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EUTANASIA

28 de diciembre de 2012

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Le toqué el muslo
y la muerte me sonrió.

James Douglas Morrison

Era medianoche y el claro de luna iluminaba el jardín de la mansión donde me encontraba. No estoy seguro si se trataba de un caserón o de algún club social. Ese recuerdo permanece muy vago en mi mente. Una multitud elegantemente vestida estaba reunida, celebrando como si el mundo se fuera a acabar. Un despliegue de fuegos artificiales surcaba el cielo formando figuras cuyas formas ya no evoco -pero sí su efecto: mis ojos cayeron deslumbrados con tanto alarde de fastuosidad. Era el fin del siglo, el comienzo de un nuevo milenio. Los organizadores de aquel evento botaban la casa por la ventana. A veinte metros de distancia de donde mi mesa estaba ubicada, había una piscina con algunos tipos excéntricos bañándose desnudos en sus purpúreas aguas. En medio de ellas, emergía una pequeña isla convertida en bar. El volumen de la música era tan alto que difícilmente podía mantener una conversación con mi compañero de al lado. No recuerdo quién era. Por doquier había gente joven comiendo manjares, libando néctar, bailando con diosas helénicas. Luces de colores, efectos visuales, parejas besándose, mozos en saco y corbata a diestra y siniestra, mujeres hermosas a solas, caviar por aquí, champagne por allá... Qué más pedirle a la noche. Todos se divertían en un ambiente de total cordialidad y camaradería. Aún así, no puedo precisar quiénes eran esas personas, ni el motivo de mi presencia entre ellos. Todo era nebuloso e indefinido. Con gran esfuerzo trato de recordar a mi anfitrión, pero mis intentos resultan inútiles. Sólo sabía que estaba allí y formaba parte del jolgorio. Quizás siempre lo estuve y nunca lo supe.

Durante  los  siguientes segundos,  minutos u horas -en realidad, no sé cuánto tiempo-; las imágenes fueron ordenándose en mi cerebro. La realidad misma fue tornándose más aprehensible y palpable para mis sentidos. Poco a poco, muy lentamente, puede apreciar cómo los colores se hacían más vívidos, y los sonidos más nítidos de lo habitual. Las luces eran mucho más brillantes y aún así no dañaban mi vista. Lo real e irreal se fusionaban en una atmósfera de insoslayable ambigüedad, que contrastaba con la profunda naturaleza de mi nueva percepción de las cosas.


Luego de dejar a un lado estas meditaciones, me dirigí a la barra del bar y pedí un whisky en las rocas para refrescarme. Me senté y encendí un cigarrillo. Pronto descubrí que a mi costado se hallaba una dama de vestido escotado tan oscuro como la noche. Sus ojos verdes felinos eran lo que más resaltaba de aquel rostro en medio de las “psicodélicas” luces. Pude distinguir su cabello lacio y castaño claro, que le caía sobre el hombro en forma de cascada. Era una mujer atractiva en otros aspectos. Sin más dilación, decidí abordarla invitándole un trago. La dama lo aceptó con una sonrisa natural y chispazos de coquetería en la mirada. Al rato, ya estábamos conversando sobre no sé qué temas, pero lo hacíamos muy animadamente. Decidimos que la música impedía sostener una conversación abierta y la invité a bailar una pieza.

Así estuvimos danzando toda clase de ritmos durante no sé cuánto tiempo, hasta que la situación súbitamente dio un giro radical y todo se volvió confuso para mí. Recuerdo que un hombre alto y fornido apareció de no sé qué lugar y apartó a mi pareja de baile de mi lado. Luego vino un insulto dirigido hacia ella (parecía tratarse de un marido celoso) y un empujón dirigido hacia mí. Me sacudió de pies a cabeza. Después vino el golpe directo en la cara. Los colores se difuminaron, las luces se apagaron, el mundo desapareció y no supe más.

Cuando recuperé el sentido, me encontré recostado sobre una cama clínica, respirando mediante una máscara de oxígeno y siendo alimentado por una sonda. Pude oír un extraño zumbido y voces que parloteaban a mi alrededor. No podía ver a quiénes pertenecían.

-¿Y ahora qué, Dr. Nooten? ¿Cree que sería conveniente hacer uso de la Última Alternativa?- inquirió una voz femenina.
-Hemos agotado todos los recursos a nuestro alcance. Es una pena que ya se le haya cumplido el plazo asignado para salir del estado vegetativo. La situación escapa de nuestras manos- respondió otra voz.
-¿Se le ha informado a los familiares?- interrogó una tercera voz.
-Sí. Incluso han firmado la carta de autorización que nos permite inducir al Dulce Sueño a nuestro paciente. En un principio les costó bastante hacerse la idea, pero con el tiempo optaron por la resignación y aceptaron nuestra sugerencia- respondió la voz de mujer.
-Entonces no queda otra elección más que proceder al Dulce Sueño, y que el Dios del Universo acoja el alma de este pobre hombre. Señorita Lara, preparé la inyección que sumirá al Sr. Kaiila en un dulce y profundo descanso.

Al descubrir lo que estos individuos intentaban hacer conmigo, se me hizo un nudo en la garganta. Sentí vértigo. Quise levantarme y gritar, forcejear, intentar protestar y decir que yo era el único dueño de mi vida y que nadie me había consultado si deseaba que este trío de sabe Dios qué clase de lunáticos procediera a aplicarme el “Dulce Sueño”, como lo llamaban. Un eufemismo para justificar la eutanasia. ¡Qué desfachatez! Pero todos mis esfuerzos fueron inútiles, porque estaba paralizado y mi voz era incapaz de articular un solo sonido. La desesperación se apoderó de mí en ese instante y no pude hacer absolutamente nada cuando sentí un pequeño hincón a la altura de mi muñeca izquierda. Momentos más tarde, todo lo demás era oscuridad y silencio.

Es difícil describir lo que vino después. Sólo podría afirmar que la más pura tranquilidad invadió todo mi ser. Por primera vez en mi existencia, sentí que la felicidad era pletórica. De pronto noté cómo el alma se me separaba del cuerpo. La sensación fue superior a cualquier clase de orgasmo del mundo material. Fui protagonista de la maravillosa y sublime liberación de las cadenas que nos unen a la vida en la carne. Las tinieblas habían desaparecido, y una luz brillante deslumbraba mi visibilidad. Perdida toda noción de tiempo y espacio, descubrí una realidad diferente pero no ajena a la que percibe la mente cuando uno está completamente consciente. Luego me supe más grande. Sentí cómo toda mi naturaleza existente abarcaba la totalidad del espacio donde me encontraba. Así comprobé que me hallaba en un dormitorio y la luz era tenue. Cuando me dispuse a levantar, noté una extraña percepción de esta nueva realidad. De alguna manera los objetos materiales parecían estar mas cerca de lo que aparentaban. Caminé hacia una de las paredes y, cuando estiré mi brazo (comprendí que era dueño de un cuerpo) para tocarla, resultaba que esta se encontraba a una distancia mayor de la que yo creía. Avancé unos pasos más y cuando estuve convencido de tocar la pared, me di cuenta con perplejidad, que mi brazo la atravesaba como si se tratará de un holograma. La cuestión radicaba en descubrir si el holograma era yo mismo. ¿Se trataba de algún fenómeno metafísico? ¿Acaso había atravesado el umbral de la puerta a otra dimensión? Eché un vistazo a los últimos registros de mi memoria y comprobé con placer infinito que había muerto. Muerto físicamente, porque la realidad que seguía viviendo era en otro plano de existencia. Di la vuelta para mirar hacia la cama y vi mi cuerpo allí recostado, descansando tranquilo. Recordé con amargura que fue en esa habitación y en esa cama donde se me había arrebatado la vida, mas no lo lamentaba. Era feliz.


