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CAPÍTULO 4 - UN HOMBRE HONORABLE

4 de mayo de 2017

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Para cubrirme, alcé rápidamente el brazo derecho; al hacerlo, el fuete de vallak, que colgaba de la correa de cuero, describió una amplia curva. Lo sostuve, lo usé como arma y golpeé con él el hocico inquieto que quería atraparme. El vallak relinchó instigado. Luego retiró la cabeza y abrió el hocico, con el propósito de volver a embestir. En ese momento conecté el fuete de vallak y le asesté un fuerte golpe. Las chispas saltaban como una cascada reluciente y retumbó un grito de dolor, mientras el animal aleteaba y se ponía fuera de mi alcance con un salto repentino, que casi me arrojó a las profundidades. Me apoyé sobre manos y rodillas y traté de volver a enderezarme. El vallak volaba alrededor de la torre, profiriendo agudos relinchos; finalmente se alejó.

Sin detenerme a reflexionar, toqué el silbato que me había dado Valian el Fuerte. Al oír ese sonido vibratorio, el imponente caballo pareció estremecerse en el aire, comenzó a girar, fue perdiendo altura y luego volvió a ascender. En su pecho se desataba la lucha entre su naturaleza salvaje, la llamada de las montañas lejanas y del aire libre, y el entrenamiento a que había sido sometido en su juventud. Con un violento grito de combate regresó finalmente al cilindro. Recogí la breve escala, que colgaba de la silla de montar, trepé por ella, me acomodé en la silla y me ajusté el ancho cinturón verde que habría de protegerme de una caída.

Al vallak se le conduce mediante una correa de cuero colocada alrededor del cuello, al que generalmente se hallan sujetas otras tres correas de cuero, que confluyen en un aro metálico en la parte anterior de la silla de montar. Las riendas se hallan teñidas de diferentes colores y terminan en aros diferentes, muy distanciados entre sí en el collar colocado en el cuello del caballo alado. Para determinar el rumbo, se tira de la rienda cuyo extremo señala con mayor aproximación la dirección deseada. Cuando, por ejemplo, se desea perder altura o aterrizar, se utiliza la cuarta rienda, que termina inmediatamente delante del cuello del vallak. Para ponerse en movimiento, se tira de la primera rienda, que ejerce una presión sobre el aro en la parte posterior del cuello del caballo.

También se utiliza, ocasionalmente, el fuete de vallak para conducir al animal; en este caso se toca ligeramente al pegaso en la dirección opuesta a la que se desea tomar, la que, al retroceder ante la barra eléctrica, seguirá adecuadamente. Este método, sin embargo, no es muy adecuado, ya que la reacción ocurre de una manera exclusivamente instintiva.

Tiré de la primera rienda y sentí con alegría los fuertes aletazos del caballo alado. Fui arrojado hacia atrás, pero el cinturón me sostuvo. Durante un instante dejé de respirar; me aferré al aro de la silla mientras mi mano sostenía la primera rienda. El vallak continuaba ascendiendo, y fui perdiendo de vista la ciudad de Thanis. Nunca había experimentado algo similar, y si jamás me había sentido semejante a un dios, por cierto que lo experimenté en ese momento. Miré hacia abajo con vértigo infinito y distinguí a Valian el Fuerte sobre su cabalgadura. Volando tan alto sentí el mundo pasar con una sensación de revoloteo en el estómago.

—¡Ten cuidado, muchacho! —gritó— Un vallak desbocado es muy peligroso.

De repente me sentí mareado. A mis pies las colinas y llanuras de Tyamath parecían un paisaje compuesto de manchas borrosas; casi creí distinguir la curva del mundo, pero debió haber sido una ilusión de los sentidos. Antes de perder el conocimiento, tiré de la tercera rienda y el vallak empezó a descender como una flecha que cae sobre la inmensidad del Thalassa, el inmenso mar de Tyamath, con una rapidez que terminó por hacerme perder el aliento. Dejé las riendas, lo que es la señal de un vuelo constante en línea recta. El noble vallak aleteó, y empezó a volar más lentamente. Valian el Fuerte parecía muy contento y conducía su vallak cerca del mío. Desde él, me señaló la ciudad, que ahora se hallaba a bastantes kilómetros debajo de nosotros.

—¡Una carrera?! —exclamé.

