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SOUND OF NOISE: LA BRIGADA DEL RUIDO

21 de septiembre de 2012

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(Ante todo, mucha calma, como dirían los Siniestro Total, pues de arranque he de alegar una disculpa. No soy un cinéfilo terminal, pero si debo declarar algo al respecto, ello es que soy un aficionado al cine con alguito de olfato. Lo prueba, creo, que haya visto anunciado este título en MaxPrime, que me haya dejado guiar por el nombre, y que no lo haya lamentado ni remotamente. Queda hecha, pues, la salvedad de que éste no será un repaso cinemero en sentido estricto.)

Todo melómano que cultiva saludablemente su pasión por la Música, tiene la obligación de ver Sound Of Noise (2010). Se trata de un largometraje que confronta pertinazmente nuestros (pre)conceptos sobre ese campo del arte vinculado ad infinitum al Sonido. El alcance de sus cuestionamientos es tan enorme, y sus desafíos tan numerosos, que incluso inquiere por el Silencio -ese grial inaccesible para Amadeus Warnerbring, nacido en una familia de músicos clásicos, en el seno de una sociedad que respira música clásica, pero condicionado por un oído incapaz de resistir sonidos medianamente fuertes (sean éstos agudos o graves).

Cansados de vivir en un país como Suecia, cuya alta “aristocracia” cierra los ojos a todo aquello que no sea Chopin, Haydn y Mozart; los músicos Sanna Persson y Magnus Börjeson (actores que aparecen con sus verdaderos nombres) deciden perpetrar su propio 14 de julio revolucionario. Reclutan a cuatro percusionistas consumados para llevar a la práctica la obra “Music For One City And Six Drummers”, jugada conceptual que supone cuatro intervenciones audioextremistas, actos públicos la mayoría de los cuales califica -al menos en Suecia- como delito. Después de la primera acometida, el detective estrella de la tombería de Malmö, Amadeus Warnerbring, se empecina en descifrar su modus operandi para ponerlos tras las rejas.


Hasta este punto, el argumento de Sound Of Noise no parece sino el de una comedia nórdica -con inflexiones de policial y drama- que ha tenido el poco tino de caer en la etiqueta de “musical” para mendigar algo del indulgente desdén con que suele verse este tipo de ejercicios tras la cámara. Pero es a partir de aquí que las cosas toman un rumbo radicalmente distinto al previsible.

(Digresión algo prolongada.- ¿Han notado lo odiosa que suena esa palabrita cuando la usa la sociedad “adulta” -o su departamento de imagen, el mainstream-? Cada vez que se emplea el adjetivo “musical”, o muletillas como “el mundo de la música”, se cuela asolapadamente un tufillo de desprecio, como si se estuviera hablando de algo trivial, que no tiene tanta importancia como sí el cine o la literatura. Quizá sea porque el peruano urbano promedio es un completo desorejado -es decir, la música para él es sólo un acompañamiento de fondo que tararear o ignorar mientras se dedica a sobrevivir en este medio ambiente caníbal. Quizá sea porque tenemos un concepto de lo que es “música” tan pobre, que ha hecho que elevemos a la categoría de “ídolos” a tanto asno/retardo-tropical-andino-escaso-de-talento. Quizá sea una mezcla de ambas cosas. En cualquier caso, debo preciarme de no haber usado NUNCA, en todos los años que llevo escribiendo -nada menos que 18-, ni ese adjetivo ni esa muletilla. Una elección plenamente consciente, por supuesto: el idioma ofrece mil y un modos de evitar sendos deleznables lugares comunes.)

“¿ESTO ES UN TEST DE AUDICIÓN?”

(Más bien de “audioexpresión”, diría yo.)

Nótese que son otras las coordenadas geográficas que ilustra este film sueco-francés, otra la sociedad que describe, otra la “clase dirigente” que retrata. Frente a un estrato A-B refinado/sofisticado a niveles insultantes de snobismo, que no baja de Beethoven, los terroristas sonoros que conocemos como Six Drummers buscan injuriar el enteco/encorsetado paladar de esa “gente bien” demostrando la absoluta vigencia/veracidad de aquella vieja premisa del legendario Blixa Bargeld (Einstürzende Neubauten), que afirmaba que todas las cosas tienen su propio sonido -el indispensable update ochentero de una tradición de vanguardismo intelectual nacida en los albores del siglo XX.