En medio de ese éxtasis, vi cómo la enfermera joven abría la puerta de la habitación y se dirigía al borde de la cama donde mi cuerpo yacía apaciblemente. Desde la gloria, vi cómo estiraba su brazo y tomaba mi muñeca para medir mis pulsaciones. Al notar que manifestaba señales de vida se sorprendió y abofeteo suavemente mi rostro. Luego se dirigió a mi cuerpo y le dijo sonriendo:

-¡Santo Dios! ¡Sr. Kaiila, volvió en sí! Usted ha permanecido en estado de coma durante más de tres años. ¡Es un milagro!
-¿Pero qué me ha ocurrido?- dijo mi cuerpo desorientado. -¿Por qué estoy aquí?
-Usted sufrió un lamentable accidente, recibió un golpe en la cabeza que afectó severamente sus facultades sensoriales y desde entonces ha estado inmerso en un sueño profundo.
-¡¿Sueño!? ¿A que se refiere? ¿No ve que estoy muerto? ¿Acaso no fue usted, junto con ese Dr. Nooten y no sé quien más, quien procedió a aplicarme el Dulce Sueño o como le llamen? Estoy muerto y usted, maldita sea, es mi asesina.
-Es imposible, debe estar delirando. Si es así, entonces, ¿cómo está hablando conmigo en este momento? ¿No sabe que los muertos no hablan?
-¿Y yo cómo sé que en realidad usted está aquí conmigo y no es producto de una alucinación post-mortem o algo por el estilo? ¿Acaso no ve que soy un difunto y que he alcanzado la gloria? Váyase y déjeme en paz. ¿Acaso no sabe que es un pecado perturbar el descanso de los que ya disfrutan del sueño eterno?

Una vez que vi cómo la enfermera se retiraba de la habitación descubrí un nuevo atributo de mis nuevas facultades mentales. Podía flotar en el aire. De esa manera, me di cuenta que -si así lo deseaba- la fuerza de la gravedad no ejercía ninguna influencia sobre mi cuerpo. Podía volar como las aves, libre como el viento y sin limitaciones. En ese momento, me enorgullecí de tener la capacidad de alcanzar lo que el ser humano tanto ha intentado y aún no ha conseguido: la conquista del espacio.

Y de esa manera surqué los cielos atravesando mares y montañas, continentes y océanos. Todas las maravillas del mundo pasaron delante de mis ojos: selvas, ríos, penínsulas, valles, glaciares, museos, pirámides, templos, faros... Desde Chichen Itzá a Kuala Lumpur, de Belfast a Bloemfontein, de Bogotá a El Cairo... Y la Tierra fue mía, y el universo fue pequeño porque Dios así lo quiso, y la Eternidad se extendió sobre los confines del Cosmos, y los Ángeles del Cielo se unieron a mí en su vuelo, y juntos cantamos alabanzas al Altísimo y recé una plegaria por todos los mortales del tiempo y el espacio que anhelaban la supervivencia del espíritu.

Y tuve un solo y único deseo, y fue el de ser testigo de mi propio fenecimiento. Quise estar presente en el instante preciso, cuando las alas de la muerte me llevaron surcando otros horizontes. Entonces viajé a la velocidad de la luz, atravesando planetas, sistemas solares y galaxias; y di un giro en el tiempo y me dirigí hacia el día de aquella fiesta donde había perdido la conciencia o la vida debido a alguna misteriosa razón que todavía no comprendo. Allí estaba reunida toda esa gente celebrando el fin del siglo de la Aeronáutica y me vi con aquella mujer que había sacado a bailar. Al rato vi también cómo aquel marido celoso insultaba a su esposa y trataba de empujarme sin poder tocarme; y en el momento en que estiraba su brazo para golpearme se lo detuve impidiendo que su puño llegara a la cara de mi nuevo cuerpo astral, lo miré fijamente a los ojos y le espeté:

-¿Acaso sabes el por qué del existir? En realidad todos estamos muertos y nada podemos hacer para evitarlo.


La sala del velatorio estaba rodeada de gente vestida de negro. Algunas viejas lloraban y otras hablaban en voz baja. Desde mi ataúd podía reconocer algunos rostros. Eran caras tristes y acongojadas que lamentaban la pérdida de quien alguna vez había sido el Sr. Kaiila, el que ahora disfrutaba de una vida mejor en el Más Allá. Y yo estaba siendo testigo de mi propio funeral.

El día estaba aclarando y los pájaros le cantaban a la mañana. Recostado sobre una cama matrimonial, enredado entre las sabanas que envolvían mi cuerpo con suavidad, a mi costado se hallaba una mujer vestida en ropa interior. Entonces descubrí lo que había ocurrido. Todo había sido un sueño. Un sueño lúcido. De golpe recordé que había sido mi noche de bodas, y la dama que estaba dormida a mi lado era ahora mi esposa. Me esperaban días de luna de miel y feliz matrimonio. La vida seguía su curso. Me alegré y di gracias, pero la felicidad jamás sería la misma.

Jorge Buckingham
San Luis, Marzo de 1999

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CARLITOS’ WAY: A PROPÓSITO DE DEMOLER...

13 de diciembre de 2012

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Así suene a tópico, no es inexacto señalar que con la llegada del nuevo siglo/milenio hubo un incremento -pequeño pero significativo- del número de libros editados en el Perú cuyas páginas se consagran a la música rock nacional (su contraparte electrónica, en cambio, hasta ahora no tiene perro que le ladre). Más que un signo de los tiempos literalmente hablando, y a despecho de sonar otra vez a lugar común, esta efervescente necesidad por historiar los avatares que ha sufrido el rock peruano es consecuencia de la globalización y su herramienta consuetudinaria -Internet. Es, ciertamente, a través de la omnipresente Red que hemos podido leer obras fantásticas como More Brilliant Than The Sun: Adventures In Sonic Fiction de Kodwo Eshun o Rip It Up And Start Again: Post Punk 1978-1984 del brillante Simon Reynolds. Es, asimismo, gracias a Internet que hemos contactado personas con nuestros mismos gustos, formado grupos de interés que trascienden la distancia física, y rescatado -en un país tan dado a desconocer sus propios logros- muchos referentes sonoros que se pensaban irremediablemente desaparecidos.

Sintomáticamente, este rescate se vio aparejado a una revaloración de los orígenes del rock peruano; es decir, un volver la mirada a aquellos grupos y solistas que surgieron en el mítico periodo limitado por los años 1957 y 1975. Quienes se llevan merecidamente las palmas por sus esfuerzos en pro de difundir los enterrados tesoros de esos lejanos calendarios son Andrés Tapia, conocedor a profundidad de la primera escena rockera, que ha trabajado tenazmente por restaurar sus discos con resultados muy concretos; y los weirdos agrupados en la combativa Columna Beat. A través de su principal elemento de propaganda, el notable fanzine Sótano Beat, estos muchachones han exhumado el legado perucho instrumental-garage-surf-beat, psicodélico-hard rock y de fusión latina -tras cuyo último estertor, el segundo disco de Telegraph Avenue (1975), quedaron fondeados en el más ignominioso olvido los pioneros rockers de esta parte del continente. Para satisfacción de la hinchada, Sótano Beat ha cosechado lo mejor de sus ocho ediciones en el volumen Días Felices (2012). Un esfuerzo posterior al primer libro que re-direcciona completamente los reflectores hacia las raíces de nuestra movida rock. Me refiero, obviamente, a Demoler: Un Viaje Personal Por La Primera Escena Del Rock En El Perú 1957-1975, de Carlos Torres Rotondo -principal (pero no único) acicate para estas líneas.

“PSICODÉLICO (DES)CONOCIDO”

No he tenido ocasión de conocer personalmente al autor. Lo que sé de él viene de amigos comunes, o de personas que alguna vez fueron amigos míos y ahora ya no, así como de una que otra crónica publicada en cierto fanzine snob que luego corrió a convertirse en revista y del que no quiero seguir acordándome. Partiendo de esos escasos artículos y esas vagas alusiones, me inclino a pensar que Torres Rotondo pertenece a cierto grupúsculo de intelectuales que ejerce la crítica cultural, tanto en la forma como en el contenido, desde un enfoque “beatnik” -cliché que, honestamente, siempre he deplorado. No puedo certificar que “Buko”, como lo llaman sus conocidos, comparta todas las opiniones y aficiones ideológicas de esa “cofradía”, algunas de las cuales, sin embargo, se filtran en sus textos. Para ser lo más justo posible, trataré, pues, de limitarme a desbrozar sólo aquello que Torres Rotondo manifiesta por escrito (y lo que se deduce de ello).


Desde el título, una clarísima referencia al clásico “Demolición” de Los Saicos, Demoler... empalma con la corriente reivindicatoria del primer rock peruano, que Torres señala correctamente como fundacional. No transcurren muchas páginas sin que encontremos declaraciones de este tipo:

“mi imaginación se encendió con una gloria freakie enmarcada en los mejores estilos de su época (...) tantas otras etiquetas que advierten sobre las insuficiencias de la lengua al describir la música” (página 10).