—¡De acuerdo! —respondió a gritos mi maestro en armas. Hizo girar a su vallak y se alejó volando. Me sentí temeroso. Él era tan hábil en su trato con el animal, que enseguida se adelantaba y resultaba imposible alcanzarlo. Finalmente también yo logré hacer girar al animal y traté de azuzarlo. Se me ocurrió que estos caballos habrían sido entrenados para reaccionar ante la voz humana y al pitido de mi silbato para llamarlo cuando se encuentre alejado. Entonces vociferé en tyamatha y en español: —¡Ai! ¡Ai! ¡Arre! ¡Arre!

El vallak pareció percibir lo que yo quería. Observé en él un cambio notable. Estiró la cabeza hacia adelante; las alas de repente batían el aire como plumas de algún ave rapaz, los ojos relampagueaban y cada músculo y cada hueso parecían irradiar una fuerza inusitada. Fue un vuelo vertiginoso. Al cabo de un instante apenas nos adelantamos al sorprendido Valian, y pocos momentos después aterrizamos sobre el gran cilindro con torretas y puentes de bella arquitectura, del que habíamos partido minutos antes.

El vallak pareció percibir lo que yo quería. Observé en él un cambio notable. Estiró la cabeza hacia adelante; las alas de repente batían el aire como látigos, los ojos relampagueaban y cada músculo y cada hueso parecían irradiar una fuerza inusitada. Fue un vuelo vertiginoso. Al cabo de un instante apenas nos adelantamos al sorprendido Valian, y pocos momentos después aterrizamos sobre el gran cilindro, del que habíamos partido minutos antes.

—¡Por los Annu-ki! —tronó Valian el Fuerte, mientras hacía aterrizar a su caballo— ¡Eres muy intrepido!

Los vallak, dejados en libertad, volvieron por propio impulso a sus corrales, y Valian el Fuerte y yo descendimos a nuestras habitaciones. Valian casi no cabía en sí de orgullo. —¡Qué gran vallak! —exclamó—. Yo te llevaba un yustag de ventaja y sin embargo me has ganado. —El yustag es una unidad de distancia en Tyamath, que aproximadamente equivale a un kilómetro. 

—¡Este vallak está hecho a tu medida!

—Yo pensé que quería matarme —dije—. Casi tengo la impresión de que los criadores de vallak no domestican suficientemente a sus animales.

—Estás equivocado —exclamó Valian el Fuerte—. El entrenamiento es excelente. El espíritu del vallak no debe ser quebrantado, por lo menos en el caso del vallak de combate. Está domesticado hasta tal punto que depende de la fuerza de su amo si el animal lo devora o le obedece. Tú llegarás a conocer al tuvo y él a ti. En el cielo, los dos seréis uno solo: el vallak, el cuerpo, y tú, su voluntad. Vivirás con él un armisticio continuo.

—Entonces, sí es así —dije— pienso que debe llevar un nombre para identificarlo. Lo llamaré Kazam, Flecha Ligera.

—Muy bien —respondió Valian en el Fuerte —Pero debes tener en cuenta que si eres ruin o impaciente, el pegaso te arroja al vacío. Pero mientras te mantengas leal y te afirmes como su amigo, te obedece y te quiere —calló un instante—. No estábamos seguros de ti, tu amigo y yo, pero hoy sé con certeza a qué atenerme. Has dominado un vallak, un vallak de combate. Por tus venas debe de correr la sangre de tu padre, que fue una vez Incal, líder religioso y militar de Thanis, y que ahora tu amigo es su administrador.

Me sentí muy sorprendido, pues no sabía que mi padre había estado en Tyamath anteriormente y había sido el jefe supremo de esta ciudad y que Eduardo Laredo se desempeñaba como su más alto funcionario civil. No pude ocultar mi cólera contra mi progenito por no haberme confiado su secreto.

—Un miembro renegado de los Annu-ki —dijo Valian el Fuerte—, Kallios, que bien quisiera ser Incal de todo Tyamath sabe de tu existencia.

—¿Quién es Kallios? —pregunté en un murmullo.

—Mañana lo sabrás —respondió Valian el Fuerte—. Y mañana te dirán también por qué te han traído a Tyamath.

—Ahora debemos ir a la salón del Consejo —dijo.