Como acabo de acotar, a principios de la señalada centuria, un puñado de adelantados italianos predicó el advenimiento del futurismo en las diversas categorías artísticas que la cultura occidental reconoce como tales. El poeta Filippo Tommaso Marinetti fue su cabeza visible y quien firmase el fundacional Manifiesto Futurista de 1910, pero sería Luigi Russolo quien ganaría reconocimiento con el paso de los años. Considerado el primer compositor de música experimental de la Historia y creador del Intonarumori, si se quiere la primera formación orquestal concebida ex profeso para generar ruido; Russolo advertía que, con el advenimiento de la Revolución Industrial, una nueva gama de sonidos estaba a disposición del Hombre. Entonces quizá sólo se les consideraba ruidos, pero el notable precursor mediterráneo entrevió su incorporación, en el futuro y por su enorme potencial expresivo, al concepto de lo que llamamos “música”. El Tiempo le daría la razón: después de Russolo, vendrían los Cage, los Subotnik, los Theremin, los Henry, los Bayle, los Varèse, los Schaeffer, los Stockhausen, los Hütter, los Schneider y un dilatado etcétera -todo un Mundo nuevo, con su prehistoria acusmática, su modernismo electrónico y su contemporaneidad post-digital; Mundo del que el ruidismo binario es, a día de hoy, su último avatar.

(Momento convenientemente anti-climático.- En 1950 se estrenó una coproducción mexicano-cubana intitulada Al Son Del Mambo. Nada especial, en realidad: típica pela de la edad dorada del cine mexicano, que se aprovecha del género en boga. En buena cuenta, para lo único que sirve es para entender por qué los abuelos se quedaban bizcos viendo a Amalia Aguilar, por qué las abuelas se santiguaban haciendo otro tanto, y por qué los curas amenazaban con la excomunión a aquellos feligreses asiduos a los improvisados mambódromos que florecieron en América Latina durante esos desaparecidos días. Pero Al Son... esconde una escena que se cruza surrealistamente con los postulados de la progenie de Russolo. Una noche, en el hotel donde transcurre la historia, el personaje de Roberto Romaña observa casualmente a Dámaso Pérez-Prado, quien deambula por las estancias papelito y lápiz en mano, deteniéndose a ratos en las proximidades de un ruido/sonido. Cuando Romaña le pregunta qué está haciendo, “Car’e Foca” le contesta: “bueno, le voy a decir, yo soy coleccionista del sonido, del ruido, y esas cosas”. “¿Para qué?”, arguye la lógica de Romaña. “Pues, por el momento, para nada”, replica Pérez-Prado. “¿Y se puede saber cómo le hace?”, prosigue su interlocutor. Entonces el cubano le enseña sus apuntes: el sonido de una gallina sobre la arena, el de una cascada pegando sobre cuatro descansos de roca, el de la cola de un pavo cuando se abre de golpe, el de las cuerdas de una hamaca, y hasta el de las olas estrellándose contra un acantilado; todo conservado en retazos de papel esgrimiendo una muy peculiar forma de notación. ¿Guionista freak? ¿Director weirdo? ¿Productores visionarios? Como diría Chespirito, “lo más seguro es que quién sabe”.

Ah, por cierto, para aquellos que no jalan con este tipo de cine, la escena descrita va desde 8:35 hasta el final. De nada.)


METAL MACHINE MUSIC

Mas a pesar de su estruendoso nombre, Sound Of Noise no es un panegírico necesariamente a favor de la electrónica o del ruidismo. Le propongo al cibernauta el siguiente ejercicio: que oiga la banda sonora primero y vea la película después. El interesado descubrirá perplejo que números como el primer movimiento de “Doctor Doctor Give Me Gas (In My Ass)” (suerte de relectura pop del tema “Quite Unusual” de Front 242), “Money 4 U Honey” (equivalente a la musicalización de una pieza de danza contemporánea) o la psicóticamente metal-mecánica “Fuck The Music (Kill! Kill!)” (ruidoso cachiporrazo post-industrial) no sólo no están exentos de melodía, sino que además denotan una brutal obsesión por la síncopa, la percusión, la rítmica; lo que les hace susceptibles de ser encuadrables bajo estilos y géneros ya plenamente integrados a la música pop, sea ésta el rock o la electrónica. Otra vez, se hace imperativo reivindicar con mayúsculas ese grito de guerra que las Slits profirieran en su single de 1980: IN THE BEGINNING/THERE WAS RHYTHM.