“imaginar la Lima que se desarrolló en mi prehistoria” (página 13).

“soy un narrador, no un erudito o un académico; tampoco soy un crítico musical y menos aún un coleccionista de discos o un policía de la verdad” (página 15).

“la Historia era una ficción colectiva, es decir una novela” (página 15).

Ni siquiera haciendo un meticuloso contraste entre las fuentes de una misma época, se logra una única versión que todos consideren válida, dado que cada ser humano tiene una perspectiva absolutamente personal de lo que acontece fuera de sí. Pretender, por ende, una imagen fotográficamente pura de la Realidad es tan absurdo como lo que Torres Rotondo plantea entre líneas. La objetividad será una ilusión, pero la intersubjetividad no. En caso contrario, no sería posible la más elemental comunicación entre nosotros -menos aún la construcción de una civilización como la humana, tan polisémica y multidisciplinaria.

La  Historia,   entonces,   nunca    llegará   a  ser  100%  objetiva,   por varias razones -siempre la escriben los vencedores, hay tantos puntos de vista como voces, las memorias tienden a perder sus contornos al ir quedando más atrás... De ahí a decir “la Historia es una ficción colectiva”, hay un abismo que no puede evadirse tan alegremente.


Otro ejemplo de la verborrea literaria del autor es “soy un narrador”. Esto no implica renunciar a un poco más de orden a la hora de escribir. Un ensayista también puede narrar, lo mismo que un crítico de arte. Tratándose de un intento por echar luces sobre un periodo importante de la música pop peruana, el problema es que “Buko” abusa hasta lo indecible de supuestos y piruetas de la imaginación. No se le está pidiendo ser 100% objetivo, pero irse al otro lado del espectro es igual de contraproducente. En efecto, el parche de “policía de la verdad” responde a la necesidad de blindar un texto que no pocas veces recurre a muletillas literarias poco convincentes (“había adquirido el poder mental de teletransportarme”, página 13). Torres mismo parece asegurarlo cuando dice “imaginar la Lima que se desarrolló en mi prehistoria”, es decir, aquella que no vivió. Vale, subtitular al libro “Un Viaje Personal Por La Primera Escena Del Rock En El Perú 1957-1975” es una coartada muy criolla, pero no lo exime de toda imputación.

“LA PUNTA DE MI LENGUA”

Demoler... fue concebido como “un primer desarrollo coherente relativo a las principales líneas narrativas de la historia de la primera escena del rock en el Perú” (página 14). Observando el balance en conjunto, creo que hablaría bastante bien del libro si lo calificara como “regular”. Y es que Demoler... está plagado de errores de toda laya. Comienzo por los más evidentes.

No he llegado más que a la página 20 cuando me topo con esta línea: “¿Por qué esta música fue portavoz un cambio social tan importante?”. Por si alguien no lo ha pillado todavía, el equívoco en esa frase es la ausencia de la preposición “de” entre las palabras “portavoz” y “un”. Otro ejemplo de fobia hacia las preposiciones: “Eran la mayor leyenda urbana de Lima hasta su reaparición hace poco tiempo debido las entrevistas...” (páginas de la 44 a la 45) -aquí es incluso más notoria la ausencia de la partícula “a” después de “las entrevistas”.


Otra constante metida de pata es el tipeo corrido de palabras que de ningún modo pueden ir juntas. Confróntese “En este espacio geográficose desarrolló una generación...” (página 39, sexta línea) o “En el aeropuerto de la ciudad boliviana de Santa Cruzconocieron al cantante brasileño Roberto Carlos...” (página 90, antepenúltima línea). Enyuntar “geográfico” y “se”, o “Cruz” y “conocieron”, no es crear neologismos -es pergeñar barbarismos.

Como si fuera poco, se notan serias deficiencias en la nomenclatura usada, que hacen de ésta cualquier cosa menos uniforme. La más prominente es la de Los Saicos. Explica Torres Rotondo que originalmente Erwin Flores, César Castrillón, Pancho Guevara y Rolando Carpio se bautizaron como Saicos, sin el artículo, porque su uso era demasiado frecuente entre los grupos nuevaoleros, con los que el cuarteto siempre deslindaba (página 47). El dato es verídico: lo prueba el hecho de que en el año 2006 editase Repsychled Records, de Andrés Tapia, un recopilatorio de la banda donde se ensalzaba la denominación original (Saicos). Pues bien, cuando después de esta aclaración los menciona en otros capítulos del libro, Torres Rotondo vuelve a utilizar “Los Saicos”.

Estos errores son -por manifiestamente tontos- entendibles cuando un libro se encuentra todavía en fase de pulimento. En cantidades verdaderamente pequeñas, son comprensibles cuando el libro ya está editado, toda vez que el ojo familiarizado tiende a revisar el texto de forma menos concienzuda. En Demoler..., estos errores navegan literalmente a sus anchas, al punto de hacer insoportablemente tediosa su asimilación (un Marco Aurelio Denegri, por ejemplo, no jalaría). Nadie, supongo, me culpará si intuyo como mínimo apresuramiento y descuido en su publicación (da la impresión de que ni siquiera se trabajó con “machote”, nombre que la jerga editorial le da a la impresión de prueba). Como máximo, y no estoy diciendo que sea el caso, esto denota desprecio por las más básicas reglas de redacción, una mayúscula falta de respeto hacia los lectores. Jalón de orejas para la gente de Revuelta Editores, que no dispuso de un corrector -y también para el autor, en apariencia nada inmiscuido en el resultado final del proceso.


A los interesados, les dejo una selección con esas “perlas” formales que entorpecen la lectura de Demoler... Quien desee una relación completa y pormenorizada, que se dé el trabajo, como me lo di yo.

- “Drag´s”, en lugar de “Drag’s” (página 69, cuarta línea).
- “Sin embargo, como los Marshmellow Soup Group había venido con la embajada canadiense a través de canales diplomáticos, no se les permitía...” (página 140 -por concordancia gramatical con “los”, no es “había”, sino “habían”).
- “Estaban en su mejor momento de su popularidad” (página 158 -el primer “su” debe remplazarse por “el”).
- “...lo que en realidad simplemente quiere decircompartir jato en buena onda y rodeado de gente que...” (página 220 -“decir” y “compartir” deberían aparecer separados).
- “...Mario    Allison,   cuyos   hermanos     hermanos    tocaron   en...”  (página 230 -visiblemente, sobra un “hermanos”).
- “Los Dolton´s”, en lugar de “Los Dolton’s” (página 75, segundo párrafo, decimoprimera línea).
- “Los discos le llegaban discos de todos sitios, encargándolos...” (página 66 -sin comentarios).
- “...su cuello delicado y su flequillo alocaban y hacían proferir irremediables gritos en tiernas adolescentes de barrio popular” (página 120, penúltima línea del primer párrafo -no “en”, sino “a”; e “irremediables” está muy mal usado).
- “...un chico se cortó la las venas de casualidad...” (página 116, decimoctava línea -sin comentarios).
- “...estaban cantadas por de Carmencita Sáenz” (página 177, octava línea -sobra la preposición “de”).
- “... ¿conocemos todos lo sonidos emitidos en el fondo submarino?” (página 176, tras-antepenúltima línea -por concordancia gramatical con “sonidos”, es “los” en vez de “lo”).
- “...no llega a constituir una estrictamente escena” (página 252, tercer párrafo, tercera y cuarta líneas -debería decir “...no llega a constituir estrictamente una escena”).

“APOCALLYPSIS (BEGINNING & END)”

Las falencias de Demoler... no se agotan en el aspecto formal. Puede rastrearse una significativa cantidad de omisiones y de imprecisiones de información. Véase el tema del grupo cuzqueño Los Espectros, que figuran aquí como “Los Spectros” (página 252). Si se hace una búsqueda rápida de imágenes en Google, aparecerá la funda de vinilo donde efectivamente se puede leer que tal era su nombre. No obstante, en la segunda cara del cuché insertado entre las páginas 264 y 265, se ve una miniatura de la misma funda, donde puede leerse “Los Espectros”.


