PIXIES: AMERINDIE PARA EL MUNDO

1 de julio de 2011

 

Surfer Rosa
(4AD, 1988)

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El siguiente ejercicio seguramente debe ser de tu genuino conocimiento y solícita práctica. Cuando muchos de nosotros nos referimos a los debuts que más recordamos de los 80s, suele pasar que Surfer Rosa no figura en ninguna lista. Veamos: por ahí se cuela el de los Guns’N’Roses, de hecho que mencionas a The Stone Roses, The Smiths es otra elección fácil, y alguno que otro que he olvidado. Es más, en estos segundos debes estar recordando alguno(s) adicionales -pero entre ellos está cantado que no aparecen los Duendecillos de Boston. Ciertamente, los Pixies “existen” en nuestro imaginario después de éste su primer disco. Sin embargo, es justo acotar que, sin el estreno del 88’, mucho de lo que se escuchó luego no existiría tal como lo conocemos (y disfrutamos).

Pixies-04 ¿Qué se encuentra aquí para que émulos de toda Usamérica encuentren el parangón al cual compararse eventualmente en sus respectivas carreras? En realidad, se halla mucho de lo que se aplicaría (a veces calculadamente) en posteriores registros, pero presentado en crudo. En Surfer Rosa existe un espíritu punk que amaga devorar la energía pop que te insufla de actitud y vehemencia desde el primer segundo, energía doblegada ante una vehemente insanía expresada en letras sobre malicia, amor, dolor y rabia -aunque sin llegar a generar un espíritu explícitamente violento en quien las escucha.

Surfer Rosa te deja una falsa impresión de trabajo “incompleto” (sin que esto signifique pensar que “no da la talla”, para nada). Pero, a pesar de que hay canciones que se construyen con pocas cosas, sucede mucho, y su impacto es grande. En conjunto, el álbum es un termómetro de lo gran banda que el cuarteto de Boston iba a llegar a ser; un primer LP con todo lo necesario para ser un grupo seminal, con destellos de grandeza, con un sonido novedoso para la época, aunque quizás por eso manteniendo el lastre de la incomprensión tras la primera escucha. Es decir, un disco más “entendido” que “disfrutado”.


Lo cual no quita que, aún en su condición de “debut en largo”, este esférico poco recordado nos presente tantas lecciones que bien vale rescatarlas. Todo buen debut que se respete debe comenzar bien. Su inicio debe ser inapelable. El arranque con “Bone Machine” es poderoso, con la vívida batería de Dave Lovering, y riffs abrasivos -notorios como notables- de parte de Joey Santiago y el propio Black Francis (hoy) Frank Black. Los temas que le suceden son más cortos pero con una determinación encomiable: “Break My Bones” y “Something Against You” te enganchan inapelablemente (arranque vertiginoso, voces ininteligibles, parada en seco/inesperada) y su duración no es detrimento para su disfrute. En “Broken Face”, Black juega con su voz hasta tornarla casi femenina, mezclándose en las armonías vocales con Kim Deal.

Precisamente, la participación de Kim Deal, tanto en el bajo como en voces, da la imagen de una compenetración donde no hay distingos ni enfrentamiento. “Gigantic”, por ejemplo, una de las pocas piezas que supera los 3 minutos en esta primera parte del disco (y en el plástico en general), es el gran tema que es gracias a su espléndida habilidad de mantener la nota en el bajo, y permitir que a su alrededor crezca el groove de una canción que habla sobre, pues, el pene (“Hey Paul, Hey Paul, Hey Paul, Let's Have A Ball”). “River Euphrates” es otro acierto, con un inicio que deja entrever lo que sería luego un anti-himno como “My Velouria”, y nuevamente con participación en coros de Deal adornando los disfuerzos vocales de Black. ¿Dice algo la letra?


Para cuando llega el turno de “Where Is My Mind?” (con su brusco final, pues se les acabó la cinta) ya varias cosas van quedando claras. Pixies no es un grupo que se regodee en la estética (lo cual abarca desde su look desaliñado hasta lo incomprensible del vuelo lírico de Frank Black; ni siquiera la “chica” del grupo es atractiva). No es una banda en donde sintamos particular atracción por alguno de sus miembros, ya sea en su virtuosismo o simpatía. Destaca el conjunto, la unidad, la cohesión, el armado sin fisuras de las composiciones (a pesar de algunos rellenos como “Cactus”, la canción que suena inmediatamente después), el hecho de no pensar en singles -sino en la indivisibilidad del álbum. Un disco que no sonaría tampoco a lo que hicieron después. Gran culpable de esto resultó ser el ex Big Black Steve Albini (sí, el mismo que produjese el In Utero de Nirvana).


Se debe rescatar, asimismo, el buen humor y ese sentido de chifladura que cultivaba el cuarteto, ya que sólo un espíritu algo zafado puede concebir joyitas como las aceleradas “Oh My Golly!” y “Vamos” (esta última rescatada del EP Come On Pilgrim) en donde Frank balbucea castellano (“Estaba Pensando Sobreviviendo Con Mi Sister En New Jersey/Ella Me Dijo Que Es Una Vida Buena Allá/Bien Rica Bien Chévere”); para luego culminar la jornada con un tema que gira alrededor de un solo de guitarra: “Brick Is Red”. Un ánimo juguetón al mismo tiempo que esquizoide. Así es, aquí nació lo “alternativo”.

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Es cierto que Surfer Rosa ha sido el referente obligado para todo chico que quiso empuñar una guitarra y sonar sucio en los noventas. Que los resultados a veces no hayan sido todo lo destacables que se deseaba, no es culpa de los Pixies. Pero eso sí: vaya que provoca ese ímpetu.
Cristhian Manzanares

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