EUTANASIA

28 de diciembre de 2012

 

Le toqué el muslo
y la muerte me sonrió.

James Douglas Morrison

Era medianoche y el claro de luna iluminaba el jardín de la mansión donde me encontraba. No estoy seguro si se trataba de un caserón o de algún club social. Ese recuerdo permanece muy vago en mi mente. Una multitud elegantemente vestida estaba reunida, celebrando como si el mundo se fuera a acabar. Un despliegue de fuegos artificiales surcaba el cielo formando figuras cuyas formas ya no evoco -pero sí su efecto: mis ojos cayeron deslumbrados con tanto alarde de fastuosidad. Era el fin del siglo, el comienzo de un nuevo milenio. Los organizadores de aquel evento botaban la casa por la ventana. A veinte metros de distancia de donde mi mesa estaba ubicada, había una piscina con algunos tipos excéntricos bañándose desnudos en sus purpúreas aguas. En medio de ellas, emergía una pequeña isla convertida en bar. El volumen de la música era tan alto que difícilmente podía mantener una conversación con mi compañero de al lado. No recuerdo quién era. Por doquier había gente joven comiendo manjares, libando néctar, bailando con diosas helénicas. Luces de colores, efectos visuales, parejas besándose, mozos en saco y corbata a diestra y siniestra, mujeres hermosas a solas, caviar por aquí, champagne por allá... Qué más pedirle a la noche. Todos se divertían en un ambiente de total cordialidad y camaradería. Aún así, no puedo precisar quiénes eran esas personas, ni el motivo de mi presencia entre ellos. Todo era nebuloso e indefinido. Con gran esfuerzo trato de recordar a mi anfitrión, pero mis intentos resultan inútiles. Sólo sabía que estaba allí y formaba parte del jolgorio. Quizás siempre lo estuve y nunca lo supe.

Durante  los  siguientes segundos,  minutos u horas -en realidad, no sé cuánto tiempo-; las imágenes fueron ordenándose en mi cerebro. La realidad misma fue tornándose más aprehensible y palpable para mis sentidos. Poco a poco, muy lentamente, puede apreciar cómo los colores se hacían más vívidos, y los sonidos más nítidos de lo habitual. Las luces eran mucho más brillantes y aún así no dañaban mi vista. Lo real e irreal se fusionaban en una atmósfera de insoslayable ambigüedad, que contrastaba con la profunda naturaleza de mi nueva percepción de las cosas.


Luego de dejar a un lado estas meditaciones, me dirigí a la barra del bar y pedí un whisky en las rocas para refrescarme. Me senté y encendí un cigarrillo. Pronto descubrí que a mi costado se hallaba una dama de vestido escotado tan oscuro como la noche. Sus ojos verdes felinos eran lo que más resaltaba de aquel rostro en medio de las “psicodélicas” luces. Pude distinguir su cabello lacio y castaño claro, que le caía sobre el hombro en forma de cascada. Era una mujer atractiva en otros aspectos. Sin más dilación, decidí abordarla invitándole un trago. La dama lo aceptó con una sonrisa natural y chispazos de coquetería en la mirada. Al rato, ya estábamos conversando sobre no sé qué temas, pero lo hacíamos muy animadamente. Decidimos que la música impedía sostener una conversación abierta y la invité a bailar una pieza.

Así estuvimos danzando toda clase de ritmos durante no sé cuánto tiempo, hasta que la situación súbitamente dio un giro radical y todo se volvió confuso para mí. Recuerdo que un hombre alto y fornido apareció de no sé qué lugar y apartó a mi pareja de baile de mi lado. Luego vino un insulto dirigido hacia ella (parecía tratarse de un marido celoso) y un empujón dirigido hacia mí. Me sacudió de pies a cabeza. Después vino el golpe directo en la cara. Los colores se difuminaron, las luces se apagaron, el mundo desapareció y no supe más.

Cuando recuperé el sentido, me encontré recostado sobre una cama clínica, respirando mediante una máscara de oxígeno y siendo alimentado por una sonda. Pude oír un extraño zumbido y voces que parloteaban a mi alrededor. No podía ver a quiénes pertenecían.