La sala del Alto Consejo Maldek es la habitación en la cual realizan sus reuniones los miembros de las castas elevadas de Thanis. Esta se encontraba en la más grande de las futuristas edificaciones. Los puntos de luz, que me recordaban el cielo estrellado de Thanis, brillaban en el techo lanzando destellos que iluminaban el gran anfiteatro con variados matices. En niveles diferentes junto a la pared se alzaban los bancos de piedra para los representantes del Consejo. Los bancos correspondían al color de la pared que se encontraba detrás de ellos.

El banco más bajo, pintado de blanco, les estaba reservado a los Sacerdotes. Detrás de ellos se encontraban varias criaturas cuya imagen solo había visto en ilustraciones de seres mitológicos, y otras de una naturaleza que no pude reconocer. En medio de la sala circular se alzaba una suerte de trono, sobre el cual se hallaba, vestido en su traje de ceremonia —una sencilla túnica marrón y blanca—, Eduardo Laredo, administrador de Thanis, la sede central de Tyamath. A sus pies tenía un casco, un escudo, una lanza y una espada.

—Acércate, Pedro Sanders —dijo mi amigo, y me encontré de pie delante de su trono y sentí fijas en mí las miradas de todos los presentes. Detrás de mí esperaba Fad y Valian el Fuerte, quien tomó la palabra. —Yo, Valian, luchador de espada de Thanis, doy mi palabra de que este hombre es digno de convertirse en miembro de la Casta de los Guerreros.

Mi amigo le respondió de acuerdo con el ritual prefijado.

—Ninguna torre en Thanis es más fuerte que la palabra de Valian el Fuerte. Yo, Eduardo Laredo de Thanis, acepto su palabra.

A partir del banco inferior y en forma ascendente, cada miembro del Consejo Maldek se iba poniendo de pie, daba a conocer su nombre, y declaraba que también, por su parte, aceptaba la palabra del pelirrojo luchador de espada. Cuando todos hubieron terminado, mi amigo me entregó las armas que se hallaban delante del trono con una avergonzada sonrisa y una palmada en la espalda. Sobre mi hombro colocó la espada de acero, sujetó el escudo redondo en mi brazo izquierdo, me puso la lanza en la mano derecha y lentamente dejó descender el casco sobre mi cabeza.

—¿Prometes cumplir con el código de los Guerreros y poner tu espada al servicio de la Madre Tierra? —me preguntó.

—Sí —dije.

—¿Cuál es tu Templo del Hogar?

Sospeché cuál era la respuesta que se esperaba de mí y respondí: —Mi Templo del Hogar es Thanis, la Ciudad de la Puertas Doradas.

—¿Y en aras de esta ciudad empeñas tu vida, tu honor y tu espada? —preguntó mi amigo.

—Sí —respondí.

—Entonces —prosiguió y me colocó solemnemente las manos sobre los hombros—, te declaro de este modo Guerrero de Thanis, en mi calidad de administrador de esta ciudad, en presencia del Consejo de las Castas Elevadas.

Vi a Eduardo Laredo sonreír complacido. Me quité el casco y me sentí muy orgulloso al escuchar los vítores de consentimiento del Consejo Maldek. Aparte de los candidatos que debían ser admitidos en la Casta de los Guerreros, nadie podía entrar armado a la sala del Consejo. Si hubieran estado armados, mis hermanos de casta del último banco habrían manifestado su aplauso con la lanza y el escudo; en las circunstancias actuales se atuvieron a la forma generalmente aceptada de expresar el aplauso. De algún modo yo tenía la impresión de que se sentían orgullosos de mí, a pesar de que no podía imaginar el motivo. Para mi criterio no había realizado aún nada que justificara su interés.

Acompañando a Valian el Fuerte abandoné la sala del Consejo y entré en una pequeña sala lateral para esperar allí a mi amigo. En la habitación había una mesa, sobre la que se encontraban algunos mapas de las principales ciudades de Tyamath. Valian el Fuerte se inclinó de inmediato sobre ellos. Me llamó a su lado, y mientras los miraba atentamente me iba señalando determinados lugares. —Y aquí —dijo y colocó el dedo sobre el papel— está la isla-ciudad de Thanis en medio del Mar de Thalassa. Es enemiga mortal de Moriah, la capital gobernada por Kallios, que desea convertirse en Incal de todo Tyamath.

—¿Y esto de qué manera se relaciona conmigo? —pregunté.

