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EL ARQUEÓMETRO, DE ALEXANDER SAINT-YVES D’ALVEYDRE: UN SECRETO PERDIDO EN LOS ALBORES DEL TIEMPO

1 de junio de 2012

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Existen testimonios muy antiguos de diversos métodos que nos ofrecen cambiar al mundo y a nosotros mismos. Muchas de esas demostraciones permanecieron veladas a los ojos de la mayoría de los mortales y preservadas por elusivos conventículos clandestinos de conocimiento esotérico. Ellas tienen sus orígenes en tiempos ancestrales, y empezaron a ser ventiladas por parte de algunos representantes de la autodenominada “sabiduría arcana.” El Arqueómetro, del estudioso francés Alexander Saint-Yves d’Alveydre, es uno de esos legados ocultos cuyos preceptos intentan explicar los principios herméticos de las Leyes Universales.

Para abundar más en el tema, profundizaremos en este enfoque, efectuando un análisis del antedicho tratado -que tiene la facultad de aportar a la transformación de una sociedad que recién se sacude de las cadenas y grilletes de la ignorancia y el oscurantismo generalizado.

UN SABIO OCULTISTA

Saint-Yves d'Alveydre nació el 26 de marzo de 1842 en París (Francia). Al llegar a su madurez fue mentor de distinguidos personajes, como Gerard Encausse Papus (fundador de la Orden Martinista) y el enigmático Ch. Gougy (el arquitecto que diseñaría los planos arqueométricos). Ambos fueron miembros de la sociedad civil “Los Amigos De Saint-Yves”. En su tratado esotérico El Arqueómetro (1910), Saint-Yves d’Alveydre utilizó la noción de “sinarquía” para describir una clase de gobierno formado por los  miembros  de una   escuela   de   iniciados  llamada  Agharta  Shanga -información que ya había dado a conocer en su libro La Mision De La India En Europa (1886)-. En el texto de 1910, se explica cómo una logia conocida simplemente como Agharta maneja el sistema de tipo sinárquico. Saint-Yves d’Alveydre falleció en Pau el 5 de febrero de 1906.

LA LLAVE DEL CIELO

El Arqueómetro es el manual esotérico considerado como “Llave Maestra” por los Colegios Iniciáticos Druídicos. La sabiduría de este documento puede describirse como el Canon del Arte Antiguo, que permitió al pueblo egipcio estructurar lengua, religión, arquitectura, música, poesía, pintura y hasta plegarias. Es decir, el desarrollo de un sistema económico, político y social en armonía con el Cosmos. Al ser considerado pieza clave para decodificar el origen de las civilizaciones, El Arqueómetro es un modelo de prudencia y discreción. Se trata de un instrumento capaz de abrir la cerradura que resulta ser un portal de acercamiento hacia el Conocimiento del Universo. El Arqueómetro guarda relación directamente proporcional con el Hombre y su microcosmos, al aplicar la Ley de Hermes Trimegisto: “como es arriba, es abajo”.

El Arqueómetro está compuesto gráficamente por siete círculos concéntricos, que perfilan seis zonas desde la periferia hacia el centro, y encierran los doce signos astrológicos -así como los planetas, las notas musicales, etc. De los dos círculos externos, el más cercano al centro se mueve en el sentido de las agujas del reloj, en tanto que el círculo más externo gira en dirección opuesta. Cuatro triángulos equiláteros, que forman dos estrellas de David y se diferencian por colores, se hallan integrados en este planisferio y ligados a los 4 elementos de la naturaleza que preconizaba Empédocles de Agrigento. Su combinación da lugar a diferentes gamas de color, como el pantone del pintor. El trazo imaginario que une estos triángulos en dirección este-oeste define lo que se llama “la línea de las grandes aguas”. Los dos triángulos principales de El Arqueómetro (correspondientes a los elementos tierra y agua) tienen dos simbologías diferentes. El superior o terrestre simboliza la vida inmortal, en tanto que el inferior promueve un desarrollo en armonía con el Cosmos, a partir de una evolución individual.

