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CAPÍTULO 4 - UN HOMBRE HONORABLE

4 de mayo de 2017

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Para cubrirme, alcé rápidamente el brazo derecho; al hacerlo, el fuete de vallak, que colgaba de la correa de cuero, describió una amplia curva. Lo sostuve, lo usé como arma y golpeé con él el hocico inquieto que quería atraparme. El vallak relinchó instigado. Luego retiró la cabeza y abrió el hocico, con el propósito de volver a embestir. En ese momento conecté el fuete de vallak y le asesté un fuerte golpe. Las chispas saltaban como una cascada reluciente y retumbó un grito de dolor, mientras el animal aleteaba y se ponía fuera de mi alcance con un salto repentino, que casi me arrojó a las profundidades. Me apoyé sobre manos y rodillas y traté de volver a enderezarme. El vallak volaba alrededor de la torre, profiriendo agudos relinchos; finalmente se alejó.

Sin detenerme a reflexionar, toqué el silbato que me había dado Valian el Fuerte. Al oír ese sonido vibratorio, el imponente caballo pareció estremecerse en el aire, comenzó a girar, fue perdiendo altura y luego volvió a ascender. En su pecho se desataba la lucha entre su naturaleza salvaje, la llamada de las montañas lejanas y del aire libre, y el entrenamiento a que había sido sometido en su juventud. Con un violento grito de combate regresó finalmente al cilindro. Recogí la breve escala, que colgaba de la silla de montar, trepé por ella, me acomodé en la silla y me ajusté el ancho cinturón verde que habría de protegerme de una caída.

Al vallak se le conduce mediante una correa de cuero colocada alrededor del cuello, al que generalmente se hallan sujetas otras tres correas de cuero, que confluyen en un aro metálico en la parte anterior de la silla de montar. Las riendas se hallan teñidas de diferentes colores y terminan en aros diferentes, muy distanciados entre sí en el collar colocado en el cuello del caballo alado. Para determinar el rumbo, se tira de la rienda cuyo extremo señala con mayor aproximación la dirección deseada. Cuando, por ejemplo, se desea perder altura o aterrizar, se utiliza la cuarta rienda, que termina inmediatamente delante del cuello del vallak. Para ponerse en movimiento, se tira de la primera rienda, que ejerce una presión sobre el aro en la parte posterior del cuello del caballo.

También se utiliza, ocasionalmente, el fuete de vallak para conducir al animal; en este caso se toca ligeramente al pegaso en la dirección opuesta a la que se desea tomar, la que, al retroceder ante la barra eléctrica, seguirá adecuadamente. Este método, sin embargo, no es muy adecuado, ya que la reacción ocurre de una manera exclusivamente instintiva.

Tiré de la primera rienda y sentí con alegría los fuertes aletazos del caballo alado. Fui arrojado hacia atrás, pero el cinturón me sostuvo. Durante un instante dejé de respirar; me aferré al aro de la silla mientras mi mano sostenía la primera rienda. El vallak continuaba ascendiendo, y fui perdiendo de vista la ciudad de Thanis. Nunca había experimentado algo similar, y si jamás me había sentido semejante a un dios, por cierto que lo experimenté en ese momento. Miré hacia abajo con vértigo infinito y distinguí a Valian el Fuerte sobre su cabalgadura. Volando tan alto sentí el mundo pasar con una sensación de revoloteo en el estómago.

—¡Ten cuidado, muchacho! —gritó— Un vallak desbocado es muy peligroso.

De repente me sentí mareado. A mis pies las colinas y llanuras de Tyamath parecían un paisaje compuesto de manchas borrosas; casi creí distinguir la curva del mundo, pero debió haber sido una ilusión de los sentidos. Antes de perder el conocimiento, tiré de la tercera rienda y el vallak empezó a descender como una flecha que cae sobre la inmensidad del Thalassa, el inmenso mar de Tyamath, con una rapidez que terminó por hacerme perder el aliento. Dejé las riendas, lo que es la señal de un vuelo constante en línea recta. El noble vallak aleteó, y empezó a volar más lentamente. Valian el Fuerte parecía muy contento y conducía su vallak cerca del mío. Desde él, me señaló la ciudad, que ahora se hallaba a bastantes kilómetros debajo de nosotros.

