THE SEA AND CAKE: EXPLORANDO LAS AGUAS EN LAS FRONTERAS DEL POP

23 de mayo de 2014

 

Lo primero que debo decir sobre esta banda de Chicago es que llegaron a mis ojos antes que a mis oídos, por cuanto su nombre empezaba a ser mencionado en algunas revistas-de-rock a mediados de los 90s, describiéndoseles como un salvavidas para el rock de guitarras que no sonaba a lo que todos escuchaban por esas épocas. Es más, creo que incluso llegué a escuchar primero algún tema de los grupos donde antes tocaban estos muchachos, como Bastro o Gastr Del Sol. Justamente, el nombre del cuarteto es casi un chiste interno: sale del teléfono malogrado por no oír correctamente el nombre de “The C In Cake”, canción incluida en Crookt, Crackt, Or Fly (1994), segundo disco de GDS.


The Sea And Cake tenía todo para ser considerado “rock alternativo” en esa década, pero lo que proponían Archer Prewitt, Sam Prekop, Eric Claridge y John McEntire -mundialmente conocido por militar simultáneamente en las filas de uno de los nombres más reputados del post-rock, Tortoise-; demandaba un techo más alto que el que esa etiqueta dispensaba. Alojados en la discográfica Thrill Jockey, largan la partida hace cuatro lustros con un álbum epónimo. ¿Recuerdas esos meses? Vivíamos épocas posteriores a la explosión grunge y las radios pasaban la música que te gustaba a cualquier hora. Hasta MTV lo hacía. Ese espectro de difusión aún no estaba preparado, pues, para este supergrupo indie.


Mientras el grunge post-Cobain aleteaba con cierta mecanicidad en la FM, lo del cuarteto sonaba mucho más luminoso y fresco, ajeno al arisco sonido guitarrero noventero preponderante, y sintiéndose ellos más cómodos en el hecho de mostrarse como músicos afectos a ritmos y texturas no tan “rockeras”. La voz de Prekop suena hasta despreocupada (casi una ofensa para el mainstream alternativo promedio), por momentos intentando algún falsetto, mientras se encarama sobre temas que denotan su propensión hacia el soul y jazz -pero siempre con un peso pop que los vuelve llamativos. Yo destaco “Jacking The Ball”, una canción que cualquier hijo de vecino podría tararear todo el día sin agotarse, y la movida “Flat Lay The Water”. Es un debut agradable y hasta podría decirse “luminoso” para esos días, su espíritu es ligero y ahí radica el singular atractivo -si bien reconozco que no posee un track en particular que sobresalga, más allá del par de temas mencionados que me agradan. Por ahí alguien los definía como Everything But The Girl tocando canciones de Lou Reed. Vamos, algo duro el calificativo, quizás motivado por ese aire relajado que trashuman el groove y las melodías, que hasta cierto punto podrían convertir a The Sea And Cake en un excelente disco como música de fondo.

La situación cambia al aparecer Nassau (1995). Las ideas aquí se expanden, lo “experimental” aparece ya más como una inquietud que como guiño sutil, y la ambición se aprecia desde el saque: en su vehemencia, “Nature Boy” se desentiende de la calma expuesta en el debut. Una canción necesaria para engancharse a lo nuevo del cuarteto, que ahora se inclina hacia los instrumentales, volcando todo su eclecticismo en una manera muy propia y peculiar de entender el Pop.

Nassau es un disco mucho más “cargado”, denso y -por momentos- exultante que su antecesor. Los vientos de “Soft And Sleep” redondean la figura, mientras Prekop se anima a soltar algunos alaridos en “Lamonts Laments”. Sin embargo, hasta aquí la figura que a mí me viene llamando la atención es la del baterista McEntire, quien como buen músico/productor va señalando la ruta a recorrer. Destaco dos cortes más de esta placa: “Earth Star”, delicioso instrumental de dos movimientos, y el frenético ejercicio “The Cantina”, cuyo arreglo de teclado le prodiga una vitalidad que se agradece. Junto al farfisa de “Nature Boy”, son los que más disfruté.

Establecidos ya como banda fija, y con un régimen de trabajo bastante prolífico, The Biz ve la luz el mismo año que Nassau. TSAC no abandona su esencia pop, sino que la robustece con la estética jam propia del jazz, aquí más presente que nunca. Para algunos repetitivo, para otros mucho más innovador que los discos precedentes, quien te escribe se siente en la libertad de confesarte que es el álbum más entretenido de esta primera triada, quizás porque me dejo sesgar por el lado técnico del asunto: las ejecuciones de los cuatro involucrados son soberbias de cabo a rabo -y sólo hablamos de guitarras, bajo y batería.

