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QUEEN: EL INICIO DEL REINADO

5 de julio de 2013

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Queen
(EMI, 1973)
Queen II
(EMI, 1974)

Escribo esta espero-no-tan-extensa reseña porque al menos dos de los integrantes de este blog somos fanáticos acérrimos de Queen. A morir. Pero también la escribo -con la falsa modestia que esto supone- porque no recuerdo haber leído a ninguna persona dedicándole más de un párrafo a los dos primeros discos del cuarteto. Como si, de alguna desmemoriada forma, consideraran que el grupo existió recién a partir de 1975, cuando “Bohemian Rhapsody” sacudió el planeta con su video, sus voces operáticas, su condición larger-than-life... Lo otro, lo anterior, si no se desconoce por completo, se obvia, se ningunea -es decir, se (le) ha vuelto inservible.

Craso error: lo es porque la génesis de aquel cuarto disco de Freddie Mercury y sus amigos, el “pomposo” A Night At The Opera, se encuentra en la acumulación de virtudes y defectos que surcan los dos primeros álbumes autotitulados. En una década en donde no había nada concebido para no ser ENORME, Queen destaca en forma y fondo de manera tajante. Desde el nombre: Queen. Un nombre real, magno, espléndido. “Muy universal e inmediato”, como lo explicaría Mercury -muy consciente él, por supuesto, de su absoluto potencial visual, y al mismo tiempo de las connotaciones homosexuales que incluye; pero a pesar de ello (o precisamente, por eso) la elección fue tomada con convicción.


Antes de Queen, lo que se conocía era un trío en el que no tocaba Mercury: Smile, el grupo al cual Freddie quería ingresar a como diera lugar. Tim Staffel (bajo), Brian May (guitarra) y Roger Taylor (batería) eran los músicos fustigados show tras show por un elocuente Mercury, adorador de Jimi Hendrix, que solía invitar al ya melenudo guitarrista a su depa para hacerle escuchar vinilos y comprobar de un parlante a otro cómo sonaban esas endiabladas guitarras del prodigioso zurdo. Porque eso era lo que él quería para su banda: impactar. Freddie iba a los conciertos de Smile, los escuchaba, los disfrutaba. Y se entrometía: “vístanse así”, “toquen así”, “hagan esto en escena”, etc. Siempre jugando al límite con la paciencia del grupo... hasta que Tim Staffel decide ya no ser más parte de él, y buscar fama y fortuna por cuenta propia. May y Taylor, sin vocalista, deciden buscar uno. Ya se imaginan quién...

La suplencia del bajo se saldó con la llegada del parco y flemático John Deacon en 1971. Recuerdo una entrevista que se le hizo durante las grabaciones de los videos correspondientes a los singles del Innuendo (1991): en el reportaje manifiesta que, cuando llegó a Queen, ya todo estaba prácticamente armado, por lo que sólo se limitó a tocar (a la perfección, si me permiten acotar). Reformados y tratando de convencerse del camino elegido, deciden afrontar la grabación del primer disco. 60 libras semanales fue lo estipulado en su contrato con Trident para ese sueño, cuya concresión fue dura y larga. La razón era sencilla: usaban el estudio de grabación durante las madrugadas, en momentos en que nadie lo utilizaba. En esos tiempos muertos se llegaban a grabar unas cuantas pistas y se completaban sesión tras sesión. Si bien es cierto Queen suena desprolijo en cuanto a materia de sonido (volúmenes que no están nivelados, texturas que no se escuchan uniformes), debo señalar que sorprende que suene tan cohesionado. El álbum fue calificado de auspicioso por algunas reseñas de la época y muestra algunas pinceladas de lo que posteriormente florecería como ese sonido suntuoso asociado al grupo.