Definido como un instrumento que sintetiza las claves de todas las religiones y ciencias de la Antigüedad, El Arqueómetro y su propuesta de un planisferio de tales características plantean un reto al conocimiento y a la sabiduría insondable. Este enigmático escrito, aún teniendo tanto detractores como adeptos, no deja a nadie indiferente. Su publicación corrió a cargo de la organización Amigos De Joseph-Alexander Saint Yves d’Alveydre. Los apuntes del ocultista francés fueron recopilados por sus discípulos a título póstumo y recopilados en este intrincado libro que encierra un mosaico de símbolos, escalas, números y palabras -en distintas lenguas inscritas en el interior de un mapa de medidas prefijadas que no aparece acompañado por referencia alguna sobre su funcionamiento.

El Arte Antiguo, conocido en los círculos masones como “Arte Real”, conmemora la participación, apoyo e impulso de los grandes monarcas de la Antigüedad a los constructores de las nuevas sociedades. Se presume que El Arqueómetro es la fuente primigenia de donde provienen los abecedarios o alfabetos griego, sánscrito, hebreo, adámico, cósmico, zodiacal y hasta la milenaria mitología de los pueblos de la Antigüedad (lo que implica tácitamente su influencia en el origen de las diferentes civilizaciones ancestrales). La fecha de creación de tan valioso instrumento se pierde en tiempos inmemoriales. Este profundo documento tiene como base un círculo, el cual las diferentes escuelas iniciáticas o filosóficas consideran como la figura perfecta. El círculo simboliza la Creación y el Universo, así como su combinación triplicada se considera la palabra inefable que atribuían los hebreos al nombre de Dios.

En las culturas preamericanas, el círculo era una figura sagrada en la que solamente podían incursionar los Grandes Iniciados -quienes solían crear instrumentos que permitían conocer el movimiento del Cosmos y su relación con la Tierra (al punto que los conquistadores católicos se quedaron espantados por la exactitud de su calendario).

El Arqueómetro tiene aplicaciones en la vida cotidiana, en lo profesional, en lo artístico y religioso. Si en el pasado fue de gran utilidad en la comprensión de la filosofía, ahora es tiempo de recuperarlo, ante las grandes incógnitas que la ciencia y tecnología no han logrado absolver.

EL ABC DEL CONOCIMIENTO

El Arqueómetro es el sello impreso por el Verbo sobre la substancia divina, en el acto de la Creación; es un esquema de aplicación universal en el que se funden filología, mitología, astrología, música, arquitectura, triordenación del estado social, etc. Todos los sistemas patriarcales de la Antigüedad -religiosos, científicos y sociales- testimoniaban un mismo Verbo Creador.

El astrólogo Serge Raynaud De La Ferriere, fundador de aquella controvertida Fraternidad Universal que proclamaba el advenimiento de la Era de Acuario en 1948, hace referencia a El Arqueómetro como “el instrumento que usaron los antiguos para la constitución de todos los mitos cosmogónicos de las religiones (...). Es el Cielo el que habla: cada estrella, cada constelación viene a ser una letra, una frase o un nombre divino que da nueva luz a las antiguas tradiciones de todos los pueblos. Es la traducción material del VERBO en forma, color, gusto y sonido”. La obra de d’Alveydre, a la vez que nos hace comprender el pasado por su “catolicidad”, posibilita la orientación para un futuro reintegrado -en todos los niveles de la vida humana- a la Visión Sintética del Universo contemplada por el Ojo Divino.


D’Alveydre basa su construcción planisférica en una “tradición primordial” que, según sostiene, ha sido preservada en estado puro y protegida en un legendario lugar llamado Agharta, cuyo emplazamiento subterráneo se relaciona con el monte Meru, (enclave mítico que aparece en las escrituras sagradas hinduistas). Según los entendidos, el lugar guarda gran semejanza con la descripción realizada por d’Alveydre de Agharta, un mundo subterráneo que se extiende bajo continentes y océanos. El título de “Rey Del Mundo” corresponde, según esta hipótesis, a un legislador universal cuya misión consiste en preservar la tradición sagrada de origen no humano. D’Alveydre expone la misma idea en su Teogonía De Los Patriarcas (1909), en la que aboga por la restauración de un sistema político -la sinarquía- basado en el poder ejercido por una agrupación o corporación, que está íntimamente asociado a la idea de Agharta como sociedad secreta.

