LA REVOLUCIÓN INCONCLUSA (O UN FIN DEL MUNDO ANTICIPADO EN LA ¿UTOPÍA? DE CANUDOS)

3 de abril de 2010

 

En Brasil, entre los años 1893 y 1897, se produjo una muy sui generis guerra civil. Miles de fanáticos religiosos -esclavos libertos, indígenas, ex-criminales; todos guiados por un líder con ínfulas de santo- se enfrentaron y derrotaron a tres expediciones militares que tenían por objetivo desalojarlos de las tierras que ocupaban (y humillaron de paso a un héroe de guerra). Otra patada en los huevos de la lógica, una más de las muchas que registra la historia de la Humanidad.

APOCALYPSE NOW

El conflicto armado se desarrolló en el estado de Bahía (entonces aún provincia), al noroeste de Brasil. En esa década, la última del siglo XIX, el territorio en cuestión se hallaba desolado: su geografía era árida, y su economía, basada en la agricultura y el ganado, se encontraba deprimida. La población estaba compuesta en su mayoría por antiguos esclavos recién liberados en 1888 mediante un decreto de la hija del rey Pedro II. La nueva gente “libre” carecía de trabajo, y su abrupta manumisión había dejado sin mano de obra a los hacendados, creando dantescos índices de pobreza. En el contexto político, la República de Brasil acababa de nacer el 15 de noviembre de 1889, pero aún subsistían numerosos vestigios del régimen monárquico. El recién instaurado sistema de gobierno buscaba recolectar como sea impuestos para hacer realidad sus nuevos planes, lo que generó el disgusto en los estratos sociales más insolventes.

Ese ambiente de incultura, analfabetismo y miseria; deviene en cantera y cuna de movimientos mesiánicos y propuestas de revolución. En esa coyuntura comienza a tomar importancia la figura de un hombre misterioso, místico, que recorría aldea tras aldea haciendo pequeñas obras y favores, dando un discurso religioso y a la vez moral, que consistía mayormente en consejos prácticos sobre cómo se debía vivir. Era alto, delgado, barbudo, se vestía siempre con una túnica azul y llevaba como amuleto una cruz de madera, recordándole a la gente la figura de Jesucristo. Declaraba que el orden republicano era el Anticristo, que 1900 traería el fin del mundo, que la separación entre Estado e Iglesia -a raíz de la abolición de la reyecía- no podía darse, y que Dios recompensaría a todos los pobres y austeros del mundo en el reino de los cielos.

El prestigio de este personaje, Antonio Vicente Mendes Maciel, fue creciendo. El hombre afirmó ser un profeta y vasallo del Señor. La gente le creyó y comenzó a seguirlo en su recorrido por la región. Gracias a los consejos que daba le comenzaron a decir Antonio Conselheiro (El Consejero), y llegó a tener más de un centenar de seguidores en su peregrinaje. Decidió entonces asentarse en un pequeño pueblo, Canudos, al que rebautizó con el nombre de Belo Monte.

Belo Monte se convirtió en una sociedad autárquica, una ciudad-estado aparte. Dentro de ella, el dinero no valía. Si una persona quería asentarse en Canudos, debía donar todos sus reis, que eran gastados por las autoridades en pueblos vecinos, en material que usaban para construir una imponente iglesia de altas torres en el pueblo. Las leyes dictadas incluían la abstinencia del alcohol y de la fornicación, exigían a veces ayunos y la obligación de no contestar preguntas del censo. Todo el mundo ayudaba, haciendo lo que podía: herreros fabricando armas y municiones, albañiles construyendo iglesias y casas, antiguos bandoleros defendiendo las caravanas que traían/llevaban bienes hacia la ciudad, etc. Todos eran tratados de la misma manera, sin juzgar su procedencia o rasgos o antigua condición. Un hacendado, un criminal, una monja, un leproso, un ex esclavo; no importaba. Para aquella gente, Canudos era un verdadero paraíso en la tierra, lo que influía bastante en su fanatismo y en su deseo de proteger aquella “ciudad santa”.