Todavía mejor, el espectador/escucha caerá fulminado cuando constate que los “ataques subversivos” de los Six Drummers demuestran que no se necesitan instrumentos reales para ejecutar música. La célula comandada por la traviesa Sanna investiga las posibilidades timbrales de la palanca de cambios de una van, de una excavadora diesel de 400 caballos de fuerza, de la interacción entre un serrucho y el arco de un violín (táctica reciclada no sé qué tan conscientemente en la muy recomendable Another Earth, 2011), o de cables de electricidad high voltage ya instalados y en funcionamiento. Su desesperado rastreo de sonidos imitativos no puede responder más que a una fantástica compulsión por el Sonido como delineador último de las lindes de aquello que llamamos “música”. Hasta el mismísimo cuerpo humano, uno con “buena resonancia”, es manipulado para generar sonido. Una airada dialéctica que, de ningún modo, podía haberse gestado de un día para otro. Aquí el antecedente, Music For One Apartment And Six Drummers, cortometraje del año 2001 con los mismos protagonistas y firmado por los mismos directores -Ola Simonsson y Johannes Stjärne Nilsson:


Este accionar no se traduce en composiciones monocordes, áridas, tediosas o aburridas; como las del ruidismo electro de años recientes. Basta constatar cómo manejando raudamente por la autopista, y teniendo en la parte trasera de la camioneta a Magnus con todo el drum set desplegado y operativo, Sanna acompasa el pulso rockero del músico manipulando la caja de velocidades y el chirrido de las llantas sobre el asfalto. Esto no es un sonido inane, carente de variaciones audibles. Es un sonido vivo, activo y palpitante; innovador desde los procesos mismos de composición y ejecución. Invocando esta última instancia, los ruidistas digitales pretenden justificar los pálidos réditos que les comporta haber entrado en un cul de sac desde mediados de la década pasada -con la diferencia (añadida) de que Sound Of Noise es una película y podemos apreciar dichos procesos, mientras que un disco actual de ruido sólo trae la aplatanada pista de audio. Como dijese alguien hace algún tiempo, lo de los ruidistas ha degenerado en “onanismo inductor de migraña”.

THE SOUND OF SILENCE

La película empieza con una delicada melodía compuesta básicamente por cuerdas. Observamos fotos en blanco y negro de diversas personas, mientras una voz en off nos las presenta y nos revela a qué miembro de su familia corresponde tal o cual rostro. Todos ellos músicos: concertistas de piano, directores, niños-prodigio... Todos menos uno. El dueño de la voz en off, Amadeus Warnerbring, se describe como sordo de nacimiento -aunque en realidad está más cerca de lo que los anglosajones llaman “tone-deaf”, un sordo para la música. Esta indisposición congénita ha hecho que, desde pequeño, a Amadeus no sólo no le guste la música, sea la que sea; sino que sienta por ella un terrible -aunque bien disimilado- disgusto. Sabiendo esto, cabe preguntarse “¿cómo puede una persona así protagonizar un film que intenta validar las posibilidades sonoras heterodoxas para crear música?”. Un tipo como Warnerbring, que aborrece la música, por fuerza nos tiene que caer mal, en el ecran o en la vida real.


Pero, aunque suene a broma, Amadeus Warnerbring es sin duda uno de los protagonistas de Sound Of Noise. Si bien al principio queremos que le sangren los oídos por su persistente malhumor ante cualquier expresión sónica, después de que los subversivos le martillean los tímpanos agarrando a combazos una escultura de bronce comenzamos a compadecer al pobre policía. Quizá deteste la Música, pero no porque quiera, sino porque no puede soportarla físicamente. Merced al recurso cinematográfico de un improbable toque de Midas gracias al cual todo aquello que usen los terroristas sónicos dejará de emitir ruido alguno para él, Warnerbring comprenderá que sólo con su ayuda logrará alcanzar ese Silencio que lo elude constantemente. Tras la cuarta intervención, “Electric Love”, Warnerbring fuerza a los Six Drummers a ejecutar una partitura pobrísima que acaba de componer, pero que comporta manejar los interruptores de electricidad y golpetear cableado de alta tensión. Rapta a Sanna y la lleva a la sala de conciertos para que haga la parte solista. El efecto de jugar insistentemente con las llaves maestras de luz hace que la ciudad toda produzca una muy lírica “música visual”. Al final, vemos al buen Warnerbring arrellanado en su butaca, escuchando un concierto de Haydn dirigido por su hermano menor Oscar. No escuchando, mejor dicho. Ahora, Warnerbring sólo oye los carraspeos, el roce de la ropa, el tintineo de los pendientes, la respiración y los susurros de los asistentes. Por fin, puede soñar despierto con esa “música hecha de silencio” con la que alguna vez fantaseó...

