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MODEST MOUSE: EL CORAZÓN COCINANDO AL CEREBRO

7 de noviembre de 2014

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The Lonesome Crowded West
(Up Records, 1997)


Pasada la eclosión grunge, muchos de nosotros nos quedamos con cara de “bueno, ¿ahora qué?”. Entre la muchachada del momento, la categoría que comenzaba a encumbrarse como termómetro de buen gusto constaba de sólo 5 letras: indie. Aquel era el lugar donde cobijarse, donde encontraríamos las perfectas continuaciones y conclusiones de todo lo que empezó un lustro atrás. Durante la exploración, desbocada y casi existencial (aunque ciertamente no exenta de la pose de rigor, en algunos casos), fuimos descubriendo una variedad impensada para nuestros “alternativos” esquemas. Y este trío de Issaquah, Washington, calzaba a la medida.

Para cuando The Lonesome Crowded West llega a las tiendas, los chicos de Modest Mouse no pasaban de los 23 años, dato que podría darnos una idea del potencial que se puede encontrar en esta producción. Sin embargo, someterse a este segundo álbum de su discografía nos enfrenta a una banda realizada y arriesgada, con muchas cosas por decir y muchas maneras de hacerlo -por si no nos quedaba claro con un primer disco de extensión descomunal (This Is A Long Drive For Someone With Nothing To Think About, 1995) y algunos EPs previos.

El pesimismo abunda en cada track de The Lonesome..., así como los intrincados cambios de ritmos y la libertad para pasar de lo trepidantemente eléctrico a lo folkie acústico, sin que se perciba fisura alguna. Según el cantante Isaac Brook, no hay salvación para la Humanidad, en certera decadencia, y por ello se dedica a explorar estos tópicos con voz tremebunda, cuando no con susurros abatidos -temas sobre el declive de los suburbios, esos largos caminos en los que no hay nada de qué hablar, la confusión propia de una realidad distorsionada... Para Brook, estamos condenados.

La religión, y particularmente Papá Lindo, es otro de los temas a los que se abandona el grupo. Dios es desafiado por los personajes que retrata Brook, los pone de tú a tú, luego conversa con ellos y concluye que cada uno se cuida a sí mismo. En general, es un álbum oscuro, rebosante de cinismo y desencanto, con pasajes de evidente desapego emocional, pero con una honestidad brutal que se agradece. TLCW es un disco sobre el abandono que describe a la perfección una época y una generación que se ubicaba en la visagra de un mundo a punto de interconectarse con todos, así esto lleve consigo grandes, inmensas dosis de deshumanización.

Las primeras notas de la esquizo “Teeth Like God's Shoeshine”, una contundente catarsis de casi 7 minutos, nos preparan para todo lo que vendrá en la siguiente hora y cuarto (sí, serán modestos, pero les gusta extenderse en el timer). A partir de ahí, y en las siguientes 14 canciones, el mundo y los personajes que nos muestran los modestos ratones se nos impregnan en imágenes y diálogos inusitados, acompañados de una instrumentación en constante vaivén, desde scratches de disco -“Heart Cooks Brain” se transforma en algo más que un número rock soso gracias al agregado del sonido propio de los tornamesas, una canción sobre cómo el corazón y la mente no siempre van de la mano- hasta drones insospechados en temas de 10 minutos (“Truckers Atlas”).


Son muchos los buenos momentos de TLCW luego de este trallazo inicial. “Convenient Parking” goza de esos crescendos caóticos en la voz de Brook, donde parece que todo se va a ir al carajo en cualquier momento... hasta que volvemos a la normalidad como si nada. “Lounge (Closing Time)” está plagado también de esa urgencia vocal y esos momentos loud/quiet que la banda ejecuta con inexplicable naturalidad, amén de un gusto por instrumentaciones extensas (en 4 canciones, ya vamos un poco más de 20 minutos). El vuelco a un número folk neto como “Jesus Was An Only Child” resulta algo desconcertante, pero es muestra de las agallas de estos muchachos que no se limitan en sus inquietudes musicales.


Para este redactor, es a partir de “Doin’ The Cockroach” que el álbum se despliega en todo su esplendor. Aquí los ratones nos tratan como -obviamente- cucarachas que van de un lado a otro sin llegar a ninguna parte. Ouch. Es aquí que nos topamos con quizás las dos mejores piezas de esta obra: “Cowboy Dan” y “Trailer Trash”. En la primera, Brook canta (siempre con virulencia y desgarro) sobre un personaje que se enfrenta a Dios, mientras se embriaga camino al desierto y prepara su desafío divino: “God, If I Have To Die, You Will Have To Die”. Un cuento sobre el escapismo y la frustración. En “Trailer Trash”, el tema son los menos pudientes, que viven en casas rodantes a duras penas, pero tomándose un poco de venganza gritándoles a quienes los miran con desdén cómo su falsedad los ha convertido en personas repulsivas, “And I Shout That You're All Fakes/And You Should Have Seen The Look On Your Face/And I Guess That's What It Takes/When Comparing Your Belly Ache”.


