EL SALÓN DE LOS ESPEJOS

16 de noviembre de 2012

 

Los espejos y la cópula
son abominables,
porque multiplican
el número de los hombres.

Jorge Luis Borges


La residencia del eminente profesor Martin Beckham era tan grande como la vanidad de Odette Le Monde. Su antigua casona se encontraba ubicada en el corazón del campo, a las afueras de la ciudad de Londres. A ocho y a veinte millas de la oficina de correos y la estación de ferrocarril más cercanas, respectivamente. La arquitectura era de estilo victoriano y el perímetro de la mansión, a su vez, estaba rodeado por verdes praderas que hacían de la construcción un lugar acogedor y apacible para alejarse de las perturbaciones de una ciudad cruel y contaminada.

Durante el transcurso de su vida, quien otrora había sido Odette Le Monde jamás podría olvidar aquella noche de lluvia cuando arribó, tras un viaje de casi tres horas, a las afueras de la mansión Beckham, a bordo de su Mercedes Benz blanco: el chofer se apeó del asiento -con una expresión de rigidez en su rostro- y abrió la puerta trasera para que ella pudiera bajarse del auto. Luego se dirigió a la maletera del Mercedes Benz, sacó el equipaje y la acompañó hasta la puerta de la vieja casona. La lluvia se había vuelto más densa en las últimas horas.

-¡Pero qué lluvia tan atroz! Fíjate, Pierre, qué tales gotas. Parecen diamantes. Gracias a Dios existe un invento que se llama paraguas. No me agradaría para nada estropear mi traje de noche.
-Desde luego que no, mademoiselle. De todos modos, le sugeriría que una vez adentro se vaya a acostar lo más pronto que pueda. El viaje debe haberla dejado muy agotada y tampoco queremos que pesque un resfrío en una noche como ésta.
-No te preocupes por mí, Pierre. Eso es exactamente lo que había pensado hacer.
-Entonces hasta la vista, mademoiselle Odette. Que tenga una agradable estadía.
-Gracias, Pierre.

Mademoiselle Odette Le Monde, en esos días de frivolidad farandulera, era una fina y engreída top model de la alta sociedad parisina. Sabiéndose bella y elegante, estaba acostumbrada a salirse siempre con la suya, especialmente con los hombres, algunos de los cuales eran capaces de satisfacer cualquiera de sus caprichos con tal de conquistarla. Odette Le Monde se sentía dichosa de pertenecer a un mundo plástico y hueco, donde las apariencias eran lo más -sino lo único- significativo. No era su deseo pertenecer a nadie más que a ella misma. Consideraba que el amor no era lo más importante en su vida, y quería dedicarse exclusivamente a su carrera como modelo. Una pareja a sus veintitrés años sería un estorbo. De hecho, no quería depender de ningún hombre. Se creía libre y autosuficiente. Si algo deseaba, lo conseguía: así de simple. La magnitud de su egocentrismo llegaba a tal punto que la fama y el lujo no representaban gran cosa en su vida -tan sólo algunas de las muchas recompensas que una obtenía por el simple hecho de formar parte del circulo de “la gente bonita” (“the cool life style”, dirían al otro lado del continente). Ahora estaba a pocas horas de satisfacer su más extravagante y descabellado capricho: apreciar su propia belleza en el famoso Salón de los Espejos del profesor Martin Beckham.

Al llegar al portal de la residencia del profesor Beckham, aquella dama proveniente del Centro Internacional de la Moda se sintió algo mortificada. Una gota de lluvia había caído en su rostro de muñeca y corrido su maquillaje. Hizo un gesto de fastidio, sacó de su bolso un espejo de mano y una polvera, y empezó a reparar cuidadosamente una parte de lo que la lluvia había mancillado: la fuente principal de su fama y fortuna.
El comedor de la mansión estaba lujosamente amoblado. Las sillas eran de estilo Luis XV, y algunos de los cuadros que decoraban las paredes representaban paisajes nipones y motivos bucólicos. La cena estaba casi por terminar y Odette Le Monde estaba adormecida por el vino y el cansancio producto de tan pesado viaje desde el aeropuerto de Londres.

-Debería confesar que me resulta un placer exquisito tener como huésped a una mujer con una belleza tan deslumbrante como la suya, mademoiselle Le Monde- elogió caballerosamente el profesor para continuar con la conversación en un francés casi perfecto.
-Es una lástima que no sea la clase de placer que usted esperaría, profesor Beckham- sus ojos turquesa fulgieron con un brillo casi imperceptible.