...Y mientras tanto, advertidos por Amadeus de que las fuerzas del orden ya han identificado al menos a tres de sus miembros, los Six Drummers se esfuman. Vemos a Sanna y a Magnus a la orilla del mar, acaso en una playita tropical, discutiendo por el nuevo empleo que han aceptado. “Nosotros estamos para cosas mucho más grandes que esto”. “¡Tenemos que vivir de algo!”. A renglón seguido, la gentita aparece tocando en un misio club playero que parece para personas de la tercera edad. No sabemos dónde están, pero mientras se intercalan imágenes de satisfacción de Warnerbring, Sanna le pone su voz a una deliciosa reversión de “Electric Love” en clave de bossanova de casiotón -divina ella, enfundada en un vestido rojo, mientras entona: “When The Sun And The Moon And The Sea Is At One With The Cha-Cha/Then The Lights Come Alive In Your Eyes, Brighter Than Sunbeams/We Can Dance Through The Night Anything From The Waltz To The Samba/The Music Won't Stop, But I've Got To Drop Out Of This Dangerous Dream...”. Telón abajo.

LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA

Sanna le dice a Magnus: “Tenemos que pensar en alto. Ésta es nuestra bomba. Oye esta ciudad, contaminada de mala música”. Queda bastante claro que al “brazo ideológico” de los Six Drummers le jode tanto la estrechez de miras de la música “clásica”, y -de taquito- del muzak (música de ambiente en supermercados, ascensores, salas de espera, etc), que elige una terapia de choque para espantar a sus connacionales, y de paso fascinar a los espectadores. Resulta hilarante ver al jefe facho de Warnerbring vociferando en vivo en las noticias: “¡Limpiaremos a esta ciudad de esa escoria de la música!”. O al yuppie treintón del banco chillar como loca cuando los Six Drummers desmenuzan billetes de alta denominación con una máquina pica-papeles.


La de los Drummers es una revolución silenciosa. Verdad que podemos apreciar una demoledora “drum battle”, de la que sale vencedor después de tres horas Anders Vestergärd -haciéndose de paso merecedor al primer solo de batería. Verdad que las cuatro intervenciones “sediciosas” ocurren sucesivamente en un hospital, una agencia bancaria, los exteriores de una sala de concierto de música clásica, y nada menos que los cables de una torre de alta tensión (lo que terminará produciendo extraños fenómenos acústicos a distancia, algo así como las imágenes lejanas que refleja/distorsiona una capa de partículas de hielo suspendidas en el aire). Pero, como puede constatarse, sólo dos de estas intervenciones se realizan con público: uno cautivo, en el caso del banco, y otro que corre confundido por falsa amenaza de bomba, en el caso de los exteriores de la sala de conciertos. La revolución planteada no es verdaderamente observada por nadie, ni tiene el menor impacto en nadie -excepto por/en nosotros mismos.

Es probable que ahora se entienda mejor la “digresión algo prolongada” de párrafos anteriores. No comparto forzosamente el militante enfado hacia la música mal llamada “clásica” que expide Sound Of Noise. Pero sí me fastidia que el único caso en que “musical” adquiere algo de respeto es el momento en que se habla, justamente, de música clásica. No tengo nada particularmente en contra del clasicismo, excepto en el hecho de creerse los músicos clásicos que, por haberse adueñado de ese calificativo, la clásica es la mejor música de todos los tiempos: incontrastable ayer, hoy y mañana. ¿Tan poco promisorio ha sido el futuro de nuestra especie, como para pensar que no podemos superar esa forma de hacer música en concreto? Yo pienso que no, que hace rato la música pop se tiró abajo ese mito. Si de mí dependiera, haría regresar a los Voyager 1 y 2, y quitaría a Bach para incluir, por decir algo al azar, a Aphex Twin o a mis adorados Kraftwerk.

Cien minutos de una experiencia vivificante, a la vez una exultante reafirmación de los peligros a los que nos puede llevar el dogmatismo incluso en terrenos como el sónico, y un beligerante manifiesto en pro del Sonido per se. Todo eso y más, en esta “perla blanca” -maravilla que no nos permite olvidar aquello que ya proclamaba Russolo veinte lustros atrás: “Nosotros, los futuristas, hemos amado y disfrutado profundamente las armonías de los grandes maestros. Durante años, Beethoven y Wagner han agitado nuestros nervios y corazones. Ahora estamos saciados y encontramos mucha más fruición en la combinación de ruidos de los raíles, el motor de explosión, los carruajes y las masas aullantes que en la enésima escucha de la Heroica o la Pastoral”. Poesía pura.


PD: Circula en Polvos Azules una copia truchaza de esta película. Ojalá pronto se “remedie” esta situación. A quienes disponen del software adecuado y no desean esperar más, les aviso que Sound Of Noise aparece colgada en algunos sites (basta con googlear el nombre). Provecho.

Hákim de Merv


ESCUCHA EL SOUNDTRACK DE SOUND OF NOISE AQUÍ

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