—¡Una carrera?! —exclamé.

—¡De acuerdo! —respondió a gritos mi maestro en armas. Hizo girar a su vallak y se alejó volando. Me sentí temeroso. Él era tan hábil en su trato con el animal, que enseguida se adelantaba y resultaba imposible alcanzarlo. Finalmente también yo logré hacer girar al animal y traté de azuzarlo. Se me ocurrió que estos caballos habrían sido entrenados para reaccionar ante la voz humana y al pitido de mi silbato para llamarlo cuando se encuentre alejado. Entonces vociferé en tyamatha y en español: —¡Ai! ¡Ai! ¡Arre! ¡Arre!

El vallak pareció percibir lo que yo quería. Observé en él un cambio notable. Estiró la cabeza hacia adelante; las alas de repente batían el aire como plumas de algún ave rapaz, los ojos relampagueaban y cada músculo y cada hueso parecían irradiar una fuerza inusitada. Fue un vuelo vertiginoso. Al cabo de un instante apenas nos adelantamos al sorprendido Valian, y pocos momentos después aterrizamos sobre el gran cilindro con torretas y puentes de bella arquitectura, del que habíamos partido minutos antes.

El vallak pareció percibir lo que yo quería. Observé en él un cambio notable. Estiró la cabeza hacia adelante; las alas de repente batían el aire como látigos, los ojos relampagueaban y cada músculo y cada hueso parecían irradiar una fuerza inusitada. Fue un vuelo vertiginoso. Al cabo de un instante apenas nos adelantamos al sorprendido Valian, y pocos momentos después aterrizamos sobre el gran cilindro, del que habíamos partido minutos antes.

—¡Por los Annu-ki! —tronó Valian el Fuerte, mientras hacía aterrizar a su caballo— ¡Eres muy intrepido!

Los vallak, dejados en libertad, volvieron por propio impulso a sus corrales, y Valian el Fuerte y yo descendimos a nuestras habitaciones. Valian casi no cabía en sí de orgullo. —¡Qué gran vallak! —exclamó—. Yo te llevaba un yustag de ventaja y sin embargo me has ganado. —El yustag es una unidad de distancia en Tyamath, que aproximadamente equivale a un kilómetro. 

—¡Este vallak está hecho a tu medida!

—Yo pensé que quería matarme —dije—. Casi tengo la impresión de que los criadores de vallak no domestican suficientemente a sus animales.

—Estás equivocado —exclamó Valian el Fuerte—. El entrenamiento es excelente. El espíritu del vallak no debe ser quebrantado, por lo menos en el caso del vallak de combate. Está domesticado hasta tal punto que depende de la fuerza de su amo si el animal lo devora o le obedece. Tú llegarás a conocer al tuvo y él a ti. En el cielo, los dos seréis uno solo: el vallak, el cuerpo, y tú, su voluntad. Vivirás con él un armisticio continuo.

—Entonces, sí es así —dije— pienso que debe llevar un nombre para identificarlo. Lo llamaré Kazam, Flecha Ligera.

—Muy bien —respondió Valian en el Fuerte —Pero debes tener en cuenta que si eres ruin o impaciente, el pegaso te arroja al vacío. Pero mientras te mantengas leal y te afirmes como su amigo, te obedece y te quiere —calló un instante—. No estábamos seguros de ti, tu amigo y yo, pero hoy sé con certeza a qué atenerme. Has dominado un vallak, un vallak de combate. Por tus venas debe de correr la sangre de tu padre, que fue una vez Incal, líder religioso y militar de Thanis, y que ahora tu amigo es su administrador.