El preclaro hombre de letras entendió la ironía y la intención encapsulada dentro de esas palabras y, lejos de sentirse ofendido, lo tomó como una señal de coquetería por parte de ella.

-Es también una lástima que algunas veces haya ciertos placeres que no se encuentran al alcance de los “bellos” mortales.

La distinguida modelo se sintió herida en su orgullo, pero continuó con el juego.

-Por el contrario, que existan placeres asequibles sólo para unos cuantos mortales es lo ideal. Esos placeres se convierten en pasiones, como su pasión por coleccionar antigüedades, por mencionar un ejemplo.
-En efecto, ser anticuario me ha proporcionado mucho goce durante estos años de soledad, pero usted debería saber que ésa no es la única de mis pasiones. Podría mencionar mi pasión por la gastronomía, por la música...
-De todos modos, son aficiones que yo no comparto. Lo mío es el modelaje. Y ahora, si me disculpa, debo ir a acostarme. Me encuentro terriblemente cansada. Si tuviera la gentileza de llamar a su ama de llaves para que me conduzca a mis habitaciones...
-Mrs. Lansbury en este momento se encuentra dormida. Sin embargo, yo mismo me haré cargo de conducirla hasta su dormitorio.

Una vez frente a la puerta del aposento:

-Creo que no hace falta decirle que puede dormir todo lo que su cuerpo le exija. Más adelante le mostraré el resto de la casa para que empiece a sentirse familiarizada con las demás habitaciones. La estaremos esperando mañana para tomar el desayuno.
-De acuerdo. Hasta mañana.
-Descanse lo suficiente.
-Gracias.

A la mañana siguiente, Odette Le Monde bajó a desayunar al mediodía con el profesor Beckham. Había dormido casi doce horas, mas aún así su actitud parecía decir que no había descansado lo suficiente. Se encontraba fastidiada por algún motivo, o quizás por ninguno. Durante el breve intercambio de frases que ambos sostuvieron, el profesor pudo percibir evidentes muestras de altanería en sus palabras -pero, detrás de esa arrogancia, la dama frente a sus ojos ocultaba un rostro distante e inasequible.

El profesor Martin Beckham era un hombre de edad madura. En su rostro afable y apuesto, estaban las huellas de una vida dedicada a la literatura y al estudio de saberes arcanos. De hecho, se veía bastante joven para haber obtenido el título de Profesor Emérito del Magdalen College de la ciudad universitaria de Oxford. Su edad aproximada sería cuarenta y dos años, aunque probablemente pudiera ser mayor de lo que aparentaba. Hacía ya varios años que su esposa había fallecido, poco tiempo después de su matrimonio, dejándolo sumergido en una soledad compensada únicamente por la compañía de la señora Lansbury, su fiel ama de llaves, y las visitas periódicas de ciertos grupos de turistas, quienes venían eventualmente a conocer las curiosidades que la mansión Beckham tenía reservado para ellos. La residencia, perteneciente a una época perimida, era una mansión majestuosa que requeriría de un séquito de sirvientes para su mantenimiento. A excepción de la señora Lansbury, una cocinera, un chofer y dos jardineros; la mansión Beckham no contaba con demasiado personal doméstico, y a veces resultaba imposible encontrar servicio -hecho que había ocasionado algunos problemas en el matrimonio Beckham antes que el profesor quedara viudo.

En ese momento, un par de jardineros emparejaba los resplandecientes céspedes, podaba los excelsos setos de azaleas color rojo, y quitaba las frondas secas de los altísimos pinos situados dentro de la casa. La señora Lansbury se ocupaba de dirigir y supervisar las labores domésticas. Mantenía a raya el polvo y las telarañas, ayudaba a la señora que preparaba las comidas, seleccionaba y escanciaba los vinos que tanto apreciaba el profesor, ponía en orden la enorme cantidad de libros de la gran biblioteca, arreglaba y cuidaba los magníficos muebles o las valiosas obras de arte.

La mansión Beckham era de aquella clase de palacetes que suelen aparecer en guías turísticas o en documentales históricos. De ella se contaban historias más misteriosas y extraordinarias aún que la que el lector ahora lee. Estaba llena de habitaciones que iban de lujosos salones a amplios y confortables dormitorios, comunicados por largos e interminables pasadizos y una gran cantidad de puertas que conducían a recámaras vacías.