—Desde ahora —respondió mi maestro —Eres agente secreto de los Annu-ki, y viajarás a Moriah en una misión especial que se te encomendará.

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CAPÍTULO 3 - APRENDIZAJE INTEGRAL

20 de abril de 2017

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—¿Que dices? —inquirió Fad, un miembro muy especial de la Casta de los Sacerdotes, y acercó su cabeza hacia mí como si no hubiera escuchado bien mi respuesta— ¡Así es! —exclamó dándome una palmada en el hombro con su delgado brazo—. Exactamente, muchacho. Satisfacciones como esta son las más grandiosas recompensas que se obtienen por una vida dedicada  al estudio y a la enseñanza. Pero, no te emociones mucho, que aquí te esperan más tablillas listas para ser memorizadas.

—Si no tengo otra alternativa —dije.

—¡Observa a tu alrededor! —exclamó complacido, e hizo un gesto de deleite. Probablemente no encuentres en todo Tyamath una biblioteca tan completa como esta. Los estantes de la sala estaban cubiertos de tablillas; la mesa sobre la cual nos apoyábamos también contenía algunos pergaminos Una de las ventanas había sido abierta para brindarnos ventilación. Debajo de la mesa había un brasero con carbones ardientes que nos calentaban los pies.

Fad tenía la cabeza rapada y vestía de blanco (como es propio en los miembros de su casta), y sus ojos ligeramente alargados, reflejaban un semblante afable y perspicaz. Su voz era grave y era difícil saber cuándo bromeaba o estaba serio, si uno no lo conocía lo suficiente. Empecé a sentir afecto por este singular maestro. Percibía en él algo que despertaba mi admiración: práctico y con sentido del humor. Una pasión por el estudio el cual con el tiempo se torna en un hábito motivador. Ese amor por sus textos, y por los hombres que los habían escrito, era lo que en más me cautivaba.

Fad cogío una de las numerosas tablillas, y apoyándose la colocó en el dispositivo para la lectura, un marco de plástico con visores a ambos lados.

—¡Alek! —exclamo al tiempo que señalaba un signo con su dedo índice. — Alek.

—Alek —repetí.

Nos miramos y comenzamos a reímos satisfechos. Y así fue como empecé a aprender el alfabeto tyamatha.

Las semanas siguientes me depararon bastante trabajo, sólo fueron interrumpidas por pausas para el descanso. Mis maestros fueron Eduardo Laredo y Fad, pero cuando empecé a familiarizarme con el idioma, se sumaron varios otros que me impartían enseñanzas sobre diversas materias. Fad, en realidad, sólo había aprendido el español como práctica y diversión, ya que no se hablaba en ninguna parte del planeta; era obvio que le gustaba expresar sus pensamientos en un idioma totalmente extraño.

Mi formación abarcaba, junto al saber intelectual, el conocimiento de las armas y el uso de otros numerosos instrumentos, tan familiares a los tyamathas como entre nosotros son los relojes y las teléfonos móviles. Fad me había dicho escuetamente: —Debes ocuparte de la historia y leyendas de Tyamath, de su geografía y economía, de sus estructuras sociales y costumbres, como puede ser el sistema de castas y los grupos de clanes, el derecho a edificar el Templo del Hogar, el Lugar Sagrado, el derecho militar, etcétera.

Me produjo mucho entusiasmo cuando me enteré que Tyamath también era un esferoide. Algo más pesado en el hemisferio oriental. La inclinación de su eje era algo menor que la de la Tierra. Tyamath cuenta con dos hemisferios, entre las cuales se extendían, al este y al oeste, zonas de clima templado. Descubrí que una gran parte del planeta era territorio inexplorado. Aun así me costó bastante aprender de memoria los ríos, mares, llanuras y penínsulas conocidos.

Las reglas éticas en Tyamath se hallan conservadas en las costumbres de las castas. Me educaban especialmente de acuerdo con el código de la casta guerrera. La enseñanza religiosa se reducía a la adoración de la Madre Tierra. En este mundo, la religión es un tesoro guardado con celo por la Casta de los Sacerdotes.  En pocas ocasiones permiten la participación de miembros de otras castas en sus sacrificios y ceremonias. También existían vínculos comunes entre esta y la de los guerreros.