Me sentí muy sorprendido, pues no sabía que mi padre había estado en Tyamath anteriormente y había sido el jefe supremo de esta ciudad y que Eduardo Laredo se desempeñaba como su más alto funcionario civil. No pude ocultar mi cólera contra mi progenito por no haberme confiado su secreto.

—Un miembro renegado de los Annu-ki —dijo Valian el Fuerte—, Kallios, que bien quisiera ser Incal de todo Tyamath sabe de tu existencia.

—¿Quién es Kallios? —pregunté en un murmullo.

—Mañana lo sabrás —respondió Valian el Fuerte—. Y mañana te dirán también por qué te han traído a Tyamath.

—Ahora debemos ir a la salón del Consejo —dijo.

La sala del Alto Consejo Maldek es la habitación en la cual realizan sus reuniones los miembros de las castas elevadas de Thanis. Esta se encontraba en la más grande de las futuristas edificaciones. Los puntos de luz, que me recordaban el cielo estrellado de Thanis, brillaban en el techo lanzando destellos que iluminaban el gran anfiteatro con variados matices. En niveles diferentes junto a la pared se alzaban los bancos de piedra para los representantes del Consejo. Los bancos correspondían al color de la pared que se encontraba detrás de ellos.

El banco más bajo, pintado de blanco, les estaba reservado a los Sacerdotes. Detrás de ellos se encontraban varias criaturas cuya imagen solo había visto en ilustraciones de seres mitológicos, y otras de una naturaleza que no pude reconocer. En medio de la sala circular se alzaba una suerte de trono, sobre el cual se hallaba, vestido en su traje de ceremonia —una sencilla túnica marrón y blanca—, Eduardo Laredo, administrador de Thanis, la sede central de Tyamath. A sus pies tenía un casco, un escudo, una lanza y una espada.

—Acércate, Pedro Sanders —dijo mi amigo, y me encontré de pie delante de su trono y sentí fijas en mí las miradas de todos los presentes. Detrás de mí esperaba Fad y Valian el Fuerte, quien tomó la palabra. —Yo, Valian, luchador de espada de Thanis, doy mi palabra de que este hombre es digno de convertirse en miembro de la Casta de los Guerreros.

Mi amigo le respondió de acuerdo con el ritual prefijado.

—Ninguna torre en Thanis es más fuerte que la palabra de Valian el Fuerte. Yo, Eduardo Laredo de Thanis, acepto su palabra.

A partir del banco inferior y en forma ascendente, cada miembro del Consejo Maldek se iba poniendo de pie, daba a conocer su nombre, y declaraba que también, por su parte, aceptaba la palabra del pelirrojo luchador de espada. Cuando todos hubieron terminado, mi amigo me entregó las armas que se hallaban delante del trono con una avergonzada sonrisa y una palmada en la espalda. Sobre mi hombro colocó la espada de acero, sujetó el escudo redondo en mi brazo izquierdo, me puso la lanza en la mano derecha y lentamente dejó descender el casco sobre mi cabeza.

—¿Prometes cumplir con el código de los Guerreros y poner tu espada al servicio de la Madre Tierra? —me preguntó.

—Sí —dije.

—¿Cuál es tu Templo del Hogar?

Sospeché cuál era la respuesta que se esperaba de mí y respondí: —Mi Templo del Hogar es Thanis, la Ciudad de la Puertas Doradas.

—¿Y en aras de esta ciudad empeñas tu vida, tu honor y tu espada? —preguntó mi amigo.

—Sí —respondí.

—Entonces —prosiguió y me colocó solemnemente las manos sobre los hombros—, te declaro de este modo Guerrero de Thanis, en mi calidad de administrador de esta ciudad, en presencia del Consejo de las Castas Elevadas.