Este tercer capítulo sale a la luz con la certeza de saberse una banda que no tiene que probar(se) nada y decide instalarse de manera definitiva en el nicho del jazz-rock, con todo lo bueno y malo que eso significa. Creativamente, no presentan mayor declive, situación que sí afecta a los ánimos de experimentación que parecían haber aflorado para bien en Nassau. El tándem rítmico de Claridge y McEntire no tiene nadita que envidiarle a tu banda de rock de vieja escuela favorita (escucha esa preciosura que es “Leeora” y dime lo contrario... ah, pues); y la guitarra de Prewitt, cuando no dibuja marcados paisajes ambient o juega con sus pedales (“Escort”), va salpicando de jazz la jornada.

Hay bonitos temas en The Biz: “Station In The Valley”, con sus idas y venidas, es el primero que se me viene a la mente. Para espíritus más calmos, “Darkest Night” es la elección indicada. Y si quieres algo con más ímpetu, “The Transaction” puede ser lo que busques. Luego de The Biz, la banda requeriría de un bienio para volver con algo que valiera la pena la espera. The Fawn (1997) fue la mejor respuesta que pudieron darnos. Aquí el acercamiento con la electrónica es tangible: más que convertirse en protagonista de su propuesta, realza la destreza de los conjurados, por lo que los detalles de producción son cada vez más sustantivos.


Apenas se da play al disco, no quedan dudas de la relevancia que asumirán los secuenciadores y las baterías electrónicas en esta nueva etapa del cuarteto. Lo confirmamos al escuchar “Sporting Life” y “The Argument”, ambas edificándose sobre bases electrónicas y de una sonoridad muchísimo más pulida. Mientras en la primera somos testigos de acaso la primera composición de TSAC sin guitarras, en la segunda las voces recién ingresan pasada la marca de los dos minutos. En esta decena de temas, su trayecto por ritmos latinos -como la cadencia bossanova- también es destacable, tal cual se percibe en “The Ravine” o el instrumental “Rossignol”, enriqueciendo su catálogo sonoro. Quizás el principal ‘pero’ que le endilgaría a The Fawn es que eligen dos números lentos para cerrar, el instrumental “Black Tree In The Bee Yard” y el enigmático “Do Now Fairly Well”, algo cansinos y que a mí particularmente me dejan con ganas de algo que no me aletargue.

The Fawn es fecundo en esos detalles que mencionábamos líneas arriba, al mismo tiempo que contemplativo y sofisticado; y funciona a todas luces como transición entre lo que fueron y lo que aspiran a ser en adelante. Quizás el tema que funcione como esa amalgama de pasado y futuro sea “There You Are”, un favorito personal. ¿A dónde dirigirse luego de toda esta travesía? ¿Qué motivación es la que empujaría el galeón de The Sea And Cake y hacia qué aguas soplaría el viento de sus inquietudes? Por lo pronto, ese mismo 1997 lanzarían dos producciones a manera de ejercicios de solaz, quiero entender: el EP de cinco canciones Two Gentlemen, que incluye 3 pistas remixeadas que harán las delicias de alguien que sea fan de los remixes (ése no seré yo), y A Brief Historical Retrospective. Esta recopilación, solamente editada en Japón, reúne temas de los dos primeros álbumes de la banda, más un par de canciones a cual más difícilmente accesible que la otra. “Glad You’re Right” es el lado A repescado del single homónimo editado en vinilo en 1995 (pueden rastrearse digitalizaciones de este sencillo en los programas de intercambio de archivos). Y “Chainer” es la composición -aparentemente perteneciente a la prehistoria grupal, 1991- que la banda cediera al hoy inhallable registro estadounidense Dig This! A Benefit Compilation For Doorika (Sweet Pea Records, 1995).

