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BEAT HAPPENING: RESISTIENDO AL ROCK CORPORATIVO DESDE LAS CIMAS DEL BAJO PRESUPUESTO

7 de septiembre de 2012

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Black Candy
(K Records, 1989)


Básicamente, toda la reseña se resume en este video:


Lo que sigue a continuación es simplemente una ulterior crónica de lo que me deja repasar la media hora de música contenida en Black Candy.

De buenas a primeras, después de todo este tiempo y de varias escuchas a éste y más álbumes, queda claro que la música de Beat Happening ha sido más importante para grupos de finales de los 80s y principios de los 90s que ningún otro ensamble “básico” que nos haya querido imponer algún ranking apurado. Es una enseñanza de cómo el método se convierte por convicción en un estilo, y puede llegar a definir una era -una época en la Humanidad en que hacer música era casi tan desnudo y primitivo como lo que se escucha en esa canción, permeada por la inocencia, la simplicidad y la extraña belleza que encierra su espontaneidad. Un cándido juego de niños, si se quiere, que dura lo que duran ésta y 9 canciones más.

Y es que Black Candy no es más que la mejor forma de asustar a los fanáticos del virtuosismo y restregarles en su mal entendido talento que, a veces, la confusión da paso a enormes logros; es una patada en los huevos a las tribulaciones por las que un muchacho cualquiera suele transitar para formar un grupo y hacer sus canciones (componer, tocar, grabar, editar, publicar -todo el paquete-).


El tercer disco de los oriundos de Olympia (Washington) es una piedra fundacional del más radical DIY que jamás haya existido. Se prestaban partes de teba de sus amigos (cuando no tocaban sólo con guitarras y maracas), la voz de Calvin Johnson canta en rango barítono (imagínate a alguien cantando dentro de un ataúd), y por momentos sonaban (y hacían) punk.

Luego, toda esa esencia quedaría como un tierno recuerdo gracias a los grados de corrupción a los que se sometió la ideología grunge (¿tú crees que Butch Vig o Flood hubiesen permitido un disco así?; se suicidaban antes que Cobain). Mucho de ese “Seattle sound” (ahí nomás de Olympia, by the way) se impregnó del radio de acción desatado en BC. Sí, puede resultar ominoso (palabra que siempre quise usar en alguna reseña -gracias-), pero también delirante y hasta dulce, a pesar de esa “oscuridad” expuesta en el título. Son canciones tipo para pelis de terror ya ni siquiera serie B, con un beat super tribal (que se impone en todo el LP, cortesía de Brett Lunsford), y de una clara devoción a actos como The Cramps o The Trashmen: cada surco parece ser una versión en clave lo-fi de “Surfin’ Bird”.


“Other Side” promete una buena impresión de lo que vendría a ser el disco más adelante, porque es feliz y casi hasta luminosa, con un dueto vocal apropiado junto a Heather Lewis (y que se extraña en el resto de canciones), cuya letra alude al juego infantil “red rover”, ése en el que 2 filas de niños se ponen una frente a la otra y cuando un niño sale de una, tiene que ir al frente y “romper” la fila opuesta (desconozco el nombre del juego en español). Es apenas en la segunda canción, también llamada “Black Candy”, que todo oscurece, y a partir de aquí la lobreguez permanece, con la voz de Calvin enumerando un puñado de acciones que no sé si disfrutó o detestó (me da miedo adivinar). Con “Knick Knack”, volvemos a escuchar la voz de Heather, esa guitarra juguetona y despreocupada, pero sonando bien al fondo, como si la sala resplandeciese tenue con una vela a punto de apagarse. Nosotros vemos un fantasma, pero ella ve un halo. ¿No es tierna, acaso?


Lo que no pensábamos es que estos pendejos nos estaban preparando para la pesadilla: “Pajama Party In A Haunted Hive”, quizá el mejor tema de la placa, es todo lo surf que te puedas imaginar para una trío indie, pero como si corrieras olas de noche, perseguido por algún ser pesadillesco de tu elección -abejas reina en este caso (¿?). La vibra de la canción es super densa, el feedback es penetrante, y los redobles de la tarola, impresentables. Pero nada quita que sus cuatro minutos y medio sean un triunfo. Ahí no más le sigue “Gravedigger Blues”, que es lo más Tom Waits que haya escuchado a un grupo indie nunca. Y es una canción básicamente con sólo voz y chasquido de dedos (más el sutil agregado de brushes en la tarola). Lo-fi a capella. En la vida, pues.


“Cast A Shadow” inicia la segunda parte del disco, que abre trocha hacia lo cansino que puede llegar a resultar en los siguientes números Black Candy para los no iniciados. De cualquier forma, esta canción se inicia como “el lado A”, con un riff alegrón, y una voz menos honda y lo suficientemente amable como para cantar sobre la venida del cuco (no es joda). “Bonfire” me suena al intro de “Hit The Road” de Ray Charles, en versión carboncillo, pero eso se lo dejo a tu oído. “T.V. Girl” vale la pena por ese teclado de juguete que le meten a la mitad, que me hace recordar a esas canciones sobre cualquier cosa que cantábamos en el nido, que debe ser exactamente ese lugar al que alude Calvin en “Playhouse”, hasta que llegamos a la parte ésa en que dice: “I Got A Playhouse So Let's Stop/We Won't Argue And We Won't Talk/We’ll Just Take Off All Our Clothes/In My Playhouse That's How It Goes”. Vivo es.

Finalmente, “Ponytail” es el inmejorable cierre para este Caramelo Negro, con varias capas de sonido, entre percusión asincopada (y estoy siendo demasiado generoso) y rasgueos de guitarra, que van escalándose mientras Calvin se deshace en clamores por su... ¿caballo? Los últimos 30 segundos son deliciosos.

Black Candy parece haberse concebido con ese aire de despreocupación que brinda el absurdo -y que todo aquel que alguna vez fue niño disfrutó. También representa una huella indeleble en la cara de la industria: K Records se mantiene hasta hoy como uno de los sellos independientes más respetados/influyentes de la escena gringa. Si no, que lo diga Merge. Gracias por el DIY, chicos, que aunque parezca, no fue poca cosa, ni por asomo.

Cristhian Manzanares


ESCUCHA  EL BLACK CANDY AQUÍ

ENLACES RECOMENDADOS

http://365aay.com/y1d327/ (en 365 Albums A Year).

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