Hacia el final, la tristeza de “Bankrupt On Selling” no la he sentido en ninguna banda indie de la época, desgarradora y honesta, con una letra en la que no evita tratar de bajarse a aquellos que les gusta alardear de su educación superior: “Well, I'll Go To College And I'll Learn Some Big Words/And I'll Talk Real Loud, Goddamn Right I'll Be Heard/You'll Remember All The Guys That Said All Those Big Words He Must've Learned In College”. En la última, “Styrofoam Boots/It's All Nice On Ice, Alright”, el crooner Brook dialoga con un bastardo que le confiesa una pasmosa teoría, “God Takes Care Of Himself, God Takes Care Of Himself, And You Of You”.


TLCW habla sobre Washington, sí, pero también sobre nuestra civilización. Es un mundo jodido, con hallazgos que quizás no hayan sido muy agradables de conocer, pero es lo que nos toca vivir. Brook y sus ratones lo contaron de la mejor manera. Y, de verdad, da mucho miedo. Pero no podemos dejar de escucharlos.

Cristhian Manzanares


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PRIMAVERA CERO: SHOEGAZING STRIKES BACK

10 de octubre de 2014

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ORQUÍDEA
Abril
(Hype Records, 2014)

PUNA
Au Dial
(Dorog Records, 2014)

Más de cuatro lustros han transcurrido desde que el Loveless (Creation, 1991) de My Bloody Valentine extendiera el acta de nacimiento del shoegazing -y, de taquito, provocase no sólo el surgimiento del post rock, sino la decadencia de la música rock como fuerza creativa en incesante evolución. Lejos han quedado ya las jornadas fundacionales del período 92-96, los calendarios de una primavera supersónica que hizo combustión como ninguna otra y que prácticamente batió records en velocidad de extinción (puesto que el pop no tardó en canibalizarla).

Sin embargo, y pese a la rápida asimilación al vocabulario mainstream de sus principales descubrimientos y logros, la semilla plantada por los shoegazers no ha cesado de dar frutos a todo lo ancho del mundo civilizado. En el Perú, estamos próximos a conmemorar veinte años de las primeras manifestaciones que esa peculiar conjunción de ruido y melodía suscitase entre nuestros músicos, así como de sus subsecuentes derivaciones sonoras. Y aunque la tradición shoegazer local no se ha interrumpido desde su año cero (1996), pocas veces se han producido simultáneamente lanzamientos que renueven con esmero los bríos del género -una suerte de sui generis “lazarus taxon” en la estratografía sónica de estas costas.

Puna y Orquídea. Limeña la primera, arequipeña la segunda. De raigambre shoegazing ambas formaciones, acaban de editarse sus respectivos discos de debut: distintos en las tonalidades propuestos, pero hermanados a través de la estética del reverb, del feedback, del delay, de pa(i)sajes de ensueño, de letras nubladas que se desdibujan tanto como las voces incorpóreas que las entonan.

Orquídea y Puna. Con diez años a cuestas la primera, casi le dobla la edad a la segunda. A su modo, cada cual puede contar una historia de perseverancia, de tenacidad, que hoy se ve felizmente rubricada con la recompensa del primer álbum entre sus manos (y entre las nuestras). No es un logro menor, perteneciendo a una escena independiente que ha sobrevivido sorteando a diario la adversidad. Menos aún si se tiene en cuenta su consagración a un sonido como el del shoegazing: dirigiendo la mirada hacia secuenciadores y demás herramientas electrónicas los capitalinos, abrazando la ortodoxia de los primeros impulsos del género los mistianos. A fin de cuentas, dos caras de una misma moneda.

PLANOS DEFINITIVOS, SECUENCIAS INFINITAS


Intimidante. No existe otra palabra que describa mejor el revuelo que causó Puna con el tema “Au Dial”, colgado por primera vez en YouTube en febrero del 2013 y luego aparecido en With Her Cool Things And Her Heaven/Shoegaze Compilation (de la netlabel italiana Ray Rec, mismo año). Desde entonces, a la banda se le ha solicitado insistentemente la participación de este corte en compendios de diversas latitudes, llegando incluso a aparecer una versión ringtone no autorizada del mismo... ¡¡¡en una web china!!! Como era de preverse, semejante remezón ha generado muchas expectativas en torno a la puesta de largo del grupo.

En principio (2008), Puna fue un dúo formado por el multidisciplinario artista autodidacta José Rodríguez y por Jorge Rivas O’Connor -conocido este último gracias a su trabajo tras el alias IDM de Ionaxs, que ya tiene editados tres discos físicos y dos EPs para descarga gratuita. La dupla rompe fuegos con un maxi epónimo, originalmente lanzado por Dorog Records en el 2009. Luego de dos EP (Medio Día En La Luna y Madrugada Del Fin, 2010 y 2012 respectivamente) y dos singles, el ingreso al bajo de Rolando Apolo, músico que ya ha publicado varios trabajos de harsh noise solo o en comandita con otros individualistas -Gabriel Castillo, Wilder Gonzales Agreda-; ha transformado a Puna en terceto, y como tal es que su debut ha visto la luz.