Otro traspiés es el de Los Sideral’s. “Buko” subraya que “su mayor éxito fue un 45 con el conocido tema del folclore nacional ‘Vírgenes Del Sol’ ” (página 252). La información es correcta, pero en el apartado “Discografía” de la sección Bonus, cuando se listan “provisionalmente” los LPs de las bandas de esa época (página 278), se consigna “Vírgenes Del Sol” como álbum, junto al epónimo Los Sideral’s y a Ritmos Espaciales. En el listado de singles brilla por su ausencia.

El caso más sangrante es el de Kela Gates. En la página 102, Torres Rotondo dice sobre Los Belkings: “Por estos días fueron también la banda de apoyo en el primer LP de Kela Gates, que contenía doce canciones”. Invito al lector a que dirija su atención a la siguiente imagen:


Éste es un scanneo de la tapa y la contratapa del aludido disco de Kela Gates y Los Belkings (1969). Como puede verse a la izquierda, debajo de la información relativa a las canciones, se publicitan otros lanzamientos -evidentemente previos- de la disquera (El Virrey). El primero en asomar, en la primera fila horizontal a la izquierda, es el verdadero primer disco de Kela Gates (1968), cuya funda pauteo a continuación:


Si sólo tuviéramos en cuenta el enorme espacio de tiempo transcurrido desde esas jornadas y la agobiante escasez de información al respecto, estas fallas podrían mal que bien disculparse. No es así, ya que en el antedicho apartado “Discografía” podemos leer: “Andrés Tapia, enjundioso coleccionista y responsable de Repsychled Records, fijó la base de datos e hizo importantes correcciones y adiciones, siempre con el disco original en la mano” (página 276). Si “Buko” tuvo a la mano un extraordinario especialista en la materia como Tapia, la ligereza no puede estar sino de su lado otra vez.

“SOME PEOPLE NEVER KNOW”

Es el turno del contenido en sí. Demoler... la chunta en algunos puntos de lo que podríamos llamar su “contexto teórico de referencia”. Es muy cierto, por ejemplo, que los hombres y mujeres nacidos a partir de los 40s fueron en sentido estricto los primeros adolescentes de la Historia, opinión sólidamente fundamentada (página 19). Tampoco deja de ser verdad que existe, de facto pero muy sutilmente (¿?), una clara diferencia entre lo que aquí se llamó en los 60s la “Nueva Ola” y el rock peruano coetáneo. Argumenta el autor sobre el frente nuevaolero: “El movimiento musical peruano que adoptó ese nombre representó el lado más amable, melódico, romántico e ingenuo del naciente rock peruano. Y en la mayoría de los casos ni siquiera eran rockeros, sino baladistas peinados con la típica montañita con versiones en castellano de temas italianos para ser cantados a las hembritas; en otras palabras, escuchando su música, los nuevaoleros constituyen claramente una tradición distinta a la que empieza con Los Saicos” (página 85, nótese que se usa otra vez el artículo “Los”, cuando ya se había planteado la reivindicación del nombre “Saicos”). Y se dilucida además la confusa bruma que siempre envolvió al York’s 69 (1969) de Los York’s y A Bailar Go Go (1970) de Traffic Sound, LPs amañados revanchistamente por la disquera MAG ante la partida de ambos grupos a otras casas discográficas. Aquí es donde radica la aportación más valiosa de Demoler...: en su potencial como anecdotario -y en el trazo genealógico (un tanto laberíntico, por default) de las bandas y solistas de esas fechas. Tristemente, son muchos los desatinos que empañan estos (pocos) logros.

No me refiero, por cierto, a esa proclividad de Torres Rotondo a mostrar que tiene “calle literaria”, algo que acaba de verse en la cita anterior con su despectivo uso de la palabra “hembritas” (vocablo que repite con el mismo desdén en el capítulo dedicado a Jean Paul El Troglodita). Lo mismo ocurre cuando dice “Lo que más resaltaba era una batería Roxy, con unos tomtones de la pitri mitri que alucinaban al personal del barrio...” (página 46, segundo párrafo) o “...la argentina Libertad LeBlanc -famosa por sus poderosas tetas, sólo superadas en la época...” (página 58, segundo párrafo, sexta línea). El reclamo nada tiene que ver con una educación al estilo Carreño: en la página 130, segundo párrafo, puede leerse “Ante la pregunta de si era supersticioso, zambo, éste declaró que claro que lo era, que se corría la paja antes de cada concierto”. Las groserías y palabrotas se justifican cuando corresponden a una cita, o cuando están convenientemente dosificadas -es decir, soltadas en el momento que lo amerita y en la justa medida. Concedo, se trata de una cuestión de estilo, fácil herencia de esa adscripción de “Buko” a la manchita de  intelectuales  beatniks  que  parecen  seguir a rajatabla  las  admoniciones de Burroughs,  Bukowski,  Gingsberg y compañía -literatos respetabilísimos todos ellos (otra cosa son éstos sus seguidores limeños). A mí me incordia ese estilo (de “provocación vacía y efectista”, como ha enunciado un conocido mío), pero a fin de cuentas es gusto y decisión del escritor.

Tampoco me refiero a esa insistencia desproporcionada por subdividir el libro. Pueden justificarse algunas de estas subdivisiones, como la de las líneas consagradas a Los Shain’s -en tres acápites: “Prehistoria De Los Shain’s”, “Drag’s Tag” (¿¿¿???) y “Los Shain’s”-, o la de Tarkus, que parte a la mitad el segmento de Telegraph Avenue. Otras no: la porción de texto dedicada a Los Saicos es cortada por un intermezzo relativo a Los Golden Boys, banda que sólo ha legado a la posteridad un sencillo. No hay nada que comporte dedicarles un aparte -porque, si lo rescatable es la reinvención del ex miembro Richard Osores como factótum de Los Golden Stars, entonces se les dedica un aparte a los creadores de “Pasto Verde” como tales, sin enclavarlo en medio del capítulo de nadie.

A lo que me refiero es a la manera de presentar la información. El autor afirma que ha entrevistado a muchos de los protagonistas de esta historia y que ha revisado todos los documentos de la época que pasaron por sus manos. No voy a discutir si es verdad o no -salvo en el caso de Los Saicos y de Los Shain’s. Una primera lectura deja la sensación bastante fuerte de que todo lo que ha escrito Torres Rotondo sobre Los Saicos está muy mal “volteado” de los reportajes publicados en Sótano Beat: no sólo lo digo porque repita todas las anécdotas que figuran en las páginas del fanzine, sino también porque se repiten exactamente en el mismo orden. Mejor “volteado” parece estar lo de Los Shain’s.

Hay además, en Demoler..., una exasperante repetición de datos, presentados cada vez que se repiten como si fuera la primera vez que nos topamos con ellos. Pasa con Los Saicos y la boite Negro Negro (páginas 48 y 108), con Juan Gonzalo Rose y Danny Valdy (páginas 48 y 49), con Mike Oliver (páginas 28 y 53). Tampoco hay que subvalorar tanto a los lectores, pues.

“JUSTO A MI GUSTO”

Previsiblemente, la parte más polémica de este análisis está ligada a los juicios de valor, de los que “Buko” hace -tal vez entusiasta e inconscientemente- muchos, demasiados y siempre positivos; perdiendo la ocasión de recuperar la mayor cantidad posible de piezas del mosaico 60s-70s y a la vez sopesarlas en su real dimensión. Se palpa una injustificable tendencia a la hipérbole, especialmente cuando toca hablar de la segunda generación rockera peruana, aquella que nació a fines de los 60s, y se “consolidó” y murió durante la primera mitad de los 70s. Signo inequívoco de ello: en todo el libro pulula el calificativo de “enteogénico”, como si a su sola mención debiéramos los profanos doblar la rodilla.


Pero vayamos por partes. De todos los grupos peruanos de la época, Los Kreps debe ser con absoluta seguridad uno de los más torrejas y olvidables. Torres Rotondo los glorifica sin asco y hasta los tilda de seminales (página 134, tercer párrafo, quinta línea). Quizá sea porque los considera exponentes primigenios de la “fusión” (página 37, primera línea), parecer que constituye en sí mismo otra patinada: tocar adaptaciones rockeras de temas de música tradicional(ista) o de folklore está muy lejos de ser “fusión”. “Fusión” es INTEGRAR dos o más formas de hacer/entender música. Si lo que se procura es legitimar a Los Kreps argumentando que eran lo mejorcito y más rockero de su época, opongo el contraejemplo perfecto: Los Incas Modernos, quienes por su epónimo LP de 1963 (mismo año del epónimo de Los Kreps) deben estar considerados entre los verdaderos grupos pioneros de la escena (sin que su relectura del peruanísimo “Carnavalito” cajamarquino implique que hagan “fusión”, como también se afirma en la página 36).


