Extraños Parajes De Orín
(Huasipungo Records, 1996)
“A todas estas calles que nos esperan con su misterio. Al barrio que nos cobijó siempre con amigos, y otras veces en silencio para conversar con uno mismo; una suerte de amparo después de luchar los días ajenos a nosotros, días de preceptos y normas hechas por anormales de estamentos creados por públicos pendejos”.
Premunidas de la consabida rebeldía -o si se prefiere, beligerancia- de quienes recién empiezan el camino, más aún tratándose de un grupo de música, las voces representadas en el texto citado dejan claramente expuesta una posición: la de lo cotidiano, lo que nace sin etiquetas en la cabeza, lo suburbano, lo popular entendido como contacto directo y no como formulaico esquematismo que busque el éxito por encima de todo... No podía esperarse otra cosa, tratándose del manifiesto primigenio de una banda adscrita a aquello que en los 90s se dio en llamar “rock mestizo”.
Al ser una forma de hacer música que adopta con naturalidad los matices típicos de cada país de la región, el también llamado “rock latino” siempre logró inmediatas conexiones empáticas con audiencias, digamos, mayoritarias. Ejemplos en la zona latinoamericana ha habido por montones. En el plano local, basta el caso del fundacional combo El Polen (1969) para corroborar que, las más de las veces, el “rock fusión” cosecha con relativa facilidad el favor del público consumidor. Obviamente, ello no implica que los grupos y solistas de esta tendencia sean, por default, muy buenos: es claro que ese vínculo espontáneo del que hablábamos se robustece gracias al uso de sonidos tradicionalmente identificados con nuestras raíces culturales. De ahí a ser buenos por sí mismos, más allá de tintes localistas, hay un mundo de distancia. Por lo mismo, jamás me han parecido especialmente notables actos como La Sarita, Los Mojarras o Uchpa; o autoproclamados semilleros como el del distrito limeño El Agustino (¿Tasmania? ¿Ala Delta? ¿Kamuflage? ¿Tabarra?, no, gracias).
Las formaciones fusionistas nacionales que podríamos tildar de imprescindibles son, pues, pocas. Por contraste, esas afortunadas excepciones han alcanzado un nivel más que remarcable. Al viejo grupo de los hermanos Pereyra, habría que sumar al a-estas-alturas-colectivo Del Pueblo Del Barrio, a los hiperactivos muchachones electropicales de La Mente y, por supuesto, a la alineación que protagoniza esta remembranza. Aunque salida de las “canteras” de El Agustino, ciertamente desde sus inicios La Sonora Del Amparo Prodigioso ha trajinado muy por delante de sus compañeros de barrio abroquelados tras el acrónimo G.R.A.S.S. (Grupos Rockeros del Agustino Surgiendo Solos). Y eso es un hecho.

Poco antes de editado el debut, los había visto en vivo en la desaparecida Concha Acústica del Parque Salazar. Al escuchar la cinta, me quedó la impresión de que ésta no lograba capturar la fuerza interpretativa de la que la Sonora hacía gala en directo. Diecisiete calendarios después, creo que ese detalle no menoscaba el fulgor que EPDO ha adquirido con los años. Imbuido el cassette de una vivificante propuesta mestiza, no brillante de cabo a rabo, pero casi siempre cumplidora; son la voz y la composición de Juan Camargo (a) Chino Echenique los hilos conductores que durante cerca de 45 minutos nos abren paso por entre la nutrida base rítmica -compuesta de chicha, salsa, rock, bolero, reggae y ska. Este background esgrime además el plus de una guitarra eléctrica interesante y el de unos teclados deliciosamente kitsch (cortesía de Juan Carlos Franco) en dosis precisas.
Dividido en dos segmentos bautizados “Cielo” y “Tierra”, correspondientes a los lados A y B respectivamente, EPDO bucea, desde las propias vivencias volcadas en las letras; en el submundo de los marginados por la sociedad -pero también en el de los marginales a aquella, es decir, el de quienes han elegido voluntariamente el exilio. Es el caso de “Niños”, donde Echenique ataca calle en medio de una fusión que sabe a puritito arroz con mango, o el de “El Deseo A Escondidas”, en clave sorprendentemente más “ortodoxa”. Justo esta última pieza, netamente rock, precede al lunar de la cinta -por lo insólito, no porque sea una mácula deshonrosa. Me refiero a “Soportar El Frío”: notas sintetizadas bien oscuras para una composición más que próxima al dark/wave de los lejanos 80s.
Desde luego, no podemos dejar de mencionar los otros puntos en alto cuyos fundamentos se ubican en territorios del mestizaje. “No Hay Pasos En La Calle” es un número de velado roots reggae diametralmente opuesto a “Carolina”, cercano al pop, que grita una fuga entre skatalítica y cumbiera. Pero si debemos quedarnos con un solo tema de entre los ocho dispuestos aquí, elegimos la apertura. “Silenciar Un Buen Lugar” se desempeña como resumen de todas las virtudes de LSDAP -y es mucho más que eso: una aleación de chicha y dark (letra plagada de conmovedoras figuras simbolistas), que luego evoluciona hacia un híbrido de cumbia y rock, enyuntado a teclados portentosamente kitsch, da un paso atrás y remata sus 7 minutos y pico con una coda salsera; todo ello lleno de swing barriobajero y sentimiento a flor de piel. Acierto definitivo de Camargo (voz y guitarra), Franco (teclados), Marco Antonio Fernández (bajo), Danny Tayco (batería), Dante Guanilo (timbales) y Carlos “Kilo” Franco (huiro, bongós y congas).


Hákim de Merv
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ENLACES RECOMENDADOS
http://www.myspace.com/lasonoradelamparoprodigioso/photos/6634490#%7B%22ImageId%22%3A6634490%7D (en MySpace).
http://www.larepublica.pe/node/6850/print (en LaRepública.pe).
http://henryflores.blogspot.com/2006_09_01_archive.html (en Rock, Rock Y Otras Pastas).
http://archive.org/details/drep18 (en Dorog Records).
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