Au Dial recorre la ruta trazada por el track homónimo. La apertura, “Llachua”, hace las veces de falso y desconcertante inicio, ya que incursiona en feudos dream pop con altos niveles de sacarosa; pero inmediatamente aparece “Au Dial” para poner las cosas en su sitio. Lo de Puna, párrafos atrás había quedado dicho entrelíneas, es más una inclinación hacia el segundo momento evolutivo del shoegazing, el de la licuefacción con la electrónica, que comienza a jugar un papel cada vez menos accesorio al de la distorsión generada por los pedales. De hecho, “Au Dial” marca la tónica del disco: viñetas de una media de 4 minutos y pico, en general menos pop que “Llachua” y persistentemente vertebradas por cadenciosas secuencias muy bien trabajadas.

Apuntala esta apreciación el hecho de que el arsenal de Puna no se limite a lo usual en estos casos. En Au Dial, escuchamos el saxo loopeado de Arturo Quispe Velarde, miembro de los progresivos Cholo Visceral (próximos a estrenarse). Verdad que no es una presencia permanente, pero sí matiza temas como “Aún Horizonte” y “Monorriel” desde el discreto segundo plano en que Quispe se posiciona.

Me permito subrayar el final, justamente, “Monorriel” -porque califica al mismo nivel que los últimos trabajos editados por Rivas O’Connor como Ionaxs: Ocasos Bajo El Mar... EP y Anábasis EP, editados vía Chip Musik en este 2014. ¿Señal de un nuevo golpe de timón para Puna? Cuestión de esperar al próximo lanzamiento para corroborarlo -o, en su defecto, al concierto de presentación del disco. Vital.

VUELTA POR EL UNIVERSO


Combo dark de la Ciudad Blanca, Fobya publicó a principios del 2004 su segundo esfuerzo, el recomendable Sentimental Vacío. Cuando el año declinaba, su frontman, Abdel De La Cruz -por estas fechas músico invitado a Entretinieblas-, soltó en plaza un pequeño artefacto titulado Translúcido EP. El extended en cuestión estaba acreditado a Orquídea, proyecto paralelo en clave shoegazing que conformaban el propio Abdel y Kenyi Garrafa, bajista de Fobya. Transcribo a continuación un fragmento de lo que entonces escribí a propósito del esférico.

“Orquídea no parece hacerse mayores paltas en respirar por igual del ceratiano clásico ‘Rombos’ (‘Los Planetas’), de los Cocteau Twins del precioso Heaven Or Las Vegas (‘Mar Cristal’), o del rollo audiovisual asociado a músicas de estética similar: las clásicas imágenes de ocaso, el ensangrentado cielo del crepúsculo (‘El Árbol De Los Sueños’, ‘Electrolabio’)” (Freak Out! número 4, diciembre del 2004).

Han pasado exactamente dos lustros sin noticias sobre la continuidad de Orquídea. Es por eso que este comeback ha sido bastante comentado tras su anuncio, y lo ha sido más aún por el saldo artístico que ha redituado el debut -aunque algunas cosas cambiasen en la interna del dúo. Si en Translúcido EP el crédito es mayoritaria y merecidamente de De La Cruz, en Abril las palmas van para Raúl Begazo, guitarrista de Fobya y también de los mollendinos Aerosol -hoy resucitados como Aero-, que apoyó a Orquídea en las presentaciones del extended y que es el reemplazo definitivo de Garrafa en esta nueva etapa del tándem opiáceo.

Lo de Orquídea, no es un estigma o un demérito decirlo, es bastante genérico: guiña a los días de gloria del shoegazing y a sus principales protagonistas -Slowdive, Chapterhouse, Swallow, Silvania... En el dueto, el revival de la década pasada que propugnasen 93MillionMilesFromTheSun, Fleeting Joys o M83 ha dejado poca o nula huella. Su punche es admirable, tanto como la maciza capa de distorsión guitarrera que construye -y que recién hacia “Abril” no es que desaparezca, sino que se hace más maleable: sobrepasado ese punto, puede ser estruendosa como a la mitad de “Mat04” o delgada/semitransparente como en “Interlude”.

El apego a los cánones oleados y sacramentados del también llamado baggy se torna menos evidente en números como “Untitled” o “Uh, Uh, Uh!!!”, donde podemos percibir con mayor claridad las programaciones. Tracks de esta naturaleza permiten una cierta comparación con Resplandor circa Ámbar (2002). No obstante, al cerrar el plástico con un cumplidor cover de My Bloody Valentine (“Only Shallow”) y el atronador “Output”, el binomio sureño se reafirma en las bases que sostienen la ecuación de su propuesta: noise+pop (y artilugios electrónicos a cuentagotas). Ejemplar.

Hákim de Merv


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COCTEAU TWINS: A TRAVÉS DE CANTOS DE BALLENAS Y SIRENAS

12 de septiembre de 2014

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Victorialand
(4AD, 1986)


Hubo un momento en el panorama musical, poco más de una década atrás, en el que lo imposible parecía ser un hecho: Cocteau Twins tocaría en Coachella. Años de separación llegaban a su fin en un escenario impensado, pero con toda la expectativa puesta en recibir a un grupo que parecía por fin haber limado sus asperezas (amén de haber aceptado una suculenta oferta económica).