Para nada niego la grandeza de Los Saicos. Son verdaderamente geniales, y un motivo de orgullo para el alicaído espíritu patrio. Lo que sí me parece un despropósito total es afirmar que “...prefiguraron el sonido de casi todo el rock peruano importante, sobre todo el que se desarrollaría a partir de la movida subte de los años ochenta” (página 47). Olvida “Buko” que es recién a finales de los 90s que, a través de un vinilo recopilatorio lanzado en España por Electro Harmonix, el público mayoritario pudo acceder a la obra completa del cuarteto de Lince. Olvida también que los rockers del movimiento subte ochentero jamás miraron atrás, ya que los hilos de la tradición rockera se cortaron en 1975. Olvida, por último, que ya en las página 23 y 24 ha escrito: “Las bandas de rock subterráneo (la versión local del punk) y los músicos de pop en castellano que empezaron a tocar en 1983 refundaron el circuito rockero, pero desconocían por completo lo que se había hecho años antes”.

Aseverar que Los Belkings -otro grupo que merece todo mi respeto y admiración-, que comenzaron en 1966, llegarían a un sonido calificable como “proto-lounge” (página 23, novena línea), es otra barrabasada; lo mismo que resaltar el “tema” “Años Cruentos” (del mismo grupo) por estar narrado (cansinamente) por Gerardo Manuel. Para quienes no lo sepan, el padre del lounge, el mexicano Juan García Esquivel, ya editaba discos -discazos- a fines de los 50s. Los Belkings son magníficos en verdad, pero no todo lo que hicieron tiene que ser oro -mucho menos el autobombo de “Años Cruentos”, insulso popurrí pésimamente sazonado con aplausos grabados, incluido en su último disco (Ayer Y Hoy ,1973).


Se me hace recontra discutible, además, que Torres Rotondo pontifique en torno al primer disco de Los Shain’s como “el mejor de su carrera” (página 77). ¿Cómo afirmar semejante cosa, si en la página 76 queda sentado que El Ritmo De Los Shain’s (1965) sólo tiene dos temas propios? Reconozco la impecable pericia instrumental de Los Shain’s, pero no debemos olvidar que era un grupo con muy pocos temas propios. Si se trataba de elegir, mejor era decantarse por el Docena 3 (1968). Por otra parte, el origen del nombre del grupo Tarkus que aparece en Demoler..., adjudicado al baterista Walo Carrillo (“Tarkus es un espíritu que se encuentra en lo más profundo de nuestra alma y que nos protege cuando nos hallamos perdidos en algún viaje”, página 190), es una burda maquinación que “Buko” cándidamente consigna a la vez que aprueba. “Tarkus” es el título que recibió el segundo disco (1971) de los progresivos Emerson, Lake & Palmer. El grupo peruano homónimo se formó en 1972. No tiene ese nombre ninguna connotación relevante vinculada a vuelos pseudo-astrales como el que intenta establecer la cita previa.

Y en cuanto a la información sobre Los Millonarios Del Jazz, que es considerado por todos como el primer combo en hacer rock aquí, la información de Demoler..., por excesivamente errónea, es tendenciosamente distorsionada: dice “Buko” que sólo era peruano el primer guitarrista, Elías Ponce, y que se trataba de un sexteto (página 28). Revisando Días Felices (página 25), encuentro que en realidad era un quinteto formado por los peruanos Elías Ponce, Pepe Morelli y Guillermo Vergara, el irlandés Pat Reid y el argentino Jorge Mirkin.

Lo más delirante viene de la mano de lo que podríamos llamar tranquilamente dos vacas sagradas: Traffic Sound y Los Mad’s. Descaradamente elitistas ambas, TF es candidata natural a ser considerada la banda más “pechofrío” de la historia del rock peruano. Suficiente prueba es, me parece, su estrategia calculada al milímetro para hacer el máximo de billete, estrategia que Torres Rotondo secunda sin chistar (página 155). A este respecto, habría que traer a colación las declaraciones de su ex vocalista Manuel Sanguineti, dueño de Radio Doble Nueve, consignadas en Alta Tensión: Los Cortocircuitos Del Rock Peruano (2002), de Pedro Cornejo Guinassi (primera tentativa libresca de armar una historia del rock peruano desde su año cero). Al comentario “Por lo que me dices a Traffic Sound no le interesaba ser masivo. Era un grupo más bien elitista ¿no?”, Sanguineti responde: “Totalmente (...) Entonces, no había radios y no llegaban los discos, la gente iba a las fiestas porque quería escuchar las mismas canciones otra vez. En cambio ahora un grupo saca su disco, la gente lo compra, lo escucha tres meses, se aburre del disco y se aburre del grupo. Es un desastre porque tocas en la misma ciudad”. Si bien no tiene nada de malo querer vivir de lo que nos gusta, estas declaraciones del señor Sanguineti parecen más propias de un mercenario sónico, de alguien siempre dispuesto a forrarse de verdes, antes que de un músico sensible, que ama realmente la música y que desea expresarse a través suyo. Para remate, “Buko” les embarra más acaso sin darse cuenta. En relación a una cena-show de reunión de Traffic Sound en la década pasada, “sólo los cubiertos costaron sesenta dólares” (página 160).

El colmo de la deificación son Los Mad’s. De arranque, Torre Rotondo nos suelta una justificación aún más alucinante que la que nos encajó para Traffic Sound. Esta vez ya sin pudor alguno, “argolla”, “cenáculo”, “caleta”, son algunas de las palabras que el autor usa para sacarle lustre a la supuesta gloria escondida de Los Mad’s. La verdad, yo no podría decir si fueron jodidamente buenos o francamente malos, pero si tengo que juzgarlos por su legado discográfico, mi veredicto sería de indiferencia total. La recopilación Back To Peru: The Most Complete Compilation Of Peruvian Underground '64-'74 (2003), editada por Vampi Soul en España, repesca el lado A del unigénito sencillo que Los Mad’s registraron para la posteridad: “The Last Time”. Aunque veintiúnico, sería hasta simpático si no fuera porque se trata de un cover de The Rolling Stones -aparece en el Out Of Our Heads (1965; en la versión de London Records, no la de Decca). Entonces, ¿de qué grupo extraordinario, maravilloso y telepático está hablando “Buko”? Llegar a Inglaterra, tocar con Derek & The Dominoes y King Crimson, y haber estado programados para presentarse en el festival de la isla de Wight (1970, donde nunca llegaron a subir al escenario); todo ello por una invitación que les hicieron los Stones en 1969, sólo indica que estuvieron en el lugar preciso. Tal vez sólo fueron una alegre extravagancia para Jagger y compañía, una curiosidad que llevarse. Entiendo que por estos días se ha terminado de restaurar el material que grabaron para un album completo -que nunca editaron por el prurito idiota de ver al diablo en la masificación (“a nuestras fiestas no se invitaba a cualquiera”, página 166). Sin duda, la pronta edición de ese trabajo será una oportunidad única de zanjar la cuestión y corroborar ese fabuloso prestigio que tanto se comenta... o de echarse abajo otro mito más relacionado a la perfección impoluta que “Buko” tanto pondera cuando habla de la primera escena rockera peruana.

“CHOQUE DE VIENTOS”

Quizá no era para tanto. Quizá debiera tomármelo como lo que es, un híbrido apresurado de literatura, historia y música -una empresa personal de Torres Rotondo, destinada en principio a recuperar parte de su historia familiar (su viejo tocó el bajo en Doctor Wheat, y se cachueleó como músico de sesión en otras bandas), que luego se salió de control y terminó en lo que hemos leído. La cuestión es que, si por un lado ha habido comentarios negativos en las redes y blogs, señalando los evidentes defectos que diezman a Demoler..., por otro lado en el “mundo real” todo ha sido “hosanna en las alturas” cuando se referían a un libro lleno de buenas intenciones y muy mal trabajado por donde se le mire; e insólitamente sobrevalorado. Esto no es un fanzine o un post para blog, con el enorme respeto que se merecen ambos formatos. Esto es un libro, capaz de llegar a una mucha mayor cantidad de lectores, y destinado a redescubrir los albores de nuestra tradición rockera a los ojos de nutridos segmentos de ese público potencial. Debió, por ende, haber sido sometido a muchas y severas cribas, que hubieran coadyuvado a detectar el 90% de errores que convergen en Demoler...

