MERCURY REV: CANCIONES DEL NIÑO QUE QUISO DECIR ADIÓS

16 de agosto de 2013

 

Deserter’s Songs
(V2 Records, 1998)


Para 1997, si algo le interesaba escuchar a medio mundo, eso era Radiohead. Luego del arribo de su escandalosamente celebradísimo OK Computer, parecía que todo aquello que saliera de un ensamble rock debía tener ese tufo apocalíptico, “post-moderno” y desarmante. Es natural que una banda como la oriunda de Buffalo (New York) ni siquiera haya sido motivo de airplay durante esos meses en las FMs avocadas a lo “alternativo” de la época.

Jonathan Donahue no la pasaba bien y se dedicó a hacer música que lo ayude a sobrellevar/superar una época plagada de desencuentros. Desde su amor por las canciones infantiles, aquellas que lo embriagaron del escapismo más feroz, y desde su fanatismo por The Chameleons, la banda a la cual quiso ingresar desesperadamente de chibolo; Deserter’s Songs fue precisamente compuesto por Donahue para que estimule ese efecto sanador y reconfortante en los adolescentes con infancias marcadas por duros momentos.



El título no es casual, ni mucho menos. La depresión que abrasó a Donahue durante la época de grabación fue monumental: la repercusión de su anterior See You On The Other Side (Beggars Banquet, 1995) fue desastrosa, el grupo casi se separa sumido en feas broncas, y, bueno, Radiohead. Los Rev se metieron al estudio con la actitud más alpinchista de todas, aunque en realidad esto no era nada raro viniendo de ellos, y decidieron hacer su disco de cuentos de hadas para la generación post-grunge -disco que se supone sería el último. Esta “deserción” que acusa el nombre implica imbuirnos en un mundo fuera del terrenal, en un ambiente que no es esta realidad. Deserter’s Songs nos quiere cantar sobre el adiós, sobre el dejar atrás las cosas, no sólo en un plano emocional -sino incluso en un plano profesional: años antes el otrora cantante del line up, David Baker, los abandonó luego de grabar Boces (Beggars Banquet, 1993), hasta ese momento su esfuerzo más celebrado. La voz de Donahue no es la de un hombre maduro descreído, sino la de un crío inquieto y ansioso que busca un mundo lleno de candor, maravillado por aquella fantasía de un nuevo orbe que conocer. Para esto, aquel en el que se encuentra debe dejarse atrás.

El suceso crítico y comercial tiró por la borda este amago de canto de cisne. Su justificada fama cruzó el charco y su presencia en festivales del Reino Unido y del resto de Europa se hizo moneda común. Uno de esos viajes los llevó al set de Jools Holland, donde realizaron una inolvidable performance que fue la carta de presentación del sonido Rev para este redactor -y desde entonces no me lo he sacado de la cabeza. Su impacto se percibe luego en obras maestras del rock moderno, como The Soft Bulletin (Warner, 1999) de The Flaming Lips. El nexo es reconocido por el propio Wayne Coyne: Donahue ya había tocado con los de Oklahoma en In A Priest-Driven Ambulance (Restless, 1990), y ambos combos comparten productor -el omnipresente David Fridmann.



15 años después, escuchar completo el disco para dedicarle estos párrafos me llena de la misma esperanza que la primera vez, con sus sonoridades sinfónicas y un imaginario que, aunque sombrío, resulta atractivo. Ese horizonte embrujado y ensoñador es lo que se nos asoma en “Holes”, uno de los mejores inicios que hayan escuchado mis oídos. La interpretación vocal de Donahue es quejumbrosa pero al mismo tiempo delicada. Valiéndose de una pequeña orquesta, el vocalista logra reforzar los matices emotivos de la canción, donde una cálida trompeta desemboca en una línea que pinta toda la desolación que venía afrontando el buen Jonathan: “Bands/Those Funny Little Plans/That Never Work Quite Right”. Le canta a las relaciones truncadas, sí, pero dándoles el cierre necesario para seguir adelante.

El esférico también nos permite apreciar la impagable colaboración con 2 héroes locales: Levon Helm y Garth Hudson de The Band, haciéndose cargo de la batería y el saxo en “Opus 40” y “Hudson Line”, respectivamente. Se firma así una jornada que prefiere arriesgar con su sonido casi angelical y cinemático -y con una sensibilidad que, en vez de abordar el temor al descalabro frente al nuevo milenio, celebra con una sonrisa cómplice la posibilidad de superar el simple hecho de verse rendido ante la fragilidad emocional de la ruptura y el cambio imprevisto. Estas canciones de deserción son un triunfo por donde se les escuche.


“Goddess In A Hiway” tiene un frágil intro de piano para guiarnos hacia una advertencia muy peculiar sobre los peligros del maltrato ecológico. Hay mucho de contemplación natural en DS, como si varias de las canciones las hubiesen escrito tirados sobre el pasto mirando arriba, hacia lo infinito de la noche estrellada. Mucha de esa grandiosidad inconmensurable se captura magistralmente en las composiciones. “The Funny Bird”, con la voz alterada de Donahue y los punteos flamígeros de su pata Sean ‘Grasshopper’ Mackiowiak, contiene arreglos que perfectamente encajan en el estallido de las olas sobre las rocas y no haces sino dejarte mojar por el salpicón. Notable pieza. Y la estela de The Beatles (¿qué grupo puede remitirte a tu infancia más que ellos?) se materializa en tracks como “Endlessly”, como si Donahue se empecinara en hacer su propia versión de “I’m Only Sleeping” -aunque es “Beautiful Boy”, y sobre todo la voz de Lennon, el rastro a seguir (debe ser una de esas canciones que Donahue ha escuchado miles de veces antes de quedarse dormido).


Aún cuando la trayectoria anterior a esta obra magna te sea desconocida, no significa que no puedas apreciar la belleza que se desprende de estas 11/12 canciones. Los atribulados 90s golpearon a muchos adolescentes en épocas en que la adultez era el claro reflejo de todas nuestras imperfecciones, y que parecían curarse con el sonido de estas orquestaciones a manera de sueños cortos salidos de un hombre dañado pero con ganas de querer ser mejor. Pocos discos como éste para escucharlos y sonreír tras las lágrimas derramadas. En verdad, muy, muy pocos.

Cristhian Manzanares


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