Y de pronto... nada. El trío escocés anuncia que la reunión nunca será y que cada uno seguiría por su senda. Según confesara posteriormente el guitarrista Robin Guthrie, aparentemente fue Liz Fraser, vocalista y a la sazón su ex esposa; quien declinara en última instancia no sólo la participación en dicho festival, sino también el mero hecho de volver a juntarse en una misma habitación. A nosotros los fans, nos quedaría consolarnos con sus discos, que no fueron pocos -y ciertamente muchos de ellos magistrales, los mismos que apuntalaron este temporal revuelo finalmente insatisfecho.

Una de esas placas definitivas, no sólo para el grupo, sino incluso para la década de los 80s; es definitivamente Victorialand. Este cuarto trabajo es una rara avis dentro de la ya de por sí inusualmente peculiar discografía de los Gemelos Cocteau: volumen que posee un idioma propio, que no tiene nada que ver con todo lo que sonaba en ninguna parte durante esa época -años de la epítome indie con The Smiths, de Metallica y su explosión thrash, de Paul Simon y Peter Gabriel en el plano más comercial de la música pop, del nacimiento hip hop de los Beastie Boys, y así.

Como todo gran álbum, Victorialand esconde una anécdota dentro de su concepción y ejecución. Cocteau Twins no podía contar momentáneamente con Simon Raymonde, su bajista, por lo que Guthrie y Fraser decidieron grabar ellos mismos el íntegro del disco... y meter un saxofón (?). El acompañamiento correría por cuenta de Richard Thomas -Dif Juz- para el tema de apertura, “Lazy Calm”. Sus vientos se encumbran sobre los sosegados efectos de guitarra con los que Guthrie arropa esta canción. Ésta sería la tónica en adelante: temas sin bajo y batería, un marcado minimalismo, y el tándem Guthrie/Fraser haciendo suyo el LP. Reinventándose ante la creciente fanaticada.


En adelante, el verdadero sonido del Victorialand se hace presente en todos los surcos. Cada canción parece enhebrarse con la que sigue, manteniendo una conexión admirable, pero en la que se percibe cierta intranquilidad y un cúmulo emocional que no llega a estallar -sino que se va conteniendo. La sensación es rarísima: estamos ante un álbum calmo pero denso (a pesar de ser solamente voz y guitarra -aunque, cierto, con muchas capas alrededor-), relajante pero al mismo tiempo atemorizante.


Esto se debe en buena parte a la inimitable voz de Elizabeth Fraser. Liz canta de forma delicada, por momentos se muestra frágil, pero a lo largo del esférico su voz es cautivante e indescifrable. Inventando letras, jugando con la sonoridad de las palabras inescrutables, pero al mismo tiempo denotando tristeza y hasta desdicha. Una voz nocturna, o eso me ha parecido siempre a mí, hecha para la luz de la luna. Sus vocales también se cubren de capas de eco y parecen elevarse a rangos imposibles para la humanidad en “Fluffy Tufts”.


Otra de las propiedades que tiene un disco de CT es la habilidad para generar y proporcionar landscapes en cada nueva escucha. Victorialand no es la excepción a la regla: ¿qué, si no, obtienes de una melodía de belleza cabal como es “Throughout The Dark Months Of April And May”? Cada sonido te remite a una sensación, te sugiere un estado, te evoca un espacio, un lugar. “'How To Bring A Blush To The Snow” y sobre todo “The Thinner The Air” nos dicen que, damas y caballeros, estamos flotando en el espacio, sobre la nieve, alrededor de la penumbra, dando vueltas al universo -cuando no nos sumergimos, por supuesto, en las profundidades del océano, en lo más frío de las depresiones marinas, para escuchar el canto de las ballenas y ver danzar sus colas mientras Fraser conversa con ellas (“Whale Tails”).

Uno de los grandes aciertos que posee el Victorialand es su duración: apenas sobrepasa la media hora, y no necesitas más. Esta característica le dota de una cohesión que convence y atrapa. Logra que escuches el disco de un tirón sin querer perderte lo que viene a continuación, sorprendiéndote de cada nota que sale de la guitarra de Guthrie y la voz de Fraser. Quizás la mayoría coincida en que Treasure (4AD, 1984) sea lo mejor que sacó el terceto en los ochentas (y tal vez a lo largo de su carrera), pero esta obra refundó su estilo y les proporcionó una exquisitez que no ha podido ser superada hasta la fecha. Otros dirán que es su disco más “ligero” y delicado, seguramente así sea, pero no encuentro un solo defecto en ello.

Atmosférico y cautivante. Un triunfo, tal como lo expone su nombre. Punto final.

Cristhian Manzanares


ESCUCHA EL VICTORIALAND AQUÍ

ENLACES RECOMENDADOS


http://www.ericr.nl/cocteaus/victorialand.html (en An Appreciation Of The Cocteau Twins).


http://www.adriandenning.co.uk/cocteautwins.html#vi (en Adrian Denning’s Album Reviews).

