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SMOG: BARÍTONO DE LA REDENCIÓN

30 de noviembre de 2012

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A River Ain’t Too Much To Love
(Domino, 2005)


¿Qué tanto se puede decir después de 11 discos? ¿Qué piel puedes trashumar para, a través suyo, sonar totalmente convincente en una nueva entrega? ¿Cómo podría sorprendernos una vez más el solitario y bamboleante Bill Callahan? ¿Dejaríamos todo lo que tenemos en la ciudad, la comodidad de la modernidad, para abandonarnos a una búsqueda personal por los bosques, lo vasto de la naturaleza, lo impredecible del campo agreste? ¿Acaso nuestra realidad no es una transfiguración de esa realidad campestre, extrapolada a esta jungla de cemento y asfalto?


“Palimpsest” es la primera de esta decena de respuestas hechas canción que el buen Callahan nos presenta bajo su alias de Smog. Es el telón arriba de un disco que, defensa de parte, suena “a él”. Y suena bien. Igual de íntimo y personalísimo, pero ahora sí, después de mucho tiempo, poniéndole su rostro y humanidad a todo lo que aquí escucharemos. Eso sí, más allá de algún rollo conceptual que se pueda notar -aunque sea sólo vagamente-, en A River Ain’t Too Much To Love la vibra generada es la de una lumbrera que tiene enorme talento y decide compartirlo bajo la compañía de una fogata (de ahí los títulos y su asociación a árboles, tierra, agua, y campo).

Su confesional apertura es frontal: “Why’s Everybody Looking At Me/Like There’s Something Fundamentally Wrong/Like I’m A Southern Bird/That Stayed North Too Long”. La voz barítona de Callahan es capaz de oscurecer todo un bosque, pero para que podamos ver las estrellas que se posarán encima. Inconfundible como es, sin embargo, despierta un carisma que hace que estés atento a todo lo que tiene que decirte, aún sin salirse de su estilo lo-fi (al que más apego ha sentido), hecho de spoken word y guitarras repetitivas -aquí ya asociadas directamente a una onda country/folk en la que se desenvuelve con impensada naturalidad. Esto, muchos años antes de que actos indies impongan lo folkie como “in” dentro del mainstream pop actual (Iron And Wine, Fleet Foxes, Mumford And Sons et al).

Uno va escuchando A River... como quien se siente embrujado por el sonido del viento sobre las hojas caídas debido al otoño. Se enreda en ellas y las sigue como embobado, cual mosquito directo a la luz neón. El sonido de la Americana se vuelve su aliado, y su acústica acomete en narraciones sobre experiencias humanas en la naturaleza, con un mensaje que va más allá y que sinceramente agradeces. “Say Valley Maker” menciona un río, sí, pero luego Callahan te dice “So Bury Me In Wood/And I Will Splinter/Bury Me In Stone/And I Will Quake/Bury Me In Water/And I Will Geyser/Bury Me In Fire/And I’m Gonna Phoenix/I’m Gonna Phoenix”. Brutal.


Las confesiones se tornan más lóbregas con la monumental “Rock Bottom Riser”: “I Bought This Guitar/To Pledge My Love/To Pledge My Love To You/I Am A Rock/Bottom Riser/And I Owe It All To You”. Una conmovedora historia de caída y resurgimiento que sólo suena convincente salida de la boca, la humildad y el genio de Callahan. Estamos hablando de una de las mejores canciones que se hayan escrito en la primera década del siglo 21. No menos que eso.


Este nervio confesional se sostiene con la más ligera (pero igual de impactante) “I Feel Like The Mother Of The World”, que para fines mediáticos contara con la bellísima Chloë Sevigny en el respectivo videoclip. Una evocación a su niñez y al recuerdo de días que parecían más llevaderos que los que hoy tenemos que enfrentar. También solté una lágrima cuando le oí cantar “When I Was A Boy I Used To Get Into It Bad With My Sister/And When The Time Came To Face The Truth/There’d Only Be Tears And Sighs/Tears And Sighs/And My Mother, My Poor Mother/Would Say It Does Not Matter/It Does Not Matter/Just Stop Fighting”.


La impronta folk se mantiene incólume gracias al cover de “In The Pine”, canción tradicional presumiblemente de origen desconocido que medio planeta volvió a conocer gracias al cover de Lead Belly -y que Nirvana popularizara en el cierre de su bendito Unplugged (publicado en 1994). La versión de Smog es sosegada, sin la visceralidad interpretativa de Cobain, pero muy acorde con todo el espíritu apacible del A River... Te demuestra que es posible darle una vuelta más a la tuerca y no perder un ápice de credibilidad ni talento.

El cierre, sosegado como casi todo el disco, llega pacientemente con “Let Me See The Colts”, clase magistral de guitarra slide y estupendo acompañamiento de armónica (un  instrumento  al  que  personalmente, junto al saxo, siempre le tenido -quizás injustificadamente- mucha reticencia). La tarola empuja sus redobles durante todo el track dándole una versatilidad que lo eleva sobre el promedio y le convierte en un final memorable. Dirías que en el fondo son canciones tristes, pero no, hay luz al final, hay verde luego del gris, será de noche pero iluminado con brillantes estrellas. Nos pesará la vida que llevamos hoy, pero recuerda, hay redención.

A River Ain’t Too Much To Love fue producido por el mismo Bill y grabado junto a Connie Lovatt en el bajo y Jim White en la batería, en los estudios de Willie Nelson en Texas (con razón...) en apenas 10 días. Para registrarlo, se usó instrumentación básica pero muy del folk (incluyendo el dulcémele y la fídula, más conocida por acá como vihuela), y contribuyó ocasionalmente Thor Harris de Shearwater, así como a Joanna Newsom, su compañera de sello entonces (al piano en una canción). Cierto, todo este background es suficiente como para darte la mejor idea de si meterle diente o no al disco, pero hablamos de uno de los cantautores independientes más dedicados y honestos de la escena norteamericana. A River... es un triunfo dentro de su estética y exploración. Así que la respuesta es obvia. Bienvenidos a la fogata.

Cristhian Manzanares


ESCUCHA EL A RIVER AIN’T TOO MUCH TO LOVE AQUÍ

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