Nueva pausa, esta vez... hasta el año 2000. La primera década del nuevo siglo trajo a TSAC con ánimos de afirmación. Oui es el nombre de su quinto largo, y es quizás el más celebrado por la crítica especializada, que ya para entonces los tenía como fetiche de la escena independiente. Su arribo se produce luego del trabajo de estos muchachos en sus proyectos personales durante los años previos, en solitario y/o con sus bandas paralelas. Oui comienza empilado. “Afternoon Speaker” es un corte pop rock super animado, aunque con la cadencia cool a la que ya se nos ha acostumbrado. El beat de McEntire es constante e invariable, Prekop canta con calma, sin premura, y los arreglos electro engrandecen la experiencia auditiva. El mismo código se maneja para “All The Photos”, arreglos jazz, vibra electroacústica, marcada influencia bossanova. Esta ascendencia brasileña del Oui (¿un rezago evidente que arrastró McEntire luego de producir a Stereolab?) emerge a partir de la segunda mitad del disco, pero se va anunciando a medida que dejamos atrás los primeros temas: la cama de  marimbas sobre la que reposa “The Leaf” (que concluye con un interesante jam jazzero), más marimba en “Everyday”, y otros números en donde lo “latino” se abre paso sin mucho esfuerzo (“Midtown”). Más bien, los lentos siguen representando el principal problema del grupo a mis oídos, como les sucede en “You Beautiful Bastard”, instrumental que nunca levanta vuelo. Algunos podrían decir lo mismo en general sobre el Oui, tacharlo de frío y mecánico, y hasta cierto punto podría darles la razón. De todas formas, “The Colony Room”, sin dejar de ser una buena canción (que incluso mereció un videoclip para su difusión), te deja la impresión de ya haberla escuchado antes (la vocalización susurrada de Prekop, esos doo wop doo wop en los coros...).


Por ahí puede parecer que la parsimonia inherente a los de Chicago impregna un poco el resultado final de muchas canciones o de todo el esférico. No se les exigía una lavada de cara, pero sí algo con la fibra suficiente como para involucrarnos de lleno. Y eso, a su manera, llegó con One Bedroom (2002). Persiguiendo un nivel de elegancia al que en cierto modo ya habían arribado con Oui, el sexo largo de TSAC es una gema para quien aprecia el pop. Su accesibilidad es de una cercanía notable, y prácticamente cada número de esta entrega tiene algo que rescatar -lo que ayuda a que los dislates jazz se hayan reducido a su mínimo posible.

“Four Corners” inicia esta decena de temas -algo que agradecerles: jamás se excedieron de la cantidad necesaria de canciones que debía tener un trabajo suyo-, y se respira otra vibra. Un pop palpitante, bailable, próximo, con la voz de Prekop recién ingresando en el tercer minuto de la canción, un buen arranque. “Left Side Clouded” continúa por esa brecha. Si alguno concibiera todavía por esta época a TSAC como un grupo de esencia post-rock, pues sería uno con disfraz pop bastante efectivo. La placa se escucha y disfruta con total facilidad a lo largo de sus 40 minutos, dejándonos tracks perfectamente recordables -como, por ejemplo, “Shoulder Length”, que te debe sonar familiar si has estado pegado durante buen tiempo a la programación de Canal N.

Es cierto que, para algunos oídos, el aporte de One Bedroom a la discografía de TSAC no ha sido tan determinante, salvo el hecho de confirmar su status de referente indie ya por esos años. Lo innegable es que los chicos suenan seguros de sí mismos, manejando a la perfección la alquimia entre sintes y guitarras. Sin mostrar todo el virtuosismo del que sabemos son capaces, elaboran canciones que quizás en otros músicos hubiese sonado, a propósito o no, totalmente desprolijas. Prueba de esto son el track autotitulado, que incluso llega a coquetear con el progre; la impresionante canción de dos momentos “Interiors”, y su rendición a los sintetizadores para el cover de David Bowie, “Sound And Vision”.


No sería hasta cinco años después que volveríamos a tener noticia de The Sea And Cake. Debo confesar que incluso a mí me sorprendió este retorno. Comprensible para la banda de unos muchachones cuyas inquietudes no se agotan en juntarse para tocar, sino que también le entran a diferentes actividades -como producción musical, fotografía, comics, etc. Cuando tuvieron a bien volver a involucrarse para sacar un nuevo disco bajo el nombre en común, acercarse a él no les representó (en principio) mayor dificultad, teniendo en cuenta la grata escucha de la jornada previa. Pero al darle la primera pasada a Everybody (2007), no pude evitar sorprenderme, porque lo que llegó a mis oídos era un disco netamente rock. Priorizando guitarras más que sintes (es más, casi ni los percibes), enfocándose en la sonoridad del ensamble “clásico” de un grupo de rock más que en las texturas propias de los acabados electrónicos de sus anteriores esfuerzos, es un regreso más “rudo” -pero no por ello deja de ser inteligible. La terna de inicio devela un disco energético e impecable: “Up On Crutches”, “Too Strong” y sobre todo “Crossing Line” resultan contagiantes. Claridge y McEntire prescinden de los ritmos programados por completo, logrando su faena más orgánica desde The Biz. Este “desvío” hacia el rock logra temas atractivos como el medio tiempo “Transparent” o algo más bailable como “Introducing”, ejercicios que pudieron estar presentes en otros discos pero que aquí calzan justo con la idea propuesta. Aunque si tuviera que elegir la mejor, me quedo con “Left On”: McEntire sirviendo de colchón rítmico para los feedbacks y distorsiones de Prewitt y compañía.