Recibí instrucciones acerca de la Sabiduría Arcana: el corpus de los intelectuales en particular. Se hacía creer a los hombres de las castas inferiores, que el mundo es un disco ancho y plano. Probablemente, se pretendía de esta manera evitar todo intento de indagación. Por otra parte, las castas elevadas —Sacerdotes y Guerreros y sus respectivas subcastas conocían la verdad acerca de estos temas.

—La ciudad-estado —comentó Fad una tarde— es la unidad política común en Tyamath, ciudades rivales que controlan el territorio adyacente, rodeadas por una tierra de nadie, compuesta de territorios libres.

—¿Cómo se determina el gobierno en estas ciudades? —pregunté.

—Los dirigentes son elegidos entre los miembros de cualquier casta elevada. Fruncí el ceño. —¿Sólo de las castas elevadas?

—El sistema de castas —respondió mi maestro pacientemente— es relativamente rígido, y no depende exclusivamente del nacimiento. Por ejemplo, cuando un niño en la escuela demuestra que está en condiciones de pertenecer a una casta más elevada, esto se le concede. Existe también el caso contrario; es decir, cuando un niño no logra el nivel que se espera de él como miembro de su casta.

—Comprendo —dije, sin sentirme realmente convencido.

—Las castas elevadas de cada ciudad —prosiguió Fad— eligen por un tiempo determinado un administrador y un consejo. Si surge una crisis, se nombra un jefe religioso y militar, un Incal, que ejerce la totalidad del poder, hasta que a su entender la crisis ha pasado.

—¿A su entender? —pregunté con escepticismo.

—Generalmente los Incales renuncian a su cargo después de la crisis. Esto es parte del código de los guerreros.

—¿Qué es lo que ocurre cuando no renuncian a su cargo?

—Si un Incal no quiere dimitir, por lo general es abandonado por su gente. El líder político se queda solo en su palacio, a merced de las masas populares.
—Sin embargo —continuó  Fad—, a veces un Incal logra conquistar el corazón de sus hombres, quienes permanecen a su lado. Entonces se convierte en tirano y gobierna hasta que es derribado por la fuerza de una u otra manera. Las facciones de Fad se habían endurecido. —Hasta que es derribado por la fuerza —repitió lentamente.

En el aspecto económico la vida tyamatha se basaba en el trabajo del cazador, quizá la actividad más primitiva, pero también la más sólida. El alimento básico era un grano amarillo, llamado La-Varna, hija de la vida. Resulta interesante señalar que a la carne se la llamaba La-Vassna, lo que significa madre de la vida. Además, en el lenguaje corriente, La-Vassna servía para designar el alimento en general. Esto parecía sugerir que los tyamathas alguna vez, en épocas anteriores, se habían alimentado mayormente de las reses.

Las distinciones clásicas del conocimiento en Tyamath tienden a seguir las líneas de castas. El Conocimiento Básico se considera más apropiado para las castas más bajas y la Sabiduría Arcana para las superiores. Existe un Conocimiento Supremo: el de los Annu-ki. Sin embargo, las distinciones entre el conocimiento tienden a ser algo imperfecto y artificial. La Sabiduría Arcana está prohibida a las castas más bajas. Es un cuerpo de verdades secretas o celosamente guardadas para las clases populares.

Fue muy riguroso mi entrenamiento con la corta y ancha espada tyamatha. En Lima había practicado judo, y contaba con algunos conocimientos básicos en defensa; pero ahora la cosa iba realmente en serio. También aprendí a manejar la espada con ambas manos. En el transcurso de mi aprendizaje, Valian el Fuerte me hirió más de una vez. Cuando lo hacía, solía decir provocándome dolor: —¡Defiéndete bien!— Hacia el final de la etapa de entrenamiento logré provocarle una herida en el pecho. Retiré mi espada, cuya punta estaba manchada de su sangre. Valian arrojó su arma al suelo con estrépito y me atrajo riendo hacia su pecho.

—¡Estoy muerto! —bramó triunfante. Me palmeó los hombros, orgulloso de mi coraje.

Hubiera deseado que mi equipo se viera completado por una cota de malla, pero me enteré que estaba prohibida por los Annu-ki. Tal vez el motivo de esto residía en el deseo de que la guerra siguiera siendo un proceso de selección biológica, en el cual los débiles y los lentos sucumben. Esta también puede ser la explicación de las armas primitivas que les estaba permitido usar a los hombres que habitaban en las regiones agrestes de la Madre Tierra.