Vi a Eduardo Laredo sonreír complacido. Me quité el casco y me sentí muy orgulloso al escuchar los vítores de consentimiento del Consejo Maldek. Aparte de los candidatos que debían ser admitidos en la Casta de los Guerreros, nadie podía entrar armado a la sala del Consejo. Si hubieran estado armados, mis hermanos de casta del último banco habrían manifestado su aplauso con la lanza y el escudo; en las circunstancias actuales se atuvieron a la forma generalmente aceptada de expresar el aplauso. De algún modo yo tenía la impresión de que se sentían orgullosos de mí, a pesar de que no podía imaginar el motivo. Para mi criterio no había realizado aún nada que justificara su interés.

Acompañando a Valian el Fuerte abandoné la sala del Consejo y entré en una pequeña sala lateral para esperar allí a mi amigo. En la habitación había una mesa, sobre la que se encontraban algunos mapas de las principales ciudades de Tyamath. Valian el Fuerte se inclinó de inmediato sobre ellos. Me llamó a su lado, y mientras los miraba atentamente me iba señalando determinados lugares. —Y aquí —dijo y colocó el dedo sobre el papel— está la isla-ciudad de Thanis en medio del Mar de Thalassa. Es enemiga mortal de Moriah, la capital gobernada por Kallios, que desea convertirse en Incal de todo Tyamath.

—¿Y esto de qué manera se relaciona conmigo? —pregunté.

—Desde ahora —respondió mi maestro —Eres agente secreto de los Annu-ki, y viajarás a Moriah en una misión especial que se te encomendará.

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CAPÍTULO 3 - APRENDIZAJE INTEGRAL

20 de abril de 2017

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—¿Que dices? —inquirió Fad, un miembro muy especial de la Casta de los Sacerdotes, y acercó su cabeza hacia mí como si no hubiera escuchado bien mi respuesta— ¡Así es! —exclamó dándome una palmada en el hombro con su delgado brazo—. Exactamente, muchacho. Satisfacciones como esta son las más grandiosas recompensas que se obtienen por una vida dedicada  al estudio y a la enseñanza. Pero, no te emociones mucho, que aquí te esperan más tablillas listas para ser memorizadas.

—Si no tengo otra alternativa —dije.

—¡Observa a tu alrededor! —exclamó complacido, e hizo un gesto de deleite. Probablemente no encuentres en todo Tyamath una biblioteca tan completa como esta. Los estantes de la sala estaban cubiertos de tablillas; la mesa sobre la cual nos apoyábamos también contenía algunos pergaminos Una de las ventanas había sido abierta para brindarnos ventilación. Debajo de la mesa había un brasero con carbones ardientes que nos calentaban los pies.

Fad tenía la cabeza rapada y vestía de blanco (como es propio en los miembros de su casta), y sus ojos ligeramente alargados, reflejaban un semblante afable y perspicaz. Su voz era grave y era difícil saber cuándo bromeaba o estaba serio, si uno no lo conocía lo suficiente. Empecé a sentir afecto por este singular maestro. Percibía en él algo que despertaba mi admiración: práctico y con sentido del humor. Una pasión por el estudio el cual con el tiempo se torna en un hábito motivador. Ese amor por sus textos, y por los hombres que los habían escrito, era lo que en más me cautivaba.

Fad cogío una de las numerosas tablillas, y apoyándose la colocó en el dispositivo para la lectura, un marco de plástico con visores a ambos lados.

—¡Alek! —exclamo al tiempo que señalaba un signo con su dedo índice. — Alek.

—Alek —repetí.

Nos miramos y comenzamos a reímos satisfechos. Y así fue como empecé a aprender el alfabeto tyamatha.

Las semanas siguientes me depararon bastante trabajo, sólo fueron interrumpidas por pausas para el descanso. Mis maestros fueron Eduardo Laredo y Fad, pero cuando empecé a familiarizarme con el idioma, se sumaron varios otros que me impartían enseñanzas sobre diversas materias. Fad, en realidad, sólo había aprendido el español como práctica y diversión, ya que no se hablaba en ninguna parte del planeta; era obvio que le gustaba expresar sus pensamientos en un idioma totalmente extraño.