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DOROG RECORDS: CORRIENTES CIRCULARES EN EL TIEMPO Y EL ESPACIO

14 de agosto de 2014

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Bien mirado, el de Dorog Records es un ejemplo paradigmático de cómo embarcarse en la creación y fortalecimiento de una discográfica autogestionaria de música pop -en un país que prefiere de lejos otro tipo de, ejem, “discursos” sonoros-, y no fallar en el intento. Con ya diez años a cuestas, el sello de Giancarlo Samamé ha sabido mantener su independencia sin renunciar a las directrices que presidieran su nacimiento: ser una plataforma de difusión para propuestas de todo calibre -electrónica, indie, post rock de código abierto (jazz, folk, bossanova, blue grass), pop, punk, dark, synth, etc-, mismas que difícilmente encontrarían masivo refugio en otras escuderías de perfil más específico y/o definido. De sus inicios ortodoxamente físicos a su trasvase netlabel, y de vuelta a la publicación en el “mundo real”; Dorog Records ha persistido en una línea de edición sonora -más que uniforme, coherente con sus principios y espíritu. Aquí la conversa con Giancarlo y siete lanzamientos clásicos de la disquera para descarga gratuita.

EL HEXÁGONO CARMESÍ: ¿Cuándo tuviste la idea de formar una discográfica y qué te impulsó a ello?
GIANCARLO SAMAMÉ: 2004 es el año de inicio, influenciado por las nuevas corrientes musicales que la Red me permitió descubrir. El servicio de Internet aún no era masivo, pero podías acceder a través de cabinas públicas -recuerdo extensas amanecidas usando el Napster para descargar mp3s. Ese nuevo universo me inspiró para crear un sello discográfico ficticio con bandas locales que hicieran ese tipo de música (electrónica, indie y post rock, experimentación sonora, psicodelia, etc). Entonces, junto con Eduardo Otayza nos inventamos cinco grupos ficticios, a los que diseñamos carátulas de discos, afiches... incluso tomamos fotos a amigos caracterizados como miembros de estas “nuevas bandas”. El resultado de este trabajo se vio en la exposición “Dorog Records - Una Disquera Alternativa”, montada en la Casa Museo Mariátegui en el 2005, donde tocamos unos bisoños El Paso y Vía 149. A raíz de esta experiencia artística es que concreto el sello discográfico como una realidad. Ese mismo año descubro la netlabel limeña Internerds Recors, que utilizaba un muy novedoso sistema de distribución digital para bandas locales: el de la libre descarga. Así, me comencé a descargar todos los discos disponibles y a enterarme de la alucinante movida alternativa que se gestaba en Lima en esos años, algo así como una nueva explosión del rock subterráneo peruano en el siglo XXI. Siendo un importante referente a seguir, indagué más y descubrí que la web estaba plagada de esta clase de sellos discográficos a nivel mundial.
EHC: ¿Qué expectativas debían verificarse con la creación de Dorog Records? Lo que queremos decir es, ¿qué ofrecería un sello nuevo que los ya existentes no habían podido ofrecer hasta entonces?
GS: Formar un catálogo novedoso con los estilos que nos gustaban, editando discos de artistas independientes locales, tanto de manera digital como en ediciones físicas. Así, intervenimos la Internet con material peruano para todo el mundo, y dejamos testimonio físico de su obra a través de discos compactos editados con calidad para el público melómano local, que cada vez es mayor y que hemos conocido a través de las ferias de sellos discográficos que existen en Lima desde hace ya unos 7 años. Empezamos sacando ediciones físicas para distribuir con revistas, luego vino la web -que tuvo como cinco versiones distintas- y con ello los discos para libre descarga, después más y más discos. Paralelamente a la música, tuve la oportunidad de desarrollar una estética de diseño gráfico particular con el arte de los discos, en los cuales incluí varias veces obras de otros artistas plásticos peruanos. Otra expectativa fue la de crear un servicio de edición de discos compactos para músicos peruanos, a través del cual he podido editar varios trabajos por pedido.
EHC: ¿Cuántas de esas perspectivas han sido colmadas durante todos estos años?
GS: Todas, y cada vez son más.
EHC: ¿Quiénes son Dorog Records hoy en día?
GS: Dorog Records somos básicamente yo, todos los artistas que han apostado por editar su material discográfico con nosotros, y los que han participado con música en algunas recopilaciones. También incluyo a todos los colaboradores, proveedores y tiendas amigas que mueven nuestros discos.
EHC: Dorog es el caso más emblemático de una disquera independiente concebida en el formato tradicional, que luego se metamorfosea en netlabel sin renunciar a la publicación física -pero dándole mucho más peso a los lanzamientos para download. ¿Fue el principal cambio del proyecto en todo este tiempo?
GS: Es verdad, todo empezó con ediciones físicas, hechas para ser distribuidas con revistas amigas. El primer caso fue el de la alianza realizada con Freak Out!, revista con la que publicamos tres discos muy buenos: el primer EP de El Paso titulado El Disco (2005), el compilatorio Música Para Chacchar (2007, hoy en día muy apreciado por nuestros amigos melómanos), y el compilatorio en mp3 DPOD (2008). Este último experimentó con el concepto de música pensada para reproductores de audio, usando como empaque un cartoncito díptico en forma de IPOD (lo de DPOD, fue jugando con la “D” de Dorog). A la vez, me dediqué a publicar obras para libre descarga, las cuales fueron muchas (ya perdí la cuenta). Todo ese material está disponible para oír online y descargar en Archive.org, BandCamp y SoundCloud. Actualmente estoy avocado a la edición de ejemplares físicos, soltando un disco para libre descarga muy de vez en cuando.