ROCK’N’ROLL DE TIEMPOS (MÁS) MODERNOS


El arranque es inmejorable con “Keep Yourself Alive”, canción de May que llegaran a tocar en vivo incluso hasta 1985, con un riff que se va desencadenando segundo a segundo hasta que el resto de instrumentos se acopla con naturalidad para desenvolverse en una verdadera lección de ‘stadium rock’ -y es apenas la primera canción. “My Fairy King” pone el toque delicado y bizarro del primera lado del disco, un tema de Freddie donde las armonías vocales se lucen, y Mercury nos empieza a mostrar de lo que era capaz al momento de sentarse frente al piano. Aquí, además, se incluye aquella gloriosa línea “Mother Mercury, Look What They've Done To Me/I Cannot Ride, I Cannot Hide”, que es la causante del reemplazo del apellido Bulsara por el que ahora conoce todo el planeta.



El necesario contrapeso emocional se lo debemos a “Great King Rat”, relato de excesos bastante gráfico. Los redobles de Taylor van a conducirnos a través de la expuesta existencia de un personaje al cual las arengas vocales de Mercury muestran en el genuino disfrute de su decadencia. “Liar”, del mismo modo, es otro de los puntos altos, también de la pluma de Mercury, y ya a estas alturas la placa dejaba notar un ensamble rockero afiatado, guitarras que saben ser punzantes y sobrias cuando se requieren, con una sólida base rítmica y una interpretación vocal absolutamente teatral y versátil. “I Have Sinned, Father, Try And Help Me, Father, Won’t You Let Me In”, canta Mercury.


El LP no está exento de algunas curiosidades que vale la pena destacar, como aquella pequeña gema titulada “Doing All Right”, canción época Smile y autoría de Brian May. Queen respeta la estructura original, pero la revitaliza con una soberbia ejecución, cuajada, casi visceral, totalmente repotenciada en comparación a lo que solía ser en la otra banda. Y también está “Jesus”, panegírico algo monótono y cadencioso, cargado de loas al Eterno... raro viniendo de Mercury (él firma la canción), teniendo en cuenta su crianza parsí. Este primer álbum se cierra con “Seven Seas Of Rhye”, pequeño instrumental con predominio de notas repetitivas de piano que se desvanece en apenas minuto y medio.



Notemos el arte de la portada, idea de Mercury junto a May, de colores opacos, mostrando sólo una imagen -la de Freddie, con los brazos en alto sosteniendo su micrófono. Él era Queen. O iba quedando claro que él iba a decidir en qué se iba a convertir la banda. Con este álbum, producido por Roy Thomas Baker (productor aún en actividad, que firmara entre otros el debut de The Cars y el Zeigeist de Smashing Pumpkins), el grupo inauguró una marca registrada que mantendría hasta 1980: “...and nobody played synthesizers”.

Para inicios de 1974 Queen todavía no era el grupo que reventaría los charts 2 años después. Estos primeros días, semanas, meses luego de la salida del primer disco; fueron algo lentos, cansinos, no parecía despegar aún la fórmula... pero esta situación no mellaba el espíritu de Mercury y compañía. Freddie sabía que lo que necesitaban era volverse mucho más demostrativos en la forma en que presentaban su música. Como cantante, blandía la bandera de la originalidad cual estandarte a defender con la vida. Hacer lo contrario era un desperdicio. Por eso quiso ser el frontman de Queen. Cuando lo consiguió, eso fue exactamente lo que hizo. Al separarse Smile, Brian May se sintió a la deriva, y aún sin saber a ciencia cierta cuáles eran las capacidades de Mercury, se dejó convencer por él para seguir adelante. Comenzando con la mencionada “Doing All Right” y algún otro material que les era familiar (“Liar” por ejemplo, según confesión de May, tiene partecitas de una banda donde militó Freddie, llamada Wreckage), para luego proseguir con temas propios, en donde ya su personalidad comenzaba a imponerse (Freddie gustaba de recalcar cómo las escuelas de arte instan a sus estudiantes a ser más conscientes de la moda, y estar “un paso más adelante”).