Con el tiempo, Belo Monte llegó a tener cerca de treinta mil habitantes, convirtiéndose en el segundo centro urbano más poblado de Bahía. Esta situación preocupó en demasía a las autoridades nacionales, quienes recibieron quejas de los terratenientes de Canudos que buscaban la expulsión de los invasores; y de los pueblos vecinos, que temían la expansión de Belo Monte. La sola existencia de un movimiento tan autónomo como el de Mendes Maciel era una amenaza para la recién formada república. El gobierno brasileño decidió enviar una expedición militar a Belo Monte para desalojar el poblado: en noviembre de 1896 un grupo de 104 hombres, comandado por el Teniente Pires Ferreira, atacó Canudos. Salieron a su encuentro medio millar de fanáticos armados con machetes, hachas y lanzas. Al mando iban dos conocidos bandoleros, João Abade y Pajeú, quienes arremetieron furibundamente, lanzando vivas al Consejero, a Jesús y a Dios. El ejército carioca se vio forzado a batirse en retirada debido a la violencia del contraataque.

Tras recoger a los caídos, someter a los expedicionarios sobrevivientes y adueñarse de las armas abandonadas; la derrota fortaleció considerablemente la fuerza militar de Canudos. En enero de 1897, el ejército mandó una segunda expedición de 557 soldados y oficiales, comandados por el Mayor Febronio de Brito. Los militares pudieron sortear las trampas puestas por los rebeldes y embistieron las trincheras que defendían la ciudad, diezmando la resistencia. Sin embargo, luego de festejar esta victoria inicial, se vieron súbitamente rodeados por cerca de 4000 insurrectos: hombres, mujeres, niños y ancianos. A pesar de sufrir cuantiosas bajas, las constantes embestidas de la población de Canudos no se detenían. Debido a la falta de municiones y a la escasez de agua y comida, los militares se vieron obligados a huir.

HAT TRICK

Este segundo fracaso resultó desastroso para el prestigio de las autoridades. El ejército, que era el responsable de defender a los Estados Unidos de Brasil, había sido vencido por un grupo de campesinos, esclavos, bandoleros y fanáticos. La tercera expedición no se hizo esperar. En marzo, el experimentado Coronel Antonio Moreira César, al mando de una columna de tres batallones de infantería, uno de caballería y uno de artillería; marchó hacia Canudos. En el camino, fueron hostigados por rebeldes que atacaban y envenenaban sus provisiones, gritaban y soplaban pitos en las noches y trataban de emboscar a la retaguardia. A pesar de la información que poseía sobre las defensas de la ciudad, la columna fue quebrada tras dos días de combate. Moreira César, junto con algunos miembros de su plana mayor, fueron asesinados. Sin un mando, desorganizados, hambrientos, devorados por los insectos, muriendo de hambre y de sed; sólo un arranque de audacia salvó a la mitad del batallón. Nunca se había visto algo igual.

El nuevo revés paralizó al país. Opiniones de todos los sectores pusieron en la picota a la taciturna administración republicana -que, herida en su fibra más sensible, organizó una nueva ofensiva: esta vez, con las prerrogativas y pertrechos propios de una guerra militar en regla. La dirección sería otorgada a un general ya casi en retiro, Artur Oscar de Andrade Guimaraes, quien comandaría una fuerza de veinte batallones, 19 veces mayor que la del último ataque. Como pasó antes, las fuerzas del Consejero acosaron durante todo el camino a las tropas. Muchos rebeldes morían en las emboscadas, pero el fanatismo de su mirada y su ansia de morir “luchando contra el demonio” podía más. La cuarta expedición fue ayudada también por dos factores importantes: la hambruna de Canudos y la falta de munición del bando rebelde, y la muerte del Consejero en medio de la batalla. Cuando las fuerzas republicanas se acercaron a lo alto de la favela -el equivalente a nuestro peruanísimo “pueblo joven”-, ya iniciando el ascenso, los canudenses rompieron fuegos.