Un día, a la hora de mis lecciones, Valian el Fuerte entró en mi habitación trayendo consigo una barra metálica de unos sesenta centímetros de largo, que tenía un lazo de cuero en un extremo. En este aparato se advertía una especie de conmutador. De su cinturón colgaba un instrumento similar. —Esta no es un arma —dijo—. Tampoco está permitido utilizarla como tal.


—Pero entonces ¿qué es?

—Es un fuete de vallak —respondió. Se ajustó el conmutador más pequeño y tocó la mesa con él. Innumerables chispas saltaron despidiendo un color amarillento hacia todas direcciones, sin dejar ningún rastro sobre la mesa. Valian desconectó la barra y me la acercó. Cuando extendí la mano para cogerla la conectó y me la puso en la mano. Infinitas estrellas amarillas parecían explotar en mi mano. Grité asustado y me llevé la mano a la boca. Había sentido algo similar a una fuerte descarga eléctrica. Revisé mi mano; no presentaba ninguna herida.

—Cuídate de un fuete de vallak —dijo Valian el Fuerte—. No es juego de niños.
Recogí lentamente la barra, cuidando asirla cerca del cabo y coloqué la correa de cuero alrededor de la muñeca.

Valian el Fuerte abandonó la habitación; evidentemente yo debía seguirlo. Subirnos la escalera de caracol que ascendía por la parte interior de la torre cilíndrica. Después de atravesar varias docenas de pisos llegamos al techo plano del edificio. El viento azotaba la superficie circular y me empujaba hacia el borde. No había ninguna barandilla. Hice fuerza para no ser arrastrado por el viento mientras me interrogaba qué habría de suceder ahora. Cerré los ojos. Valian el Fuerte sacó un silbato de vallak de su túnica y se oyó un silbido penetrante.

Yo nunca había visto un vallak, con excepción de las representaciones gráficas en mi habitación y en libros en los cuales se caracterizan los “pegasos” de la mitología griega. No me habían preparado expresamente para enfrentar esa situación, como lo habría de saber más tarde. Los tyamathas creen que la capacidad de dominar un vallak tiene que ser adquirida. Es posible aprenderla. Es cosa de nobleza y de la virtud, del vínculo entre animal y ser humano, una relación entre dos seres que debe darse progresivamente. Se supone que un vallak sabe exactamente quién es un jinete y quién no lo es. Se dice que quien no demuestra ser un buen jinete es atacado por el animal en el primer encuentro que tiene con su caballo de combate.


Por de pronto sentí sólo un poderoso soplo de viento y escuche un ruido jadeante, ensordecedor, como si un gigante hiciera restallar una toalla; luego, estremecido de emoción, me acurruqué bajo una gran sombra alada. Un vallak enorme, con patas relucientes, batiendo salvajemente sus alas en el aire, se mantuvo rígido por encima de nosotros.

—¡Cuidado con las alas! —exclamó Valian el Fuerte.

La advertencia fue obvia; apresuradamente me hice a un lado. Un golpe de esas alas me habría arrojado al vacío.

El animal aterrizó sobre el techo del cilindro y nos contempló con sus negros ojos majestuosos.

A pesar de que el vallak, lo mismo que la mayoría de los equinos, es sorprendentemente ligero —lo que se debe, en primer término, a sus huesos huecos— es un caballo sumamente vigorosa, El vallak, con su increíble musculatura, puede ascender con su jinete solamente con un rápido estremecimiento de sus alas enormes. Para ello, también se ve favorecido por la menor fuerza de gravitación de Tyamath. Los tyamathas suelen llamar a estos caballos «hermanos del viento».

El pelo del vallak no es siempre el mismo, y se los cría teniendo también en cuenta su colorido, y no solamente su fuerza e inteligencia. Los vallak negros se utilizan para asaltos nocturnos; los blancos, para campañas militares invernales. Por su parte, los guerreros que desean impresionar y no tratan de pasar camuflados prefieren vallak de variados colores relucientes. El vallak común tiene un plumaje marrón verdoso.