Lo más embarazoso es que la tesis de “Buko” que se mueve tras bastidores, y que aparece nítidamente una sola vez (“Los rockeros todavía no conocían la autogestión y no lucharon demasiado por su arte, que por aquel entonces llegó a cimas a las que todavía no ha regresado el rock en el Perú...”, página 128), me resulta intragable: a saber, que el único rock peruano válido es el del periodo 57-75. Si por “válido” se entiende el de mejor calidad instrumental, desechemos entonces el punk o el hardcore. Si por “válido” se procura salvar de la quema sólo al rock inspirado en los “clásicos” (los Stones y demás), sepultemos entonces 35 años de evolución sónica. Aspirar a que la Historia (ese cuco al que los beatniks locales le tienen pavor) se estanque en un paradigma circular es abiertamente grotesco.


En cuanto a los juicios de valor del autor, se hace imperativo el deslinde. Yo valoro y aprecio la herencia de las primeras bandas rockeras, pero eso no quiere decir que piense que todo es absolutamente genial. Ni hablar. A quien desee acercarse a este período de nuestra historia pop, para contrastar mi postura o la de Torres Rotondo, le recomiendo hacerlo vía los ocho números de Sótano Beat o el libro recopilatorio Días Felices, vía la labor de difusión de Andrés Tapia y Repsychled Records, vía los blogs especializados...

...o dirigirse a los links de descarga situados bajo estos párrafos.

Hákim de Merv


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SMOG: BARÍTONO DE LA REDENCIÓN

30 de noviembre de 2012

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A River Ain’t Too Much To Love
(Domino, 2005)


¿Qué tanto se puede decir después de 11 discos? ¿Qué piel puedes trashumar para, a través suyo, sonar totalmente convincente en una nueva entrega? ¿Cómo podría sorprendernos una vez más el solitario y bamboleante Bill Callahan? ¿Dejaríamos todo lo que tenemos en la ciudad, la comodidad de la modernidad, para abandonarnos a una búsqueda personal por los bosques, lo vasto de la naturaleza, lo impredecible del campo agreste? ¿Acaso nuestra realidad no es una transfiguración de esa realidad campestre, extrapolada a esta jungla de cemento y asfalto?


“Palimpsest” es la primera de esta decena de respuestas hechas canción que el buen Callahan nos presenta bajo su alias de Smog. Es el telón arriba de un disco que, defensa de parte, suena “a él”. Y suena bien. Igual de íntimo y personalísimo, pero ahora sí, después de mucho tiempo, poniéndole su rostro y humanidad a todo lo que aquí escucharemos. Eso sí, más allá de algún rollo conceptual que se pueda notar -aunque sea sólo vagamente-, en A River Ain’t Too Much To Love la vibra generada es la de una lumbrera que tiene enorme talento y decide compartirlo bajo la compañía de una fogata (de ahí los títulos y su asociación a árboles, tierra, agua, y campo).

Su confesional apertura es frontal: “Why’s Everybody Looking At Me/Like There’s Something Fundamentally Wrong/Like I’m A Southern Bird/That Stayed North Too Long”. La voz barítona de Callahan es capaz de oscurecer todo un bosque, pero para que podamos ver las estrellas que se posarán encima. Inconfundible como es, sin embargo, despierta un carisma que hace que estés atento a todo lo que tiene que decirte, aún sin salirse de su estilo lo-fi (al que más apego ha sentido), hecho de spoken word y guitarras repetitivas -aquí ya asociadas directamente a una onda country/folk en la que se desenvuelve con impensada naturalidad. Esto, muchos años antes de que actos indies impongan lo folkie como “in” dentro del mainstream pop actual (Iron And Wine, Fleet Foxes, Mumford And Sons et al).

Uno va escuchando A River... como quien se siente embrujado por el sonido del viento sobre las hojas caídas debido al otoño. Se enreda en ellas y las sigue como embobado, cual mosquito directo a la luz neón. El sonido de la Americana se vuelve su aliado, y su acústica acomete en narraciones sobre experiencias humanas en la naturaleza, con un mensaje que va más allá y que sinceramente agradeces. “Say Valley Maker” menciona un río, sí, pero luego Callahan te dice “So Bury Me In Wood/And I Will Splinter/Bury Me In Stone/And I Will Quake/Bury Me In Water/And I Will Geyser/Bury Me In Fire/And I’m Gonna Phoenix/I’m Gonna Phoenix”. Brutal.


Las confesiones se tornan más lóbregas con la monumental “Rock Bottom Riser”: “I Bought This Guitar/To Pledge My Love/To Pledge My Love To You/I Am A Rock/Bottom Riser/And I Owe It All To You”. Una conmovedora historia de caída y resurgimiento que sólo suena convincente salida de la boca, la humildad y el genio de Callahan. Estamos hablando de una de las mejores canciones que se hayan escrito en la primera década del siglo 21. No menos que eso.


Este nervio confesional se sostiene con la más ligera (pero igual de impactante) “I Feel Like The Mother Of The World”, que para fines mediáticos contara con la bellísima Chloë Sevigny en el respectivo videoclip. Una evocación a su niñez y al recuerdo de días que parecían más llevaderos que los que hoy tenemos que enfrentar. También solté una lágrima cuando le oí cantar “When I Was A Boy I Used To Get Into It Bad With My Sister/And When The Time Came To Face The Truth/There’d Only Be Tears And Sighs/Tears And Sighs/And My Mother, My Poor Mother/Would Say It Does Not Matter/It Does Not Matter/Just Stop Fighting”.


La impronta folk se mantiene incólume gracias al cover de “In The Pine”, canción tradicional presumiblemente de origen desconocido que medio planeta volvió a conocer gracias al cover de Lead Belly -y que Nirvana popularizara en el cierre de su bendito Unplugged (publicado en 1994). La versión de Smog es sosegada, sin la visceralidad interpretativa de Cobain, pero muy acorde con todo el espíritu apacible del A River... Te demuestra que es posible darle una vuelta más a la tuerca y no perder un ápice de credibilidad ni talento.

El cierre, sosegado como casi todo el disco, llega pacientemente con “Let Me See The Colts”, clase magistral de guitarra slide y estupendo acompañamiento de armónica (un  instrumento  al  que  personalmente, junto al saxo, siempre le tenido -quizás injustificadamente- mucha reticencia). La tarola empuja sus redobles durante todo el track dándole una versatilidad que lo eleva sobre el promedio y le convierte en un final memorable. Dirías que en el fondo son canciones tristes, pero no, hay luz al final, hay verde luego del gris, será de noche pero iluminado con brillantes estrellas. Nos pesará la vida que llevamos hoy, pero recuerda, hay redención.

A River Ain’t Too Much To Love fue producido por el mismo Bill y grabado junto a Connie Lovatt en el bajo y Jim White en la batería, en los estudios de Willie Nelson en Texas (con razón...) en apenas 10 días. Para registrarlo, se usó instrumentación básica pero muy del folk (incluyendo el dulcémele y la fídula, más conocida por acá como vihuela), y contribuyó ocasionalmente Thor Harris de Shearwater, así como a Joanna Newsom, su compañera de sello entonces (al piano en una canción). Cierto, todo este background es suficiente como para darte la mejor idea de si meterle diente o no al disco, pero hablamos de uno de los cantautores independientes más dedicados y honestos de la escena norteamericana. A River... es un triunfo dentro de su estética y exploración. Así que la respuesta es obvia. Bienvenidos a la fogata.

Cristhian Manzanares


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EL SALÓN DE LOS ESPEJOS

16 de noviembre de 2012

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Los espejos y la cópula
son abominables,
porque multiplican
el número de los hombres.

Jorge Luis Borges


La residencia del eminente profesor Martin Beckham era tan grande como la vanidad de Odette Le Monde. Su antigua casona se encontraba ubicada en el corazón del campo, a las afueras de la ciudad de Londres. A ocho y a veinte millas de la oficina de correos y la estación de ferrocarril más cercanas, respectivamente. La arquitectura era de estilo victoriano y el perímetro de la mansión, a su vez, estaba rodeado por verdes praderas que hacían de la construcción un lugar acogedor y apacible para alejarse de las perturbaciones de una ciudad cruel y contaminada.