Mi formación abarcaba, junto al saber intelectual, el conocimiento de las armas y el uso de otros numerosos instrumentos, tan familiares a los tyamathas como entre nosotros son los relojes y las teléfonos móviles. Fad me había dicho escuetamente: —Debes ocuparte de la historia y leyendas de Tyamath, de su geografía y economía, de sus estructuras sociales y costumbres, como puede ser el sistema de castas y los grupos de clanes, el derecho a edificar el Templo del Hogar, el Lugar Sagrado, el derecho militar, etcétera.

Me produjo mucho entusiasmo cuando me enteré que Tyamath también era un esferoide. Algo más pesado en el hemisferio oriental. La inclinación de su eje era algo menor que la de la Tierra. Tyamath cuenta con dos hemisferios, entre las cuales se extendían, al este y al oeste, zonas de clima templado. Descubrí que una gran parte del planeta era territorio inexplorado. Aun así me costó bastante aprender de memoria los ríos, mares, llanuras y penínsulas conocidos.

Las reglas éticas en Tyamath se hallan conservadas en las costumbres de las castas. Me educaban especialmente de acuerdo con el código de la casta guerrera. La enseñanza religiosa se reducía a la adoración de la Madre Tierra. En este mundo, la religión es un tesoro guardado con celo por la Casta de los Sacerdotes.  En pocas ocasiones permiten la participación de miembros de otras castas en sus sacrificios y ceremonias. También existían vínculos comunes entre esta y la de los guerreros.

Recibí instrucciones acerca de la Sabiduría Arcana: el corpus de los intelectuales en particular. Se hacía creer a los hombres de las castas inferiores, que el mundo es un disco ancho y plano. Probablemente, se pretendía de esta manera evitar todo intento de indagación. Por otra parte, las castas elevadas —Sacerdotes y Guerreros y sus respectivas subcastas conocían la verdad acerca de estos temas.

—La ciudad-estado —comentó Fad una tarde— es la unidad política común en Tyamath, ciudades rivales que controlan el territorio adyacente, rodeadas por una tierra de nadie, compuesta de territorios libres.

—¿Cómo se determina el gobierno en estas ciudades? —pregunté.

—Los dirigentes son elegidos entre los miembros de cualquier casta elevada. Fruncí el ceño. —¿Sólo de las castas elevadas?

—El sistema de castas —respondió mi maestro pacientemente— es relativamente rígido, y no depende exclusivamente del nacimiento. Por ejemplo, cuando un niño en la escuela demuestra que está en condiciones de pertenecer a una casta más elevada, esto se le concede. Existe también el caso contrario; es decir, cuando un niño no logra el nivel que se espera de él como miembro de su casta.

—Comprendo —dije, sin sentirme realmente convencido.

—Las castas elevadas de cada ciudad —prosiguió Fad— eligen por un tiempo determinado un administrador y un consejo. Si surge una crisis, se nombra un jefe religioso y militar, un Incal, que ejerce la totalidad del poder, hasta que a su entender la crisis ha pasado.

—¿A su entender? —pregunté con escepticismo.

—Generalmente los Incales renuncian a su cargo después de la crisis. Esto es parte del código de los guerreros.

—¿Qué es lo que ocurre cuando no renuncian a su cargo?

—Si un Incal no quiere dimitir, por lo general es abandonado por su gente. El líder político se queda solo en su palacio, a merced de las masas populares.
—Sin embargo —continuó  Fad—, a veces un Incal logra conquistar el corazón de sus hombres, quienes permanecen a su lado. Entonces se convierte en tirano y gobierna hasta que es derribado por la fuerza de una u otra manera. Las facciones de Fad se habían endurecido. —Hasta que es derribado por la fuerza —repitió lentamente.

En el aspecto económico la vida tyamatha se basaba en el trabajo del cazador, quizá la actividad más primitiva, pero también la más sólida. El alimento básico era un grano amarillo, llamado La-Varna, hija de la vida. Resulta interesante señalar que a la carne se la llamaba La-Vassna, lo que significa madre de la vida. Además, en el lenguaje corriente, La-Vassna servía para designar el alimento en general. Esto parecía sugerir que los tyamathas alguna vez, en épocas anteriores, se habían alimentado mayormente de las reses.