Cuando la noche había caído sobre la mansión, Odette Le Monde abandonó su dormitorio y se dirigió en busca del profesor Beckham. El pensamiento de todos esos pasadizos que iban de una a otra parte de la casa, la gran cantidad de puertas conduciendo a recamaras vacías, escaleras de caracol y sombras en los rincones; la hacía sentir algo intimidada. Pero la idea de lograr su objetivo era más fuerte que todos sus temores. Al cabo de diez o quince minutos, lo encontró en la biblioteca.

-Vaya, ahí estaba, Profesor. Lo he estado buscando por toda la casa.
-Si necesitaba alguna cosa, tan solo se la hubiera pedido a la señora Lansbury o a cualquiera de los empleados.
-Necesitaba hablar con usted personalmente.
-Bueno, aquí me tiene. Usted dirá, mademoiselle Le Monde.
-Quiero que me conduzca al Salón de los Espejos.
-En este momento me encuentro ocupado, pero si pudiera esperar a que termine con el análisis de esta lectura...
-Puedo esperar el tiempo que sea necesario.
-Como usted guste, mademoiselle.

La llave giró dentro de la cerradura y la puerta se abrió lentamente. El salón estaba decorado por espejos de diferente tipo, tamaño y forma. La mayoría databan de una época mucho más antigua que la mansión misma. Una alfombra color carmesí, de unos doscientos veinte metros cuadrados, cubría el suelo del salón.

-¿Qué le parece, mademoiselle?- dijo el Profesor después de unos minutos.
-Es maravilloso. Ahora, profesor, ¿le molestaría dejarme a solas durante algunos minutos? Se trata de algo que he querido hacer durante mucho tiempo. Quizás le parezca una extravagancia.
-No veo qué sentido tiene que la deje sola rodeada de más de trescientos veinte espejos antiguos...
-Es algo relacionado con mi profesión de modelo y aunque le parezca absurdo requiere de soledad. Espero que lo comprenda.
-Está bien, mademoiselle. ¿Le parece bien que esté de regreso dentro de media hora?
-Es tiempo suficiente. Se lo agradezco.

Y así, Odette Le Monde, estuvo a punto de satisfacer su último capricho, por el cual había viajado especialmente a una misteriosa casona de las afueras de Londres. Ahora se encontraba sola, rodeada de una cantidad de espejos que reflejaban su delicada figura, la cual se repetía una y otra vez llenando el salón con su exquisita belleza física. En un principio, recorrió los espejos uno por uno, contemplando embelesada su rostro en cada superficie refractaria. Y en cada una encontraba detalles que no había percibido en las otras. Podía encontrar chispazos de erotismo, elegancia, incluso dulzura en cada expresión. También pudo ver orgullo, miedo, vacío y desesperación en cada mirada. En esos ojos, en esa nariz, en esos labios casi perfectos, en ese rostro de niña mimada. Con cada imagen nueva, el frenesí se incrementaba, alejándola del mundo y llevándola en un viaje de hipnosis profunda. La sensación era diferente a sentirse observada por cámaras o por los espectadores de pasarela. Era la sensación de sentirse observada por ella misma, por todos y por nadie al mismo tiempo. No podía fijar su mirada contra esos ojos sin rostro, porque se sentía incapaz de confrontar el reflejo de su propia alma. Allí, en cada espejo, donde cientos, quizá miles de almas se habían visto reflejadas. Almas de toda naturaleza. Tal vez algunas tan degradadas que si lo hubiera sabido, habría aborrecido la magnitud de su soberbia. Mas ahora estaba fuera de sí y caminó como una autómata hasta el centro del salón y empezó a desfilar de uno a otro lado del salón con la mirada altiva y con la elegancia de una diosa romana. La extraña sensación de ver su figura en movimiento, reflejada en cada rincón de la habitación, de alguna manera la había excitado. No era semejante a verse desfilando en el más suntuoso traje de noche en simultaneas pantallas de televisores. Era una experiencia mucho más íntima y seductora.