Las ventas del primer LP arrojaron resultados en azul ese verano de 1973, y mantuvieron su ritmo por buen periodo. Para ser un disco que se grabó en casi 2 años, los muchachos estaban satisfechos. Quejas tenían: Taylor no estuvo muy a gusto con el sonido de la batería. Pero el mejor comentario lo hace May, acerca de “My Fairy King”, en donde asegura se puede apreciar todo el potencial que tenía Freddie para con la banda, y la música en general. Sorprendente para alguien que fue un autodidacta del piano. No lo usaban en vivo pues escapaba a sus capacidades, así que aprovecharon el estudio al máximo en ese sentido, que en combinación a las texturas de la guitarra de May, resultaba excitante. Y hay que recalcarlo: para entender a Queen, el disco y la banda en sus inicios, y todo lo que llegaría más adelante, debes entender ese tema, con sus overdubs y sus armonías épicas. Solo así podrás entender un disco como Queen II, un verdadero paso adelante.

LA MARCHA DE LA REINA NEGRA

Como fan que soy, siempre sostendré que éste, además del menos popular de sus álbums (y, posiblemente, el mejor), ES el disco más subestimado de los 70s, de lejos. Hay algo de lo que sí estoy más que convencido: debe ser el más complejo de toda su discografía. Es la obra que definió lo que sería Queen de aquí en más. Grabado en sesiones que duraron tan sólo un mes -lo que es ya una significativa diferencia con el debut–, Queen II incluye sin embargo temas que fueron compuestos durante las sesiones del primer disco. Es en estos primeros dos trabajos (y quizás con el añadido del posterior Sheer Heart  Attack, también  de 1974),  en  donde  sus  canciones  se despliegan en las más extrañas de las formas -pero sin dejar de seducirte.


Queen II llegó a ser la evolución que ellos esperaban. La crítica, nunca en ningún momento benevolente con ellos, se dividió: algunos lo consideraron un disco pretencioso y fallido por ser “poco original” (¿qué disco habrán escuchado?), otros celebraron su diversidad y bien estructurado sonido. En los rankings, las cosas salieron mucho mejor, llegando al #5 en el Top Ten UK. Logros alcanzados por telonear a Mott The Hopple, entre otras cosas, que no son más que sus principales atributos: los musicales. El adjetivo al que siempre recurro para definir este masterpiece es el de “barroco”: es el paso lógico de lo que se dejó escuchar en “My Fairy King”, aspectos aquí ya convertidos en sello distintivo -cambios de ritmo impensados, fastuosidad en los arreglos, el vuelo lírico de Mercury, la sobrecarga de guitarras de May, una base rítmica sólida, y la sensación de estar escuchando una banda que crea su propio universo desde su particular sonido.

Polemicemos: para mí, éste es un verdadero álbum de glam rock, más incluso que otros sindicados con tal sambenito; y jamás lo veo incluido en ninguna lista que enumere los discos más importantes o destacados de aquella corriente. He empalmado la escucha de ambos discos mientras escribo estas líneas, y me sigue causando el mismo efecto que cuando hice la jugada por primera vez: tiene un bizarro glamour que embruja. Roy Thomas Baker repite en perillas, y esa impagable tranquilidad de contar con un estudio para ellos solos se transmite en la grabación. Brian May bromeó alguna vez diciendo que llegaron a considerar “Over The Top” como título del disco. Puedo entenderlo, queda clarísimo tras darle el repaso de rigor al lado blanco y el lado negro de Queen II.

Más allá de que este fan conspicuo considere este álbum como un verdadero tour de force glam, Queen en su momento no pareció tan de acuerdo. No se sentían parte de aquel “trend” de la época. Eran los primeros meses de 1974. Si algo predominaba en el Rock, eran los solos masturbatorios. May, el cerebro de Queen, se dedicó a construir orquestaciones de guitarra. Su guitarra Red Special, construida junto a su padre cuando tenía 17 años, fue vital para este suceso, junto a su ampli Vox AC 30 (mentiría si dijera que sé lo bueno que es este equipo, así que sólo asumo que debe ser un gear de la puta madre). Sirve saber, de todas formas, que Brian aseguraría en alguna entrevista ulterior que ése era el sonido con el que había soñado toda su niñez. Cute.