-¿Y ahora qué, Dr. Nooten? ¿Cree que sería conveniente hacer uso de la Última Alternativa?- inquirió una voz femenina.
-Hemos agotado todos los recursos a nuestro alcance. Es una pena que ya se le haya cumplido el plazo asignado para salir del estado vegetativo. La situación escapa de nuestras manos- respondió otra voz.
-¿Se le ha informado a los familiares?- interrogó una tercera voz.
-Sí. Incluso han firmado la carta de autorización que nos permite inducir al Dulce Sueño a nuestro paciente. En un principio les costó bastante hacerse la idea, pero con el tiempo optaron por la resignación y aceptaron nuestra sugerencia- respondió la voz de mujer.
-Entonces no queda otra elección más que proceder al Dulce Sueño, y que el Dios del Universo acoja el alma de este pobre hombre. Señorita Lara, preparé la inyección que sumirá al Sr. Kaiila en un dulce y profundo descanso.

Al descubrir lo que estos individuos intentaban hacer conmigo, se me hizo un nudo en la garganta. Sentí vértigo. Quise levantarme y gritar, forcejear, intentar protestar y decir que yo era el único dueño de mi vida y que nadie me había consultado si deseaba que este trío de sabe Dios qué clase de lunáticos procediera a aplicarme el “Dulce Sueño”, como lo llamaban. Un eufemismo para justificar la eutanasia. ¡Qué desfachatez! Pero todos mis esfuerzos fueron inútiles, porque estaba paralizado y mi voz era incapaz de articular un solo sonido. La desesperación se apoderó de mí en ese instante y no pude hacer absolutamente nada cuando sentí un pequeño hincón a la altura de mi muñeca izquierda. Momentos más tarde, todo lo demás era oscuridad y silencio.

Es difícil describir lo que vino después. Sólo podría afirmar que la más pura tranquilidad invadió todo mi ser. Por primera vez en mi existencia, sentí que la felicidad era pletórica. De pronto noté cómo el alma se me separaba del cuerpo. La sensación fue superior a cualquier clase de orgasmo del mundo material. Fui protagonista de la maravillosa y sublime liberación de las cadenas que nos unen a la vida en la carne. Las tinieblas habían desaparecido, y una luz brillante deslumbraba mi visibilidad. Perdida toda noción de tiempo y espacio, descubrí una realidad diferente pero no ajena a la que percibe la mente cuando uno está completamente consciente. Luego me supe más grande. Sentí cómo toda mi naturaleza existente abarcaba la totalidad del espacio donde me encontraba. Así comprobé que me hallaba en un dormitorio y la luz era tenue. Cuando me dispuse a levantar, noté una extraña percepción de esta nueva realidad. De alguna manera los objetos materiales parecían estar mas cerca de lo que aparentaban. Caminé hacia una de las paredes y, cuando estiré mi brazo (comprendí que era dueño de un cuerpo) para tocarla, resultaba que esta se encontraba a una distancia mayor de la que yo creía. Avancé unos pasos más y cuando estuve convencido de tocar la pared, me di cuenta con perplejidad, que mi brazo la atravesaba como si se tratará de un holograma. La cuestión radicaba en descubrir si el holograma era yo mismo. ¿Se trataba de algún fenómeno metafísico? ¿Acaso había atravesado el umbral de la puerta a otra dimensión? Eché un vistazo a los últimos registros de mi memoria y comprobé con placer infinito que había muerto. Muerto físicamente, porque la realidad que seguía viviendo era en otro plano de existencia. Di la vuelta para mirar hacia la cama y vi mi cuerpo allí recostado, descansando tranquilo. Recordé con amargura que fue en esa habitación y en esa cama donde se me había arrebatado la vida, mas no lo lamentaba. Era feliz.


En medio de ese éxtasis, vi cómo la enfermera joven abría la puerta de la habitación y se dirigía al borde de la cama donde mi cuerpo yacía apaciblemente. Desde la gloria, vi cómo estiraba su brazo y tomaba mi muñeca para medir mis pulsaciones. Al notar que manifestaba señales de vida se sorprendió y abofeteo suavemente mi rostro. Luego se dirigió a mi cuerpo y le dijo sonriendo:

-¡Santo Dios! ¡Sr. Kaiila, volvió en sí! Usted ha permanecido en estado de coma durante más de tres años. ¡Es un milagro!
-¿Pero qué me ha ocurrido?- dijo mi cuerpo desorientado. -¿Por qué estoy aquí?
-Usted sufrió un lamentable accidente, recibió un golpe en la cabeza que afectó severamente sus facultades sensoriales y desde entonces ha estado inmerso en un sueño profundo.
-¡¿Sueño!? ¿A que se refiere? ¿No ve que estoy muerto? ¿Acaso no fue usted, junto con ese Dr. Nooten y no sé quien más, quien procedió a aplicarme el Dulce Sueño o como le llamen? Estoy muerto y usted, maldita sea, es mi asesina.
-Es imposible, debe estar delirando. Si es así, entonces, ¿cómo está hablando conmigo en este momento? ¿No sabe que los muertos no hablan?
-¿Y yo cómo sé que en realidad usted está aquí conmigo y no es producto de una alucinación post-mortem o algo por el estilo? ¿Acaso no ve que soy un difunto y que he alcanzado la gloria? Váyase y déjeme en paz. ¿Acaso no sabe que es un pecado perturbar el descanso de los que ya disfrutan del sueño eterno?

Una vez que vi cómo la enfermera se retiraba de la habitación descubrí un nuevo atributo de mis nuevas facultades mentales. Podía flotar en el aire. De esa manera, me di cuenta que -si así lo deseaba- la fuerza de la gravedad no ejercía ninguna influencia sobre mi cuerpo. Podía volar como las aves, libre como el viento y sin limitaciones. En ese momento, me enorgullecí de tener la capacidad de alcanzar lo que el ser humano tanto ha intentado y aún no ha conseguido: la conquista del espacio.

Y de esa manera surqué los cielos atravesando mares y montañas, continentes y océanos. Todas las maravillas del mundo pasaron delante de mis ojos: selvas, ríos, penínsulas, valles, glaciares, museos, pirámides, templos, faros... Desde Chichen Itzá a Kuala Lumpur, de Belfast a Bloemfontein, de Bogotá a El Cairo... Y la Tierra fue mía, y el universo fue pequeño porque Dios así lo quiso, y la Eternidad se extendió sobre los confines del Cosmos, y los Ángeles del Cielo se unieron a mí en su vuelo, y juntos cantamos alabanzas al Altísimo y recé una plegaria por todos los mortales del tiempo y el espacio que anhelaban la supervivencia del espíritu.

Y tuve un solo y único deseo, y fue el de ser testigo de mi propio fenecimiento. Quise estar presente en el instante preciso, cuando las alas de la muerte me llevaron surcando otros horizontes. Entonces viajé a la velocidad de la luz, atravesando planetas, sistemas solares y galaxias; y di un giro en el tiempo y me dirigí hacia el día de aquella fiesta donde había perdido la conciencia o la vida debido a alguna misteriosa razón que todavía no comprendo. Allí estaba reunida toda esa gente celebrando el fin del siglo de la Aeronáutica y me vi con aquella mujer que había sacado a bailar. Al rato vi también cómo aquel marido celoso insultaba a su esposa y trataba de empujarme sin poder tocarme; y en el momento en que estiraba su brazo para golpearme se lo detuve impidiendo que su puño llegara a la cara de mi nuevo cuerpo astral, lo miré fijamente a los ojos y le espeté:

-¿Acaso sabes el por qué del existir? En realidad todos estamos muertos y nada podemos hacer para evitarlo.


La sala del velatorio estaba rodeada de gente vestida de negro. Algunas viejas lloraban y otras hablaban en voz baja. Desde mi ataúd podía reconocer algunos rostros. Eran caras tristes y acongojadas que lamentaban la pérdida de quien alguna vez había sido el Sr. Kaiila, el que ahora disfrutaba de una vida mejor en el Más Allá. Y yo estaba siendo testigo de mi propio funeral.

El día estaba aclarando y los pájaros le cantaban a la mañana. Recostado sobre una cama matrimonial, enredado entre las sabanas que envolvían mi cuerpo con suavidad, a mi costado se hallaba una mujer vestida en ropa interior. Entonces descubrí lo que había ocurrido. Todo había sido un sueño. Un sueño lúcido. De golpe recordé que había sido mi noche de bodas, y la dama que estaba dormida a mi lado era ahora mi esposa. Me esperaban días de luna de miel y feliz matrimonio. La vida seguía su curso. Me alegré y di gracias, pero la felicidad jamás sería la misma.

Jorge Buckingham
San Luis, Marzo de 1999

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