nuevo matrimonio no estaba permitido por la Iglesia Anglicana, un amigo, el reverendo Peter Bide, hace posible la ceremonia en el hospital en 1957.

Pronto el cáncer de Gresham entra en un breve receso y la pareja vive como una familia normal hasta el eventual colapso y fenecimiento de la “cónyuge” en 1960. Duramente golpeado por este trágico suceso, Lewis fallece el 22 de noviembre de 1963, el mismo día que el presidente Kennedy es asesinado en Dallas. Se conmemora su muerte en el calendario de la Iglesia del Episcopado.

TEOLOGÍA NOVELADA

La Trilogía Cósmica es una serie de novelas de ciencia ficción cuyo tema predominante es la constante lucha entre las fuerzas del Bien y el Mal; mientras está en juego la salvación de Thulcandra (la Tierra). Sus volúmenes son: Más Allá Del Planeta Silencioso (1938), Perelandra, Un Viaje a Venus (1943) y Esa Horrible Fortaleza (1945, también conocida como Esa Fuerza Maligna).

En este universo de ficción existe un Dios llamado Maleldil, que se hizo hombre y descendió a la Tierra al igual que Jesucristo. Aparecen los Eldila (plural de “eldil”), seres de luz que sirven a Maleldil (suerte de caracterización de las jerarquías angelicales). También existe el Demonio, con su concomitante poder seductor y perverso. Un importante porcentaje de la historia gira en torno al pecado de Adán y Eva. Según los Eldila, esto fue la causa principal para que nuestro planeta estuviera incomunicado del resto del sistema solar.

En las dos primeras novelas, Ramson, el protagonista, viaja a Marte y Venus, donde existe toda clase de criaturas que hablan el mismo idioma: jressa-jlab, el Solar Antiguo. Los distintos seres llaman a los planetas con nombres que difieren de los usados por sus pares humanos. Así, Marte es conocido como Malacandra, Venus como Perelandra. El sistema solar es conocido como el Árbol. La tercera novela gira en torno a los sucesos acaecidos en Thulcandra y el retorno a la vida del gran sabio arcano Merlín.

En 1937, Lewis tuvo una conversación con Tolkien, sobre lo poco que les gustaban las historias que se hacían entonces. “Me temo que tenemos que intentar escribirlas nosotros”, dijo Lewis. De esta manera, acordaron que Tolkien escribiría una historia sobre un viaje en el Tiempo y él sobre una travesía espacial. Después de haber escrito Más Allá Del Planeta Silencioso, Lewis manifiesta a su amigo Lancelyn Green: “...se trata de una mitología que simplemente quería ‘conquistar’ desde un punto de vista cristiano”. Era, hoy se sabe, una respuesta de fe a la obra de H. G Wells. De hecho, las descripciones de los paisajes extraterrestres de Wells inspiraron la poderosa visión onírica de Venus en Perelandra.

En 1939, Lewis comenta a una religiosa anglicana, la hermana Penélope, con la que mantenía correspondencia: “...entre sesenta opiniones positivas de remitentes míos, sólo hubo dos que parecían apoyar que la idea de la Caída del Aberrante (así se refería Lewis al Diablo) fue algo más que pura invención bíblica”. Lewis fue secundado por la hermana: “...hoy en día se puede infiltrar en las mentes de las personas cualquier dosis de teología, siempre que se haga bajo la forma de una novela, y no serán conscientes de ello”.

CIENCIA FICCIÓN CRISTIANA

Lewis empezó a escribir ficción cuando estudiaba El Paraíso Perdido. Esta alegoría puritana de Milton fue la más clara influencia para su Trilogía Cósmica. Muchos lectores pueden disfrutar de estas novelas, a pesar de su contenido cristiano. No obstante, la mejor manera de leerla es la que sugiere la escritora de novelas de detectives Dorothy Sayers en una misiva: “...se acepta que, simplemente, se trata de una historia de viajes por el espacio, hasta que de repente -casi al final- uno dice: ‘¡Si es una historia sobre el cristianismo! ¡Maleldil es Cristo! ¡Y los Eldila, ángeles!’... Es como si dos estamentos totalmente distintos coincidieran, formando así algo inolvidable”.

El artículo Crónicas Del Espacio (1946) de Arthur C. Carke incluye un análisis de esta parte de la obra de Lewis, donde evidencia el desapego del autor por la ciencia ficción: “El maestro de Oxford siempre había sido muy claro sobre su disgusto por lo que llamó ‘scientifiction’ ”. Lewis se sintió motivado para escribir su Trilogía Cósmica después de leer al inglés Olaf Stapleton. El desmesurado rechazo que sentía por los viajes espaciales podría haberse basado más en la emoción/conexión hacia Stapleton que en cuestiones de ética y religión. Clarke reafirma esto cuando escribe Preludio Al Espacio (1951).

Actualmente, constituir una “civilización extraterrestre” es más factible que nunca. En marzo de 2006, John Marburger, asesor de ciencia del presidente estadounidense George W. Bush, habló de habitar el sistema solar (“perspectiva económica para la raza humana”). Hay muchos motivos para creer que a finales del siglo XXI prosperará una serie de industrias (turismo, minería, energía, manufactura especializada) fuera de la atmósfera terrestre. Igualmente, no hay razón para pensar que entre las personas que viven y trabajan fuera de la Tierra, no quedará propiedad destinada a ellos -ya que serán hombres y mujeres de fe.

Desde su punto de vista cristiano, Lewis rechazó la doctrina de la Caída del Hombre. Afirmaba que la naturaleza humana es inherentemente pecaminosa. Puso su lealtad a Dios antes que su lealtad al Hombre objetando: “¿Acaso un sistema solar que está aparentemente vacío de vida compleja, podría carecer de cualquier tipo de vida?”. Lewis creía que, en ausencia de Dios, las cosas nunca pudieron haber sucedido en este planeta: “¿Habría alguna razón lógica para detener los viajes espaciales o cualquier otra actividad humana mientras se espera el regreso del Mesías?”.

Si C.S. Lewis hubiese vivido hasta la navidad de 1968, se habría conmovido por las visiones y sonidos de los tres astronautas, que tras leer el libro del Génesis, rodearon la Luna. “Nos estamos acercando al amanecer lunar. Para todas las personas en la Tierra, la tripulación del Apollo 8 les desea buena suerte. Feliz Navidad y que Dios bendiga a todos los hombres de buena voluntad”.

Expuestos estos argumentos, se podría concluir que tanto ciencia como religión son las alas de una paloma en pleno vuelo. Éstas impulsan la evolución y cada una parece ser consustancial a la otra. Ambas requieren de paradigmas éticos y epistemológicos que sean admisibles para estos tiempos de globalización. Ahora es cuando más necesitamos de nuevas verdades que encaminen nuestro entendimiento hacia un futuro promisorio y más digno.

Jorge Antonio Buckingham


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