Durante el transcurso de su vida, quien otrora había sido Odette Le Monde jamás podría olvidar aquella noche de lluvia cuando arribó, tras un viaje de casi tres horas, a las afueras de la mansión Beckham, a bordo de su Mercedes Benz blanco: el chofer se apeó del asiento -con una expresión de rigidez en su rostro- y abrió la puerta trasera para que ella pudiera bajarse del auto. Luego se dirigió a la maletera del Mercedes Benz, sacó el equipaje y la acompañó hasta la puerta de la vieja casona. La lluvia se había vuelto más densa en las últimas horas.

-¡Pero qué lluvia tan atroz! Fíjate, Pierre, qué tales gotas. Parecen diamantes. Gracias a Dios existe un invento que se llama paraguas. No me agradaría para nada estropear mi traje de noche.
-Desde luego que no, mademoiselle. De todos modos, le sugeriría que una vez adentro se vaya a acostar lo más pronto que pueda. El viaje debe haberla dejado muy agotada y tampoco queremos que pesque un resfrío en una noche como ésta.
-No te preocupes por mí, Pierre. Eso es exactamente lo que había pensado hacer.
-Entonces hasta la vista, mademoiselle Odette. Que tenga una agradable estadía.
-Gracias, Pierre.

Mademoiselle Odette Le Monde, en esos días de frivolidad farandulera, era una fina y engreída top model de la alta sociedad parisina. Sabiéndose bella y elegante, estaba acostumbrada a salirse siempre con la suya, especialmente con los hombres, algunos de los cuales eran capaces de satisfacer cualquiera de sus caprichos con tal de conquistarla. Odette Le Monde se sentía dichosa de pertenecer a un mundo plástico y hueco, donde las apariencias eran lo más -sino lo único- significativo. No era su deseo pertenecer a nadie más que a ella misma. Consideraba que el amor no era lo más importante en su vida, y quería dedicarse exclusivamente a su carrera como modelo. Una pareja a sus veintitrés años sería un estorbo. De hecho, no quería depender de ningún hombre. Se creía libre y autosuficiente. Si algo deseaba, lo conseguía: así de simple. La magnitud de su egocentrismo llegaba a tal punto que la fama y el lujo no representaban gran cosa en su vida -tan sólo algunas de las muchas recompensas que una obtenía por el simple hecho de formar parte del circulo de “la gente bonita” (“the cool life style”, dirían al otro lado del continente). Ahora estaba a pocas horas de satisfacer su más extravagante y descabellado capricho: apreciar su propia belleza en el famoso Salón de los Espejos del profesor Martin Beckham.

Al llegar al portal de la residencia del profesor Beckham, aquella dama proveniente del Centro Internacional de la Moda se sintió algo mortificada. Una gota de lluvia había caído en su rostro de muñeca y corrido su maquillaje. Hizo un gesto de fastidio, sacó de su bolso un espejo de mano y una polvera, y empezó a reparar cuidadosamente una parte de lo que la lluvia había mancillado: la fuente principal de su fama y fortuna.
El comedor de la mansión estaba lujosamente amoblado. Las sillas eran de estilo Luis XV, y algunos de los cuadros que decoraban las paredes representaban paisajes nipones y motivos bucólicos. La cena estaba casi por terminar y Odette Le Monde estaba adormecida por el vino y el cansancio producto de tan pesado viaje desde el aeropuerto de Londres.

-Debería confesar que me resulta un placer exquisito tener como huésped a una mujer con una belleza tan deslumbrante como la suya, mademoiselle Le Monde- elogió caballerosamente el profesor para continuar con la conversación en un francés casi perfecto.
-Es una lástima que no sea la clase de placer que usted esperaría, profesor Beckham- sus ojos turquesa fulgieron con un brillo casi imperceptible.

El preclaro hombre de letras entendió la ironía y la intención encapsulada dentro de esas palabras y, lejos de sentirse ofendido, lo tomó como una señal de coquetería por parte de ella.

-Es también una lástima que algunas veces haya ciertos placeres que no se encuentran al alcance de los “bellos” mortales.

La distinguida modelo se sintió herida en su orgullo, pero continuó con el juego.

-Por el contrario, que existan placeres asequibles sólo para unos cuantos mortales es lo ideal. Esos placeres se convierten en pasiones, como su pasión por coleccionar antigüedades, por mencionar un ejemplo.
-En efecto, ser anticuario me ha proporcionado mucho goce durante estos años de soledad, pero usted debería saber que ésa no es la única de mis pasiones. Podría mencionar mi pasión por la gastronomía, por la música...
-De todos modos, son aficiones que yo no comparto. Lo mío es el modelaje. Y ahora, si me disculpa, debo ir a acostarme. Me encuentro terriblemente cansada. Si tuviera la gentileza de llamar a su ama de llaves para que me conduzca a mis habitaciones...
-Mrs. Lansbury en este momento se encuentra dormida. Sin embargo, yo mismo me haré cargo de conducirla hasta su dormitorio.

Una vez frente a la puerta del aposento:

-Creo que no hace falta decirle que puede dormir todo lo que su cuerpo le exija. Más adelante le mostraré el resto de la casa para que empiece a sentirse familiarizada con las demás habitaciones. La estaremos esperando mañana para tomar el desayuno.
-De acuerdo. Hasta mañana.
-Descanse lo suficiente.
-Gracias.

A la mañana siguiente, Odette Le Monde bajó a desayunar al mediodía con el profesor Beckham. Había dormido casi doce horas, mas aún así su actitud parecía decir que no había descansado lo suficiente. Se encontraba fastidiada por algún motivo, o quizás por ninguno. Durante el breve intercambio de frases que ambos sostuvieron, el profesor pudo percibir evidentes muestras de altanería en sus palabras -pero, detrás de esa arrogancia, la dama frente a sus ojos ocultaba un rostro distante e inasequible.

El profesor Martin Beckham era un hombre de edad madura. En su rostro afable y apuesto, estaban las huellas de una vida dedicada a la literatura y al estudio de saberes arcanos. De hecho, se veía bastante joven para haber obtenido el título de Profesor Emérito del Magdalen College de la ciudad universitaria de Oxford. Su edad aproximada sería cuarenta y dos años, aunque probablemente pudiera ser mayor de lo que aparentaba. Hacía ya varios años que su esposa había fallecido, poco tiempo después de su matrimonio, dejándolo sumergido en una soledad compensada únicamente por la compañía de la señora Lansbury, su fiel ama de llaves, y las visitas periódicas de ciertos grupos de turistas, quienes venían eventualmente a conocer las curiosidades que la mansión Beckham tenía reservado para ellos. La residencia, perteneciente a una época perimida, era una mansión majestuosa que requeriría de un séquito de sirvientes para su mantenimiento. A excepción de la señora Lansbury, una cocinera, un chofer y dos jardineros; la mansión Beckham no contaba con demasiado personal doméstico, y a veces resultaba imposible encontrar servicio -hecho que había ocasionado algunos problemas en el matrimonio Beckham antes que el profesor quedara viudo.

En ese momento, un par de jardineros emparejaba los resplandecientes céspedes, podaba los excelsos setos de azaleas color rojo, y quitaba las frondas secas de los altísimos pinos situados dentro de la casa. La señora Lansbury se ocupaba de dirigir y supervisar las labores domésticas. Mantenía a raya el polvo y las telarañas, ayudaba a la señora que preparaba las comidas, seleccionaba y escanciaba los vinos que tanto apreciaba el profesor, ponía en orden la enorme cantidad de libros de la gran biblioteca, arreglaba y cuidaba los magníficos muebles o las valiosas obras de arte.

La mansión Beckham era de aquella clase de palacetes que suelen aparecer en guías turísticas o en documentales históricos. De ella se contaban historias más misteriosas y extraordinarias aún que la que el lector ahora lee. Estaba llena de habitaciones que iban de lujosos salones a amplios y confortables dormitorios, comunicados por largos e interminables pasadizos y una gran cantidad de puertas que conducían a recámaras vacías.