Everybody pareció activar algo en el momentum del grupo, y no quisieron desaprovechar la viada. Aunque no parecía “calculado”, el plástico tampoco representaba un cambio radical en la identidad del cuarteto. Car Alarm (2008), entonces, editado 17 meses después, iba a servir para reconfirmar la ruta o para decirnos si daban media vuelta y volvían por los senderos que elucubraron en The Fawn. Afortunadamente para mi gusto, TSAC decide mantener esa espontaneidad rockera que nos sorprendiera en Everybody. La prolijidad de la banda se mantiene incuestionable.

Este nuevo episodio no deja de sonar fresco a pesar de la proximidad con el penúltimo publicado -a despecho de significar a priori una mera continuación de su sonido, estilo y producción. Aún así, quienes apreciaron el lado kraut rock de entregas como The Biz y One Bedroom, aquilatarán gustosamente Car Alarm. “Aerial” nos trae a un grupo convencido en el manejo consistente, sin fisuras, del trinomio guitarra-bajo-batería. Prestos a alejarse del descuido, el número autotitulado también es gran muestra de un rock eficiente   y   de una    vitalidad   que reconforta -además, muestra cómo una banda con todo este tiempo en la escena independiente se entiende musicalmente a la perfección (todo parejito, no sobra nada). Y si bien es cierto se permiten ciertas travesuras (“CMS Sequence”), con temas dance rock como “Weekend” o la ligera “The Staircase” nos demuestran que lo electrónico no ha/va reñido con lo guitarrero.


Car Alarm fue recibido con entusiasmo por la crítica gringa, pero esto no impidió que para la siguiente entrega de TSAC tuvieran que transcurrir otros 3 años, y encima para recibir de ellos un extraño híbrido entre EP y mini-álbum. The Moonlight Butterfly (2011) se mantiene en las coordenadas de pop pulido con matices electrónicos que ya nos han prodigado; pero, más allá de aumentar su catálogo con estos 6 temas, no implica mayor aporte a su trabajo -salvo la mención a los 10 minutazos de “In Keeping”, su canción más extensa a la fecha.


Así llegamos a Runner (2012), su último disco a día de hoy. La electrónica vuelve a recuperar el protagonismo que había cedido hacia el rock de sus últimas acometidas. El arranque con “On & On” es prometedor, energético, vibrante, impulsivo; todo lo que nos gusta escuchar en el TSAC más rockero que podamos imaginar. Su “renacer” guitarrero, elegante y preciosista, ahora se adorna con toques electrónicos (“Harps”) que vuelven a colocar la palabra “experimental” sobre la mesa. Hay vigor y aplomo, lo cual ayuda a elaborar un disco que quizás se le pudo haber escapado de las manos a otra banda sin su recorrido.


La gran diferencia radica en que Prekop pensó estas canciones en su sintetizador, y de ahí se pasó al escrutinio de sus compañeros, para re-imaginarlas. De ahí que lo atmosférico tenga un peso particular en este Runner. Piezas como “The Invitations” o “New Patterns” quizás no hayan tenido cabida en sus discos anteriores, pero aquí tienen una coherencia francamente sólida. Sin embargo, espacio para números acústicos no faltan, como queda demostrado con la preciosa “Harbor Bridges”. Runner no promete nada nuevo, pero sí nos asegura un viaje refrescante, conociendo ya la trayectoria de un grupo con su trajín.

The Sea And Cake nos ha dejado una discografía que, con sus altas y bajas, nunca tan bajas como para ser prescindibles; nos desafía constantemente. Lo confirmarás cuando caigas en la cuenta de que, más de una vez, puedes tener una de las experiencias auditivas más gratas que recuerdes. Tú mismo eres...

Cristhian Manzanares


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