Los vallak, nobles por naturaleza, no están por lo general más que medianamente domesticados y, lo mismo que sus primos terrestres, son herviboros. En más de una ocasión un vallak ha llegado a atacar y arrojar al vacío a su propio jinete. Sólo temen al fuete de vallak. Son entrenados por hombres pertenecientes a la Casta de los Vallak. Cada vez que un caballo joven se escapa o desobedece, es obligada a volver a su percha y se la castiga con el fuete. Más tarde, por supuesto, los caballos son desatados, pero un lazo en la pata ha de recordarles este castigo. Generalmente el entrenamiento da resultados positivos, excepto cuando el animal está sumamente agitado o ha estado mucho tiempo sin beber agua.

El vallak se cuenta entre las dos cabalgaduras preferidas del guerrero tyamatha; la segunda es el saforius, una especie de lagarto, utilizado especialmente por los clanes que no saben manejar los vallak. Por lo que yo sabía, nadie en la ciudad de los cilindros poseía un saforius, a pesar de que, según decían, eran muy frecuentes en Tyamath, especialmente en las llanuras, los pantanos y los desiertos.

Sospechaba que mi entrenamiento estaba llegando a su fin —quizá porque mis períodos de reposo se iban haciendo más largos; o por la actitud de mis instructores. Sentía que estaba casi preparado, casi listo pero no tenía la menor idea del motivo de mi transporte a Tyamath. En esos días me producía un placer especial el hecho de dominar la lengua tyamatha. Empecé a soñar en tyamatha y a lograr entender a mis maestros cuando hablaban entre sí.


También pensaba en tyamatha y debía hacer un pequeño esfuerzo cada vez que deseaba volver a pensar o hablar en español. En cierta oportunidad llegué a blasfemar en tyamatha, lo que le hizo mucha gracia a Valian el Fuerte. Indudablemente, había aprendido mucho en los últimos días Sí, mucho. Quizás demasiado.

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CAPÍTULO 2 - EN LA CIUDAD DE THANIS

3 de abril de 2017

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Al recuperar la conciencia, pude comprobar que había descansado profundamente. No tenía ni la menor idea de lo que había ocurrido en las últimas horas. Después de un rato, recordé la visión del destello en el cielo de la zona arqueológica de Caral. Noté que yacía sobre una suerte de cama, en una habitación circular con un techo alto y bien iluminado. Las ventanas pequeñas y estrechas llamaron mi atención por su estilizado diseño. Luego de desperezarme me dirigí hacia una de ellas para echar un vistazo al paisaje. El edificio en el que me encontraba formaba parte de un conjunto de torres, altos cilindros que se comunicaban por puentes angostos adornados con hermosos jardines. Algunas barcazas y naves unipersonales sobrevolaban surcando el cielo. Todo esto se mezclaba vívidamente en una atmósfera de ensueño.

Del otro lado colgaba un escudo redondo con unas lanzas cruzadas por detrás. El escudo me recordaba los escudos griegos de épocas tempranas, pero no pude descifrar los signos que contenía. Encima del escudo había un casco con una incisión más o menos en forma de Y para los ojos, la nariz y la boca. De las armas, que colgaban allí de la pared, emanaba cierta dignidad severa, como si estuvieran listas para el combate. Armas que inspiraban respeto y daban un aspecto fiero y salvaje al dormitorio.

Aparte de estos adornos en la pared y de dos bloques de piedra, que quizá servían de sillas, la habitación estaba vacía; las paredes, el techo y el suelo eran lisos como si fueran de mármol. Parecía que no había puertas. Me incorporé, me dejé deslizar por la mesa de piedra y fui hacia una ventana. Miré hacia fuera y vi el Sol, tenía que ser nuestro Sol.

Aparentaba ser algo más pequeño de lo que yo recordaba. El cielo era azul, lo mismo que en la Tierra. Respiraba libremente, y esto me hacía pensar en una atmósfera que contenía mucho argón. Por consiguiente, tenía que estar lejos del mundo. Pero cuando seguí mirando a mi alrededor, comencé a darme cuenta de que no podía tratarse de mi planeta de origen. El edificio en el que me encontraba parecía formar parte de un enorme grupo de torres, cilindros planos que se extendían interminablemente, de formas y tamaños diferentes, comunicados entre sí por puentes angostos y coloreados.

También descubrí que mis movimientos eran más ligeros y sentía que caminaba a mayor velocidad de lo que mi voluntad deseaba. Más adelante me enteraría que se trataba de una menor fuerza en el campo gravitatorio de ese nuevo mundo, pues al levantar una espada que estaba en una de las mesas, la sentí demasiado ligera para su tamaño normal. A lo lejos, un mar se extendía más allá de unas verdes colinas. Poco a poco mis sentidos fueron adaptándose a esa distinta realidad.

