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DANIEL MELERO: UN MÚSICO SIEMPRE CERCANO A LA MODERNIDAD

12 de abril de 2013

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Rocío
(Vars, 1996)


Creo que es menester situarse bien en el tiempo y espacio para no perder perspectiva. Estamos hablando de Sudamérica en 1996. Una situación política y económica insostenible en Buenos Aires (bueno, tampoco es que haya habido un giro dramático en este sentido en los últimos 15 años), mientras MTV Latino nos vendía la idea de un nuevo paraíso amparado en lo musical, en donde cualquier propuesta era bien recibida y difundida. Ahí, en ese universo, Daniel Melero se encontraba por lo menos una década delante de todos nosotros.

El riesgo fue el modus operandi con que este compositor gaucho abordó cada uno de sus discos. No por nada le fue endilgado el apelativo de “Padrino de la Movida Sónica” tras figurar señeramente en la producción de actos de una nueva camada de grupos rioplatenses como Babasónicos o Juana La Loca. Sin mencionar, claro está, aquella joya titulada Colores Santos (1992), junto al Soda Stereo Gustavo Cerati -músico con el cual forjara una relación musical bastante estrecha ya desde el Canción Animal (1990), participando luego en el Dynamo (1992), pieza clave e indestructible del trío dentro del rock sudaca de avanzada. Vamos, Melero no es parte del “rock argentino”: pertenece a un espacio en donde sólo él cabe.

Para 1996, el músico ya había agrupado una discografía tan prolífica como desafiante. Y le llegó el turno a Rocío, otro golpe al status quo sónico de la época, a pesar de la delicadeza que sugiere el nombre. Las composiciones, sí, se despliegan entre la bossa nova y el easy listening, con impensados toques tropicales (?), aunque con un giro lo suficientemente oscuro como para alejarse de la complacencia -y de caer en la asepsia típica de similares que pudieran relegar a este disco a música para supermercados o algún lounge bar (puaj).


Esa oscuridad, ese riesgo, esas ganas de “experimentar”, son las que convierten a Rocío en un disco extraño, íntimo, hasta inescrutable; pero al mismo tiempo extrañamente cálido y próximo. La voz de Melero es calma, sabe acomodarse a los beats y compases que va soltando track por track, cuando no son instrumentales que apenas superan el minuto de duración y que sirven quizás como puentes entre una y otra canción. Desde que comienzan “Cielo” y “Descansa En Mis Brazos” (quizás la mejor de la placa), hasta el sosegado cierre con “No Importa Más”, entendemos que la armonía y la tecnología pueden ir de la mano y plasmar trabajos de gran factura.


Hay influencias incuestionables, que el propio Melero ha reconocido se respiran a lo largo del esférico. Roberto Carlos, el gran compositor brasileño, es uno de ellos; pero también están Martin Denny y, sobre todo, Henry Mancini. La complejidad aludida se contrasta con la idea del easy listening, en el sentido de comodidad, de confort, de “sentirse bien”; y que frecuentemente es asociado a la celebración, de “gente feliz que tomaba Martini”, como confesara el propio Melero. La frialdad de las texturas electrónicas de Rocío remarca este concepto, pero siempre con una vuelta de tuerca hacia lo nebuloso -que lo vuelve completamente intrigante (“Mañana”, el penúltimo track, es el mejor ejemplo).


Melero es considerado una suerte de Brian Eno argentino, y esta particularidad (muchas veces aceptada y enfatizado por la crítica musical) vuelve más  atractiva  cada  una  de  sus  entregas.  Para  el caso de Rocío, el uso de la “nueva tecnología” -mucho más nueva en 1996 que en estos tiempos, ya te puedes imaginar- le valió incluso la reticencia de los sellos y compañías discográficas entonces, por lo que decidió lanzar este álbum por cuenta. Rocío vendió 5 mil copias, obteniendo una ganancia mucho mayor a la que logró con sus anteriores discos.



La pericia del argentino en los samplers, sintetizadores y secuenciadores, se empareja con ese entendimiento del pop y la vanguardia como el eje principal para sus creaciones. Según Melero, “Rocío es un disco en donde la música llega a desaparecer”, y yo lo entiendo como un intento de este adalid por involucrarnos en sus estructuras (su método de trabajo lo define como “apropiación y recomposición”) y deslumbrarnos con su planteamiento, con sus interrogantes, pero manteniendo la fibra y el ímpetu suficiente para no desistir. Este “sonido sónico”, nombre que se relaciona totalmente a sus procesos de grabación, categoría en la cual estaba imbuido en la época; redondea un álbum que se coloca entre lo mejor de su discografía. Y por supuesto, dentro lo básico del rock hecho en nuestro idioma. Sí o sí.

Cristhian Manzanares


ESCUCHA EL ROCÍO AQUÍ

ENLACES RECOMENDADOS

http://es.wikipedia.org/wiki/Daniel_Melero (en Wikipedia).

http://www.rock.com.ar/bios/0/201.shtml (en Rock.com.ar).

http://potq.cl/2013/03/12/daniel-melero-estoy-en-un-lugar-que-invente-yo/ (en POTQ Magazine).

http://luchalibrola.com/blog/2013/03/06/gustavo-alvarez-nunez-biografo-de-daniel-melero-a-melero-lo-buscamos-porque-sabemos-que-nada-sera-igual-despues/ (en Luchalibro Latinoamérica).

http://www.clubdeldisco.com/resena/489_daniel-melero_cuadro-box-set (en Club Del Disco).

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