Las distinciones clásicas del conocimiento en Tyamath tienden a seguir las líneas de castas. El Conocimiento Básico se considera más apropiado para las castas más bajas y la Sabiduría Arcana para las superiores. Existe un Conocimiento Supremo: el de los Annu-ki. Sin embargo, las distinciones entre el conocimiento tienden a ser algo imperfecto y artificial. La Sabiduría Arcana está prohibida a las castas más bajas. Es un cuerpo de verdades secretas o celosamente guardadas para las clases populares.

Fue muy riguroso mi entrenamiento con la corta y ancha espada tyamatha. En Lima había practicado judo, y contaba con algunos conocimientos básicos en defensa; pero ahora la cosa iba realmente en serio. También aprendí a manejar la espada con ambas manos. En el transcurso de mi aprendizaje, Valian el Fuerte me hirió más de una vez. Cuando lo hacía, solía decir provocándome dolor: —¡Defiéndete bien!— Hacia el final de la etapa de entrenamiento logré provocarle una herida en el pecho. Retiré mi espada, cuya punta estaba manchada de su sangre. Valian arrojó su arma al suelo con estrépito y me atrajo riendo hacia su pecho.

—¡Estoy muerto! —bramó triunfante. Me palmeó los hombros, orgulloso de mi coraje.

Hubiera deseado que mi equipo se viera completado por una cota de malla, pero me enteré que estaba prohibida por los Annu-ki. Tal vez el motivo de esto residía en el deseo de que la guerra siguiera siendo un proceso de selección biológica, en el cual los débiles y los lentos sucumben. Esta también puede ser la explicación de las armas primitivas que les estaba permitido usar a los hombres que habitaban en las regiones agrestes de la Madre Tierra.

Un día, a la hora de mis lecciones, Valian el Fuerte entró en mi habitación trayendo consigo una barra metálica de unos sesenta centímetros de largo, que tenía un lazo de cuero en un extremo. En este aparato se advertía una especie de conmutador. De su cinturón colgaba un instrumento similar. —Esta no es un arma —dijo—. Tampoco está permitido utilizarla como tal.


—Pero entonces ¿qué es?

—Es un fuete de vallak —respondió. Se ajustó el conmutador más pequeño y tocó la mesa con él. Innumerables chispas saltaron despidiendo un color amarillento hacia todas direcciones, sin dejar ningún rastro sobre la mesa. Valian desconectó la barra y me la acercó. Cuando extendí la mano para cogerla la conectó y me la puso en la mano. Infinitas estrellas amarillas parecían explotar en mi mano. Grité asustado y me llevé la mano a la boca. Había sentido algo similar a una fuerte descarga eléctrica. Revisé mi mano; no presentaba ninguna herida.

—Cuídate de un fuete de vallak —dijo Valian el Fuerte—. No es juego de niños.
Recogí lentamente la barra, cuidando asirla cerca del cabo y coloqué la correa de cuero alrededor de la muñeca.

Valian el Fuerte abandonó la habitación; evidentemente yo debía seguirlo. Subirnos la escalera de caracol que ascendía por la parte interior de la torre cilíndrica. Después de atravesar varias docenas de pisos llegamos al techo plano del edificio. El viento azotaba la superficie circular y me empujaba hacia el borde. No había ninguna barandilla. Hice fuerza para no ser arrastrado por el viento mientras me interrogaba qué habría de suceder ahora. Cerré los ojos. Valian el Fuerte sacó un silbato de vallak de su túnica y se oyó un silbido penetrante.