La lucha se empantanó por días. Acabar con una ciudad tan grande no era fácil, pero destruir un ánimo tan fanático parecía imposible. Los soldados pronto fueron inyectados con un odio que rivalizaba con ese fanatismo: querían destruir completamente a aquellos marginados que los despertaban en las madrugadas con pitillos y envenenaban su comida. Mataban hasta con placer a hombres, mujeres y niños. La guerra degeneró. Desde el 25 de junio hasta el 10 de agosto de 1897, los soldados sufrieron 2,049 bajas. Era increíble. Un ejército profesional no podía culminar la conquista de una población civil. Desde el alto mando de la república, se ordenó aniquilar a la población. Ya no importaba nada más. Sin comida, sin agua, sin municiones; la gente daba alaridos de hambre. De las calles salían figuras cadavéricas felices, movidas aún por la idea de matar a un “infiel”. La aldea agonizante todavía mostraba suficiente fuerza para hacer frente, pero Artur Oscar, prudentemente, llamó refuerzos que terminaron por aplastar toda resistencia.

Canudos fue cercada y bombardeada sin piedad. Se cometieron atrocidades contra los sobrevivientes: se les cortó la garganta a los hombres y se violó a las mujeres. Se dice que las más bellas fueron enviadas a burdeles en Salvador. El cuerpo del Consejero fue desenterrado y decapitado. Los militares se llevaron su cabeza y la exhibieron con orgullo mientras atravesaron Bahía de regreso. La guerra de Canudos propiamente dicha duró un año: según la tradición, se movilizaron más de diez mil soldados de 17 estados brasileños, distribuidos en cuatro expediciones militares. Se calcula que murieron más de 25 mil personas, culminando con la destrucción total de la ciudad que sirvió de escenario a estos hechos.

BREVE COLOFÓN

Al analizar el cruento episodio de Canudos desde la ¿tranquilidad? del siglo XXI, uno podría encontrar varias similitudes entre lo que allí sucedió, y la pasión y muerte de la ideología comunista. Si bien en Canudos se trataba de fanáticos religiosos, en la práctica se desarrolló una política dedicada al bienestar de la gente, que se vino abajo debido al aislamiento y a la manifiesta hostilidad del mundo exterior -que quería, de una manera u otra, destruir esta extraña utopía.

La guerra de Canudos es, sin duda, un singular capítulo en la historia de la Humanidad que no debería ser olvidado por ningún habitante de este planeta. No por nada, nuestro gran escritor Mario Vargas Llosa ha sido, probablemente, una de las primeras voces no brasileñas en hacerse eco de esta epopeya tercermundista. Teniendo listo y documentado el guión cinematográfico para una película sobre el tema, basada en el libro Os Sertóes (“Los Sertones”) de Euclides Da Cunha, una vez cancelado el proyecto fílmico convirtió el script en una de sus obras narrativas mayores: La Guerra Del Fin Del Mundo (1981). Se haría una película, pero bastante más tarde (1997).

Keko Zinaré

ENLACES RECOMENDADOS

http://www.centrocultural.coop/blogs/nuestramericanos/etiquetas/guerra-de-canudos/ (en Los Nuestramericanos: Su Historia).

http://culturabrasilera.blogspot.com/2009/07/historia-guerra-de-canudos.html (en Brasil Para Todos).

http://www.historiamundo.com/?p=245 (en HistoriaMundo).

http://jamillan.com/librosybitios/blog/2007/11/graffiti-en-la-guerra-de-canudos.htm (en L&B: Blog de Libros Y Bitios).

http://www.es.wikipedia.org/wiki/Guerra_de_Canudos (en Wikipedia).

http://www.imdb.com/title/tt0130748/ (en IMDb).

La Guerra Del Fin Del Mundo: http://www.alfaguara.com/es/libro/la-guerra-del-fin-del-mundo/ (en Alfaguara), http://www.leergratis.com/relatos/la-guerra-del-fin-del-mundo-de-mario-vargas-llosa.html (en LeerGratis.com) y http://es.shvoong.com/books/classic-literature/120071-la-guerra-del-fin-del/ (en ShvOOng).

Os Sertóes: http://www.jornada.unam.mx/2006/02/12/sem-alfredo.html (en La Jornada Semanal).

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