Queen II tiene un lado blanco (se llama así, en vez de “lado A”, con 4 temas de May y uno de Taylor) y un lado negro (o “lado B”, íntegramente escrito por Freddie -6 canciones en total-). Las etiquetas del vinilo fueron impresas según esos colores. Los singles editados fueron “White Queen (As It Began)” (de May) y “Seven Seas Of Rhye” (de Mercury, extensión up tempo de la canción ya presentada en el debut). Mientras que la variedad se apoderaba del lado blanco, es en el negro en donde sale a relucir toda la ambigüedad por la que es conocida Queen (y Mercury, por extensión).



La blancura del primer lado se inicia con “Procession”, ejercicio instrumental a manera de intro que deja las cosas claras. Guitarras superpuestas manejadas a través de efectos con un amplificador modificado dan paso a “Father To Son”, que sigue el mismo tratamiento, ya con Mercury en voces, viajando por la gama de rangos que su opulencia vocal le permite. Aún así, quien más se luce sigue siendo May. Los temas están hilvanados, los segundos finales de una canción se funden con la siguiente. El primer single, “White Queen”..., contiene una soberbia sección con guitarra acústica de May, para luego insertar la Red Special con sus ya conocidos overdubs. El último tema del pelucón guitarrista es “Some Day One Day”, cantada por él mismo (su primer aporte vocal importante a la banda). Esta canción fue elegida por Gustavo Cerati para la revisión de rigor en aquel infame homenaje latino a Queen (una mierda): su versión es la mejor de esa porquería de tributo.



Vayamos a lo excitante. El más delicioso de ambos, el lado negro empezaba con vértigo: Freddie lo desata a través de “Ogre Battle”, tema que se inicia con guitarra y baterías grabadas en retroceso, para luego imponer un riff furibundo y redobles que retumban cimientos, maëlstrom digno de una lucha mitológica entre humanos y bestias. Esta canción es la antesala a la que para mí es una de las canciones más alucinantes que haya grabado la banda en toda su existencia: “The Fairy Feller’s Master-Stroke”, nombre sacado de una pintura de Richard Dadd que aún se puede apreciar en la Galería Tate. Rara y cautivante a la vez, siempre anhelo que dure más de los escasos 3 minutos a los que llega. Nunca un arpa me sonó tan genial en una canción rock.



De “Nevermore” no hablo porque siempre lloro, sabrán disculpar... Así que sigo con palabras mayores: “The March Of The Black Queen” puede ser considerado el tema que daría paso a algo más alucinante como “Bohemian Rhapsody”. Canción que en sí también tiene su parte “blanca” y “negra”. Todo un viaje. Glam progresivo, o algo así. O algo que nunca he escuchado, ni antes ni después. La letra es lo más pastrulo que escribió Mercury, déjame decirte. En fin, una gema. Grupazo. Discazo. Pero no sólo es el sonido lo que me hace tildar de glam rock a lo que hace Queen en este long play: es también su actitud, su estética, su preocupación -ya en los directos de esos días- por un buen juego de luces y un vestuario llamativo; amén de su maquillaje y posturas, el “dramatic appeal” de un buen rock show. Recuerda, la idea era impactar. Súmale a esto su inmersión ya en todo el showbiz musical del momento: gira por Estados Unidos, su roce con personalidades como los New York Dolls, Mott The Hopple y Andy Warhol; y el hecho de ver cosas que en su vida había imaginado. Mercury, por supuesto, lo disfrutaba como nadie.

“I’d like to be carried on stage by six nubile slaves with palms and all”, llegó a declarar Freddie por esos días. ¿Qué más puedo agregar?

Cristhian Manzanares


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