Yo nunca había visto un vallak, con excepción de las representaciones gráficas en mi habitación y en libros en los cuales se caracterizan los “pegasos” de la mitología griega. No me habían preparado expresamente para enfrentar esa situación, como lo habría de saber más tarde. Los tyamathas creen que la capacidad de dominar un vallak tiene que ser adquirida. Es posible aprenderla. Es cosa de nobleza y de la virtud, del vínculo entre animal y ser humano, una relación entre dos seres que debe darse progresivamente. Se supone que un vallak sabe exactamente quién es un jinete y quién no lo es. Se dice que quien no demuestra ser un buen jinete es atacado por el animal en el primer encuentro que tiene con su caballo de combate.


Por de pronto sentí sólo un poderoso soplo de viento y escuche un ruido jadeante, ensordecedor, como si un gigante hiciera restallar una toalla; luego, estremecido de emoción, me acurruqué bajo una gran sombra alada. Un vallak enorme, con patas relucientes, batiendo salvajemente sus alas en el aire, se mantuvo rígido por encima de nosotros.

—¡Cuidado con las alas! —exclamó Valian el Fuerte.

La advertencia fue obvia; apresuradamente me hice a un lado. Un golpe de esas alas me habría arrojado al vacío.

El animal aterrizó sobre el techo del cilindro y nos contempló con sus negros ojos majestuosos.

A pesar de que el vallak, lo mismo que la mayoría de los equinos, es sorprendentemente ligero —lo que se debe, en primer término, a sus huesos huecos— es un caballo sumamente vigorosa, El vallak, con su increíble musculatura, puede ascender con su jinete solamente con un rápido estremecimiento de sus alas enormes. Para ello, también se ve favorecido por la menor fuerza de gravitación de Tyamath. Los tyamathas suelen llamar a estos caballos «hermanos del viento».

El pelo del vallak no es siempre el mismo, y se los cría teniendo también en cuenta su colorido, y no solamente su fuerza e inteligencia. Los vallak negros se utilizan para asaltos nocturnos; los blancos, para campañas militares invernales. Por su parte, los guerreros que desean impresionar y no tratan de pasar camuflados prefieren vallak de variados colores relucientes. El vallak común tiene un plumaje marrón verdoso.

Los vallak, nobles por naturaleza, no están por lo general más que medianamente domesticados y, lo mismo que sus primos terrestres, son herviboros. En más de una ocasión un vallak ha llegado a atacar y arrojar al vacío a su propio jinete. Sólo temen al fuete de vallak. Son entrenados por hombres pertenecientes a la Casta de los Vallak. Cada vez que un caballo joven se escapa o desobedece, es obligada a volver a su percha y se la castiga con el fuete. Más tarde, por supuesto, los caballos son desatados, pero un lazo en la pata ha de recordarles este castigo. Generalmente el entrenamiento da resultados positivos, excepto cuando el animal está sumamente agitado o ha estado mucho tiempo sin beber agua.

El vallak se cuenta entre las dos cabalgaduras preferidas del guerrero tyamatha; la segunda es el saforius, una especie de lagarto, utilizado especialmente por los clanes que no saben manejar los vallak. Por lo que yo sabía, nadie en la ciudad de los cilindros poseía un saforius, a pesar de que, según decían, eran muy frecuentes en Tyamath, especialmente en las llanuras, los pantanos y los desiertos.

Sospechaba que mi entrenamiento estaba llegando a su fin —quizá porque mis períodos de reposo se iban haciendo más largos; o por la actitud de mis instructores. Sentía que estaba casi preparado, casi listo pero no tenía la menor idea del motivo de mi transporte a Tyamath. En esos días me producía un placer especial el hecho de dominar la lengua tyamatha. Empecé a soñar en tyamatha y a lograr entender a mis maestros cuando hablaban entre sí.


También pensaba en tyamatha y debía hacer un pequeño esfuerzo cada vez que deseaba volver a pensar o hablar en español. En cierta oportunidad llegué a blasfemar en tyamatha, lo que le hizo mucha gracia a Valian el Fuerte. Indudablemente, había aprendido mucho en los últimos días Sí, mucho. Quizás demasiado.

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