Cuando la noche había caído sobre la mansión, Odette Le Monde abandonó su dormitorio y se dirigió en busca del profesor Beckham. El pensamiento de todos esos pasadizos que iban de una a otra parte de la casa, la gran cantidad de puertas conduciendo a recamaras vacías, escaleras de caracol y sombras en los rincones; la hacía sentir algo intimidada. Pero la idea de lograr su objetivo era más fuerte que todos sus temores. Al cabo de diez o quince minutos, lo encontró en la biblioteca.

-Vaya, ahí estaba, Profesor. Lo he estado buscando por toda la casa.
-Si necesitaba alguna cosa, tan solo se la hubiera pedido a la señora Lansbury o a cualquiera de los empleados.
-Necesitaba hablar con usted personalmente.
-Bueno, aquí me tiene. Usted dirá, mademoiselle Le Monde.
-Quiero que me conduzca al Salón de los Espejos.
-En este momento me encuentro ocupado, pero si pudiera esperar a que termine con el análisis de esta lectura...
-Puedo esperar el tiempo que sea necesario.
-Como usted guste, mademoiselle.

La llave giró dentro de la cerradura y la puerta se abrió lentamente. El salón estaba decorado por espejos de diferente tipo, tamaño y forma. La mayoría databan de una época mucho más antigua que la mansión misma. Una alfombra color carmesí, de unos doscientos veinte metros cuadrados, cubría el suelo del salón.

-¿Qué le parece, mademoiselle?- dijo el Profesor después de unos minutos.
-Es maravilloso. Ahora, profesor, ¿le molestaría dejarme a solas durante algunos minutos? Se trata de algo que he querido hacer durante mucho tiempo. Quizás le parezca una extravagancia.
-No veo qué sentido tiene que la deje sola rodeada de más de trescientos veinte espejos antiguos...
-Es algo relacionado con mi profesión de modelo y aunque le parezca absurdo requiere de soledad. Espero que lo comprenda.
-Está bien, mademoiselle. ¿Le parece bien que esté de regreso dentro de media hora?
-Es tiempo suficiente. Se lo agradezco.

Y así, Odette Le Monde, estuvo a punto de satisfacer su último capricho, por el cual había viajado especialmente a una misteriosa casona de las afueras de Londres. Ahora se encontraba sola, rodeada de una cantidad de espejos que reflejaban su delicada figura, la cual se repetía una y otra vez llenando el salón con su exquisita belleza física. En un principio, recorrió los espejos uno por uno, contemplando embelesada su rostro en cada superficie refractaria. Y en cada una encontraba detalles que no había percibido en las otras. Podía encontrar chispazos de erotismo, elegancia, incluso dulzura en cada expresión. También pudo ver orgullo, miedo, vacío y desesperación en cada mirada. En esos ojos, en esa nariz, en esos labios casi perfectos, en ese rostro de niña mimada. Con cada imagen nueva, el frenesí se incrementaba, alejándola del mundo y llevándola en un viaje de hipnosis profunda. La sensación era diferente a sentirse observada por cámaras o por los espectadores de pasarela. Era la sensación de sentirse observada por ella misma, por todos y por nadie al mismo tiempo. No podía fijar su mirada contra esos ojos sin rostro, porque se sentía incapaz de confrontar el reflejo de su propia alma. Allí, en cada espejo, donde cientos, quizá miles de almas se habían visto reflejadas. Almas de toda naturaleza. Tal vez algunas tan degradadas que si lo hubiera sabido, habría aborrecido la magnitud de su soberbia. Mas ahora estaba fuera de sí y caminó como una autómata hasta el centro del salón y empezó a desfilar de uno a otro lado del salón con la mirada altiva y con la elegancia de una diosa romana. La extraña sensación de ver su figura en movimiento, reflejada en cada rincón de la habitación, de alguna manera la había excitado. No era semejante a verse desfilando en el más suntuoso traje de noche en simultaneas pantallas de televisores. Era una experiencia mucho más íntima y seductora.

En ese momento había perdido toda noción de tiempo y espacio. Se había olvidado de todo. Ahora nada importaba. De pronto, sus prendas fueron cayendo sobre la alfombra una por una. Primero el vestido de noche, luego la lencería, hasta que quedó completamente desnuda y rodeada de espejos que reflejaban centenares de veces la delicia de sus formas. Esbelta figura. Senos firmes y redondos que parecían dos naranjas maduras. Nalgas turgentes y bien torneadas. Las puntas de su largo y sedoso cabello rojo acariciaban sus pezones rosados. El vello púbico afeitado en forma de “V” haría delirar a cualquier mortal, algunos de los cuales habrían dado su vida por poseerla.


La mente de Odette Le Monde viajaba en órbitas concéntricas, mientras su cuerpo estaba siendo partícipe de una danza macabra. Porque ya no sólo veía su figura multiplicada una y otra vez, sino que percibió una serie de distorsiones en los reflejos que llamaron su atención. La exuberancia se había ido. Ahora las imágenes eran difusas y sólo reflejaban la visión confusa de una mujer desnuda y vulnerable. Se frotó los ojos porque pensó que una pelusa podía haber nublado su visibilidad. Luego sintió una fuerte presión a la altura de las sienes. El dolor era intenso y llevó sus manos a la cabeza. En el siguiente momento, un halo de horror le congeló la sangre en las venas. Un grito de pavor y cayó desmayada. Todos los espejos reflejaban imágenes distorsionadas repetidas una y otra vez hasta el infinito. ¡La imagen de una Gorgona con el cabello viperino, la piel podrida de lepra y un millar de gusanos carcomiendo sus llagas!

Cuando ella recuperó el sentido, minutos más tarde, se encontró tendida desnuda sobre la suavidad de la alfombra. El profesor Beckham estaba a su lado ofreciéndole un vaso con agua. Ella se observó a sí misma y descubrió que estaba junto a él tal como había venido al mundo. Desnuda como una culebra. No se ruborizó ni se sintió avergonzada. Un brillo de perversión iluminaba sus hermosos y lascivos ojos azules. El literato le alcanzó sus ropajes para que se vistiera -pero, en vez de eso, dadas las circunstancias, ella arrojó la ropa interior y el vestido de noche contra la alfombra, se puso de pie, luego se dirigió hacia el espejo de mayor tamaño y vociferó contra su propio reflejo:

-¡Perra! ¡Perra! ¡No eres más que una perra! ¿Y ahora que vas a hacer, Odette Le Monde? Ahora que no hay cámaras fotográficas ni pasarelas. Allí estás, desnuda e indefensa como una cualquiera. No eres más que una fina y delicada...

No terminó lo que había pensado decir. Entonces se acercó hacia al profesor Beckham, quien la miraba perplejo. Odette Le Monde se había llevado las manos a los senos frotándolos con lujuria.

-De acuerdo Martin, ganaste el juego. Ahora me tienes. Tómame. ¡Hazme tuya!

El profesor no dijo nada. Tampoco ofreció resistencia.

-¿No te gusto? Sé que me has deseado desde que me viste. Ahora es tu oportunidad, Martin. ¡Hagámoslo sobre la alfombra! Estamos rodeados de espejos. ¿No te parece una ocasión estupenda?

La tentación era muy grande. Él luchaba para contener sus propios impulsos, porque sabía que sucumbir sería caer en su juego. Pero mademoiselle Le Monde ya no era la vana y engreída top model, ahora se había convertido en una loba en celo dispuesta a capturar a su presa.

El profesor Beckham se soltó de los brazos de ella, luego se agachó a recoger las prendas que ella había dejado caer y se las entregó rechazándola categóricamente.

-Está en lo correcto, mademoiselle. Esta partida la gané yo. Vístase y salga.

Luego abandonó el Salón de los Espejos cerrando la puerta enérgicamente.

Ella se sintió herida en su orgullo, insignificante. Jamás había sido despreciada por ningún hombre. Ella, que se pensaba la dueña del mundo. Hermosa y autosuficiente, creía que podía volver loco a cualquiera. Allí, en el Salón de los Espejos, había descubierto la verdad dentro de sí misma. Ahora no queda ni huella de quien alguna vez fue Odette Le Monde, la fina y afamada top model. En verdad, detrás de su máscara de vanidad y arrogancia, existía un verdadero y único deseo, ser una esclava del amor.

Jorge Buckingham
Surco, Octubre de 1999



(Relato inspirado en el espléndido clásico de Kraftwerk, “The Hall Of Mirrors”
-Trans-Europe Express, 1977-.)



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