Heráclito de Éfeso defendía que “la armonía oculta es superior a la manifiesta”. Si este enunciado es correcto, El Arqueómetro tendría la capacidad de revelar un secreto aún oscuro que aclare su supuesta naturaleza de “instrumento de medida para todos los principios del Universo”. El alfabeto que aparece en El Arqueómetro de d’Alveydre se denomina “watan”, la lengua primitiva -siempre según el ocultista- de los habitantes de la Atlántida (en la práctica, una supuesta traducción del alfabeto astral). En la obra Comentarios Al Arqueómetro, coescrita por René Guénon y D’Alveydre, se dice que el alfabeto watan fue aprendido por Moisés en los templos de Egipto, y fue modificándose hasta que se perdió por completo durante el cautiverio de Babilonia en el siglo IV a.C. Se trata de un alfabeto solar de 22 letras: tres de ellas se relacionan con las tres personas de la Santísima Trinidad y con las tres primeras letras del sistema sefirótico, siete están asociadas a los planetas, y las doce restantes, al zodiaco.


Con El Arqueómetro, d’Alveydre pretende recuperar la palabra sagrada, el acto divino por el que se sometía toda la Naturaleza a la inteligencia y a las ciencias humanas, tal como se subraya en el capítulo I del Evangelio de San Juan: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios”. La importancia de la palabra en El Arqueómetro es vital, porque restablece la integración de la sabiduría perdida por Adán. Al parecer, las letras adámicas se fundamentan en el conocimiento oculto de formas y sonidos que tenían un gran poder de restauración. En El Arqueómetro se relacionan tablas de correspondencia entre el alfabeto watan, los caracteres de la lengua hebrea, los planetas y los signos zodiacales (al igual que el alfabeto asirio, samaritano y caldeo).

Sabemos que la verdadera “iniciación” se trasmite de boca en boca. Sin embargo, este instrumento de precisión especial restituye la vía experimental de la revelación universal. Misteriosas asociaciones como el Colegio Sagrado de Brahma, sabían ocultar el Saber Iniciático en sus enseñanzas comunes. No obstante -para quien sabe comprender la relevancia de este legado-, las enseñanzas brahmánicas esclarecen algunas verdades patriarcales, por ser su corpus un piadoso peregrino de la universalidad sempiterna. Su tesis es clara cuando dice: “La razón humana, por sí misma, está desprovista de certezas, ella establece un mero valor de conjetura. La verdadera ciencia y sabiduría son patrimonio de la Divinidad, y únicamente podemos tener conocimiento de ellas de acuerdo a nuestro grado de receptividad”.

Se puede considerar a El Arqueómetro como un sistema que no sólo reúne todas las concordancias conocidas, sino que también sirve para decodificar las mitologías, las leyendas, los dogmas religiosos; mediante un sistema arquitectónico coherente. Nos encontramos frente a una suerte de caleidoscopio, que posibilita un método único para perpetuar las tradiciones orientales, occidentales, semíticas o arias... El Arqueómetro es un instrumento de evocación del pasado necesario para la construcción en el presente, como medio de síntesis y regeneración de toda la intelectualidad en el futuro.

No se puede negar que, con el advenimiento de la así llamada Nueva Era, una poderosa ola de saberes y doctrinas extrañas se está esparciendo dentro de la sociedad. Cada vez son más las personas que -movidas por una efervescente curiosidad y capacidad de cuestionamiento- empiezan a despertar y comprender que existen mucho más misterios en la Tierra y en el Cielo, de los que se puede dilucidar con la tradicional investigación filosófica. Mientras se siga hurgando en los rincones más recónditos de nuestro pasado milenario, aparecerán nuevas interrogantes que quedarán sin respuesta. Esto debe tomarse en cuenta, pues -en el océano del descubrimiento universal- muchos lo traducen en una actitud de “asombro agradecido” que fortalece la relación con el prójimo. Los vínculos interpersonales se estrechan, mientras avanzamos por el sendero impresionados ante las maravillas de una Creación que, finalmente, nos pertenece.

Jorge Antonio Buckingham


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