En ese momento había perdido toda noción de tiempo y espacio. Se había olvidado de todo. Ahora nada importaba. De pronto, sus prendas fueron cayendo sobre la alfombra una por una. Primero el vestido de noche, luego la lencería, hasta que quedó completamente desnuda y rodeada de espejos que reflejaban centenares de veces la delicia de sus formas. Esbelta figura. Senos firmes y redondos que parecían dos naranjas maduras. Nalgas turgentes y bien torneadas. Las puntas de su largo y sedoso cabello rojo acariciaban sus pezones rosados. El vello púbico afeitado en forma de “V” haría delirar a cualquier mortal, algunos de los cuales habrían dado su vida por poseerla.


La mente de Odette Le Monde viajaba en órbitas concéntricas, mientras su cuerpo estaba siendo partícipe de una danza macabra. Porque ya no sólo veía su figura multiplicada una y otra vez, sino que percibió una serie de distorsiones en los reflejos que llamaron su atención. La exuberancia se había ido. Ahora las imágenes eran difusas y sólo reflejaban la visión confusa de una mujer desnuda y vulnerable. Se frotó los ojos porque pensó que una pelusa podía haber nublado su visibilidad. Luego sintió una fuerte presión a la altura de las sienes. El dolor era intenso y llevó sus manos a la cabeza. En el siguiente momento, un halo de horror le congeló la sangre en las venas. Un grito de pavor y cayó desmayada. Todos los espejos reflejaban imágenes distorsionadas repetidas una y otra vez hasta el infinito. ¡La imagen de una Gorgona con el cabello viperino, la piel podrida de lepra y un millar de gusanos carcomiendo sus llagas!

Cuando ella recuperó el sentido, minutos más tarde, se encontró tendida desnuda sobre la suavidad de la alfombra. El profesor Beckham estaba a su lado ofreciéndole un vaso con agua. Ella se observó a sí misma y descubrió que estaba junto a él tal como había venido al mundo. Desnuda como una culebra. No se ruborizó ni se sintió avergonzada. Un brillo de perversión iluminaba sus hermosos y lascivos ojos azules. El literato le alcanzó sus ropajes para que se vistiera -pero, en vez de eso, dadas las circunstancias, ella arrojó la ropa interior y el vestido de noche contra la alfombra, se puso de pie, luego se dirigió hacia el espejo de mayor tamaño y vociferó contra su propio reflejo:

-¡Perra! ¡Perra! ¡No eres más que una perra! ¿Y ahora que vas a hacer, Odette Le Monde? Ahora que no hay cámaras fotográficas ni pasarelas. Allí estás, desnuda e indefensa como una cualquiera. No eres más que una fina y delicada...

No terminó lo que había pensado decir. Entonces se acercó hacia al profesor Beckham, quien la miraba perplejo. Odette Le Monde se había llevado las manos a los senos frotándolos con lujuria.

-De acuerdo Martin, ganaste el juego. Ahora me tienes. Tómame. ¡Hazme tuya!

El profesor no dijo nada. Tampoco ofreció resistencia.

-¿No te gusto? Sé que me has deseado desde que me viste. Ahora es tu oportunidad, Martin. ¡Hagámoslo sobre la alfombra! Estamos rodeados de espejos. ¿No te parece una ocasión estupenda?

La tentación era muy grande. Él luchaba para contener sus propios impulsos, porque sabía que sucumbir sería caer en su juego. Pero mademoiselle Le Monde ya no era la vana y engreída top model, ahora se había convertido en una loba en celo dispuesta a capturar a su presa.

El profesor Beckham se soltó de los brazos de ella, luego se agachó a recoger las prendas que ella había dejado caer y se las entregó rechazándola categóricamente.

-Está en lo correcto, mademoiselle. Esta partida la gané yo. Vístase y salga.

Luego abandonó el Salón de los Espejos cerrando la puerta enérgicamente.

Ella se sintió herida en su orgullo, insignificante. Jamás había sido despreciada por ningún hombre. Ella, que se pensaba la dueña del mundo. Hermosa y autosuficiente, creía que podía volver loco a cualquiera. Allí, en el Salón de los Espejos, había descubierto la verdad dentro de sí misma. Ahora no queda ni huella de quien alguna vez fue Odette Le Monde, la fina y afamada top model. En verdad, detrás de su máscara de vanidad y arrogancia, existía un verdadero y único deseo, ser una esclava del amor.

Jorge Buckingham
Surco, Octubre de 1999



(Relato inspirado en el espléndido clásico de Kraftwerk, “The Hall Of Mirrors”
-Trans-Europe Express, 1977-.)



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