EHC: Las ediciones físicas de Dorog siempre han sido, por decir lo menos, impecables y esmeradas, caracterizándose por empaques sui generis y su cuidado diseño gráfico. ¿Quiénes se encargan de todo esta chamba?
GS: Esencialmente son diseños míos, en donde utilizo imágenes propias y muchas veces tomadas prestadas de otros artistas. Hay otros artes, creados por otros artistas para las bandas. En Dorog Records mezclo dos cosas que me gustan muchísimo: el diseño gráfico -soy diseñador de oficio- y la melomanía.



EHC: Revisando los primigenios discos de Dorog, y salvo uno que otro exabrupto (el disco de la banda punk Anormal, por ejemplo), se percibe un perfil asociado a esta primera etapa del sello: bandas como La Mostrenka, El Paso, Vía 149 o La Voluta De Oro editaron sus trabajos a través de Dorog y/o colaboraron en sus primeras recopilaciones. Sin embargo, cuando Dorog decide dar el salto a Internet, su oferta se tornó mucho más variada. ¿Hasta qué punto fue un paso meditado y hasta qué punto producto de la necesidad de adecuarse a las nuevas plataformas de difusión?
GS: La cantidad de propuestas disponibles en el medio fue una oportunidad que no se podía dejar pasar. Algunas obras fueron publicadas por elección propia, otras a pedido y otras por simple experimentación poco meditada. Creo que, para que algo sea verdaderamente experimental, debe tener una buena dosis de riesgo. Siempre trato de conservar una línea estética asociada con la independencia y libertad creativa: así meto en un mismo saco al indie rock, a la música electrónica, a las fusiones, al folklore, a lo afro, a la música de baile, a lo psicodélico y a lo experimental. Lo importante es que suene original y, obviamente, que me guste. Incluso, hoy cuento con un programa de radio llamado El Tren Eléctrico, con el cual ya llevo casi un par de años difundiendo lo que más me gusta de la escena peruana alternativa. Es un programa donde pasamos música por bloques temáticos, presentamos una banda en vivo y entrevistamos gente interesante de la movida cultural peruana -y, si se puede, de todas partes del mundo.
EHC: Después de unos años online, Dorog comienza a publicar material de grupos del exterior -Ella Tiene Dos Androides (México), por ejemplo. ¿Comienza así una fase de, digamos, internacionalización de la discográfica?
GS: Siempre he tratado de conservar una postura “localista”, apoyando lo más que se pueda a la escena nacional. Las bandas internacionales comenzaron a llegar solas, me comenzaron a contactar. En un principio trataba de no mezclar las dos cosas, pero, ante tanta demanda; comencé a publicar una que otra cosa “ultrapaís”. Hace poco, he publicado un disco a pedido de la banda chilena Alein, y ahora estoy moviendo música de una buena banda bonaerense llamada los Amigoácidos, que conocí en mi reciente viaje a Buenos Aires.
EHC: Con la consolidación como netlabel, la estética de Dorog se ha decantado otra vez. ¿Qué sonidos prefiere difundir DR actualmente?
GS: Todo lo que desencaje dentro de lo que se considera encajado o de lo que te quieran encajar. Todo lo que cause encanto o desencanto, todo aquello que suene raro, que te saque del cuadro, que te incomode -y, sobre todo, aquello que te cuente una buena historia y te haga pasar un buen rato o mover el cuerpo. Los estilos ya los mencioné hace unos momentos.
EHC: A pesar de que ya existe una cultura del download en nuestras escenas desde hace aproximadamente una década, por lo general el consumidor sigue siendo un poco reacio a descargar tal o cual disco. ¿A qué te dice la experiencia que puede deberse esta reticencia?
GS: No sabría decirlo. He conocido gente que se ha descargado muchos de los discos de Dorog Records de la web, otros han adquirido los discos y han regresado por más. Hasta me han comprado música desde Alemania vía BandCamp, dinero que nunca he podido cobrar por problemas con PayPal (jejeje). En una época me descargué muchos discos de netlabels, los cuales aún conservo pero ya no escucho. Ya no descargo música: prefiero que me pasen discos en mp3, comprarlos, piratearlos u oírlos online.
EHC: ¿Qué obras son las que registran mayor número de descargas?
GS: Algunos compilatorios específicos que he publicado en Archive.org. Pueden chequear la cantidad de descargas allí mismo.
EHC: ¿Y en el pasado, cuáles han sido los picos más altos de la oferta de Dorog?
GS: Descargas a discreción, publicaciones constantes, lanzamientos y reediciones virtuales.
EHC: ¿Cómo se mueven hoy por hoy los las publicaciones físicas? ¿Sigue existiendo una demanda que justifique la inversión en ellas?
GS: Ahora estoy concentrado en la fabricación y distribución de discos compactos. Estoy experimentando con un sistema de distribución alternativo de los discos que fabrico. Tenemos la ventaja de vivir en un país donde existen miles de tiendas de discos piratas, donde se ofertan CDs a precios muy accesibles (puedes conseguir discos desde un sol). Con esta premisa, estoy diseñando productos accesibles que puedan ser comprados por el público en general, ya que la música que promuevo es olímpicamente desconocida y hasta “rara”. Muchas veces, la gente se abstiene de comprar algo nuevo porque es desconocido o caro. Entonces estoy haciendo discos económicos, sin descuidar la calidad de la presentación, y con el enorme atractivo de que es peruano y muy bueno. La fórmula es “discos peruanos de calidad original a precio pirata”. Una excelente manera de llegar al público es a través de la venta directa en ferias, como las de sellos independientes y las de diseño.
EHC: ¿Se maneja una nómina fija de nombres? ¿O se prefiere estar siempre abiertos a grupos de cualquier coordenada geográfica, nacional o extranjera, que se adecúen a lo que se busca?
GS: Contamos actualmente con una lista oficial de artistas que de varias formas colaboran con el sello. Están quienes editan sus obras con nosotros siempre, también están otros que colaboran con canciones, y también están otros que nos dejan sus discos ya fabricados para moverlos.
EHC: Hemos tenido noticias el año pasado de un nuevo disco de Polvos Azules (Acuática), tu acto personal, y hace poco se ha lanzado el single “Ultrapop”. Pero hace mucho que no se sabe nada de El Paso, tu primer proyecto -al lado de Eduardo Otayza (individualista enfundado en el alias de Tech Vibes y miembro de los neopsicodélicos Transparente).
GS: Con Polvos Azules voy bastante bien. Tengo nuevo material cocinándose, tocadas esporádicas, colaboro con otros artistas en directo -como lo he venido haciendo con el dúo anconiano Los Shakunautas, con quienes experimento una especie de folklore psicodélico ritualista. Con El Paso, hemos retomado acciones, y nos volvimos a presentar luego de 6 años en el reciente festival El Malvinazo #8 (julio de este año), organizado en la Alameda de Las Malvinas por un conjunto de gestores culturales del SERPAR (Servicio de Parques de Lima). Tenemos material pendiente por publicar y muchas ganas de producir nuevos temas y seguir tocando donde se pueda.
EHC: ¿Cuáles serán en breve las nuevas apuestas de DR?
GS: Acabo de reeditar dos buenos discos, el primero de Ertiub y el único EP existente del dúo electropop Dispositivo Sueños, con un bonus track añadido. También he lanzado un compilatorio en mp3 llamado Rock De Exportación, con 100 canciones de 55 bandas vigentes. Ahora voy a editar en calidad de primicia el primer larga duración de Puna, más un disco donde reúno sus dos primeros EPs.
EHC: ¿Y las perspectivas a futuro para la disquera?
GS: Convertirse también en una distribuidora de discos compactos producidos y fabricados por el mismo sello, con un amplio espectro de llegada, apelando a la enorme cantidad de tiendas de discos piratas y kioskos de periódicos que hay en Lima -además de moverlos en provincia. La idea es que este trabajo genere una ganancia para los artistas, cuantitativa y cualitativamente. Para ello, cuento con el apoyo incondicional de Cuarso - Cultura Arte Sociedad, asociación cultural de la que soy fundador y a la que estoy impulsando mucho en estos momentos, junto con otros buenos amigos vinculados al quehacer artístico en la ciudad.

Hákim de Merv


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BABASÓNICOS: TAN FREAKS...

18 de julio de 2014

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Jessico
(Pop Art Music, 2001)


¿Qué era el rock latino a inicios de los 00s? Contaba con un impacto masivo inusitado, traducido en medios más preocupados por colocar este lucrativo producto en vez de brindar propuestas que destacaran sobre la rabanera homogeneidad con la que se relamían. Como siempre, para variar, Argentina era la gallina de los huevos de oro (a la par de México, otro país con una maquinaria que facilita la difusión de estos menjunjes). Pero si algo distinguía a la escena che, esto era que se sentía todo menos “latina”, o lo que sea que se entienda por eso.

Para cuando Jessico es lanzado, el grupo ya llevaba una década en la brega y unos 8 discos sobre sus espaldas, cada uno más provocativo que el otro, todos sonando a lo que les venía en gana -claro, a todo menos a ese groove “latino” que otros ponderan. Tanto su debut Pasto (Sony Music, 1992), que les valió la misión imposible de telonear a Soda Stereo durante el tour de su deslumbrante Dynamo (BMG, 1992), como el sucesor Trance Zomba (Sony Music, 1993), los mostraban como el acto más aventajado de una generación sónica que quería destacar por encima de la inmensa sombra del trío de Cerati. “Patinador Sagrado” es una canción que todo grupo sudaca quisiera para sí. A pesar de toda la anglofilia que emite.

Si ya con su tercera entrega, Dopádromo (Sony Music, 1996), el sexteto de Lanús había saboreado un regular éxito de crítica y público (este último digamos que con el suficiente atrevimiento de escuchar algo más que aquel “unplugged” de Soda en MTV), no es hasta este Jessico -editado vía el sello de la productora de eventos del mismo nombre- que la popularidad del combo es absoluta. La cobertura de los medios de rock, las giras por Estados Unidos y México, su nominación como mejor álbum de rock del año en el Grammy Latino... Todo gracias a un disco que, si bien es cierto podría considerársele más accesible que los anteriores, no abandona en ningún momento el riesgo ni la experimentación plasmadas en canciones inolvidables hasta la fecha.

Babasónicos siempre fue un grupo atrevido en música y letra, canchero, galante y hasta grosero, si cabe. Pícaro, no tanto en el sentido Porcel y Olmedo del término, sino adaptado al nihilismo propio de su generación. Ayuda a esto la personalidad y voz de Adrián D’argelos, un cantante que sabe cómo decirte las cosas. Él y en suma, la seductora actitud del resto de la banda; resultan un elemento indivisible de la propuesta de los argentinos. Una desfachatez que arranca desde el diseño mismo de la portada. ¿Un gancho más? Pues, la producción de Andrew Weiss. Casi nada...



Apenas le damos play a Jessico, “Los Calientes” nos enciende. Cachonda, tentadora, dueña de un coro glorioso como pocas veces se oye en nuestra latitud rockera: “Cómanse A Besos Esta Noche/Total Nadie Lo Va A Notar...”. Un número ultra dance y radio-friendly, que les haría ganar no pocos desertores, quizás ofuscados por este nuevo ánimo luminoso de destellos discotequeros. Las extensas versiones del álbum se hacen digeribles gracias a una producción que favorece la voz y el detallismo de los arreglos electrónicos. Y al mismo tiempo, consolidan un registro sólido, homogéneo, donde nada sobra, fluyendo con escandalosa naturalidad.


Su primera mitad es impecable. De hecho, 4 de los 5 singles que se extrajeron de la placa están colocados ahí. “Fizz”, el segundo corte, fue también el segundo sencillo. Un tema tranquilo que se compara al anterior, pero con una lírica mucho más agresiva, criticando el mundillo del espectáculo televisivo (“Duelo De Vedettes/Pluma Por Doquier/Ira A Flor De Piel/Le Clavó Su Taco Aguja”) -aquel que incluso escogiera sus canciones para musicalizar sus segmentos. “Deléctrico” es el más electro de la placa, y también cuenta con su propia anécdota: fue escrita pensando en el electricista que llegó tarde a la construcción del estudio de grabación de Gabriel Manelli.

“Soy Rock”, con un riff que hace justicia a su nombre, también suda agresividad sonora y lírica burlesca: “Soy Muy Puta/Y No Trabajo Para Vos/Mantenida Gracias A La Propaganda”. Lo más fuertecito del álbum, junto a “Pendejo”, el tema que le sigue, afincado en guitarras duras y una base rítmica potente. La testosterona disminuye a niveles apacibles con el que sería su single de presentación para este disco: “El Loco”. Éxito de listas aquí y allá -radios, MTV, revistas, tú nómbralos-, fue el tema que los colocó como banda de cabecera aún para quienes no escuchaban rock. Una canción embadurnada de un misticismo sónico que de alguna forma encaja perfectamente con una letra que pretende desprender tintes filosóficos de seis gamberros de barrio. Inexplicablemente, lo logra.


Babasónicos es una banda que adora el sexo, le canta, lo celebra, lo pregona; y sobre todo, no hace distingos de géneros. Por si no quedaba claro con “Los Calientes”, ahí están esa oda en clave bolero a la masturbación que es “Rubí”, o la ligera “Yoli”, para refrendarlo; esta última, dedicada a un travesti. Y cuando no se ponen zalameros, se dan tiempo para el romanticismo, como en “Tóxica” o una declaración de amor a las drogas. Y aún hay más espacio para la crítica (y la sorna), en “Camarín”, con ese glorioso “Tan Freak Y Tan Popular Quiero Ser/En El Éxtasis Del Flash”, teledirigida a todos los críticos de rock. Ejem.


Algunos eligieron a Jessico como el ‘Mejor disco de rock de los 2000’ (Rolling Stone). Claro, eso no te dirá mucho, seguramente. Pero no sirve de pretexto para no haberte sometido a su desafiante elaboración. Jessico es el compendio de esfuerzo, talento y provocación de una banda que se plantea en serio hacer rock con algo de cretividad en nuestros terruños. Algo que, valgan verdades, ni sus propios autores han podido repetir (aunque algunos de sus esfuerzos posteriores chocaron en el palo). Lo único cierto es que si algún Mundial del rock se jugaba en el 2001, Babasónicos se llevaba la Copa. Salvo que hubieras preferido dársela al Amnesiac. Olvídate.

Cristhian Manzanares


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