Mi vestimenta consistía en una túnica roja, sostenida en las caderas por un cordón amarillo. Vi que me habían colocado un anillo rojo con la «S» de Sanders. Tenía hambre y trataba de concentrarme, pero no me servía de nada. Me veía a mí mismo como a un niño que se encuentra de repente en un mundo de adultos completamente incomprensible.

Un sector de la pared se desplazó hacia un lado. Apareció un hombre alto y atlético con el cabello castaño claro. A juzgar por su vestimenta, se trataba de un líder militar y estadista. Se me acercó lentamente, colocó su mano derecha sobre mi hombro, y dijo:

—Bienvenido seas, Pedro Sanders. ¿No me recuerdas? Soy Eduardo Laredo, tu amigo de la infancia. El tono familiar con que me dio tal recibimiento me tranquilizó. —¿Cómo están tus abuelos? —preguntó y sus ojos denotaban sincera preocupación.

Lo observé cuidadosamente.

—Siempre los recuerdo con cariño —dijo, y se apartó un poco. Me demoré en reaccionar, ya que mi mente tardaba en procesar muchas vivencias y emociones al mismo tiempo.

¿Acaso se trataba realmente del Eduardo Laredo que yo había conocido? ¿Era el amigo deportista, que en alguna oportunidad me defendió de los vecinos mayores del barrio? Algo se estaba moviendo dentro de mí. Surgían recuerdos que se habían mantenido en estado latente durante varios años.

—¡Eduardo Laredo! ¡Viejo amigo!—exclamé.

Se irguió y me miró con alegría. —¡Pedro! —respondió.

Nos abrazamos y nos pusimos al día de los últimos sucesos de nuestras vidas. Así pude enterarme que me encontraba en la ciudad de Thanis, la cual había sido fundada en una isla, y era la la sede central del mundo en el que me encontraba. Él había sido nombrado administrador hacía algunos años atrás y era un cargo político que le gustaba desempeñar.

—Veo que trajiste el mapa estelar —añadió complacido.  —Se trata de un objeto sumamente importante para nosotros.

No deseaba hablar en esos momentos, quería escuchar las innumerables cosas que tenía que decirme.

—Debes tener hambre —me dijo.

—Quisiera saber bien dónde me encuentro y para qué estoy aquí, Eduardo. —contesté  seriamente.

—Por supuesto —respondió mi amigo—. Pero también es necesario que te alimentes —sonrió— Mientras comes hablaremos.

Dio una palmada y un sector de la pared volvió a desplazarse hacía un costado. A través de la abertura apareció una mujer, era la misma atractiva muchacha cuya imagen se proyectaba en el holograma que había visto proyectado. Llevaba una vestimenta de seda, con arreglos florales. Iba descalza y lucía un collar de perlas alrededor del cuello. Volvió a desaparecer por donde había entrado, sin decir ni una sola palabra.

Ante la indicación de mi ex vecino empecé a comer de buena gana. Los alimentos eran sencillos, pero exquisitos. El pan estaba todavía caliente, la carne parecía proceder de alguna pieza de caza. Las frutas resultaron ser una especie de uvas y melocotones y estaban tan frescas como la temperatura de la habitación. Mientras yo iba comiendo Eduardo Laredo comenzó a hablar.

—Este mundo se llama Tyamath. —dijo —Lo que significa en la lengua común del planeta “Templo del Hogar”.

Hizo una breve pausa. —“Templo del Hogar” —repitió— Por lo general, en las ciudades de este mundo, el santuario principal se construye en el centro de una plataforma. En él se coloca el estandarte de la casta a la que se pertenece. Se trata de un símbolo de devoción; un espacio vital para la adoración, en el que cada hombre, en su fuero interno, puede sentirse en especial conexión con el universo.

Eduardo Laredo se había levantado y parecía que iba habituándose al hablar de este tema. Más tarde, comprendería algo acerca de lo que mi amigo sentía en ese momento. Efectivamente, existe una norma en Tyamath, según la cual cualquiera que se refiere a los Templos del Hogar debe ponerse de pie en señal de respeto y veneración.

—Estos santuarios —prosiguió Eduardo—se hallan diseñados y coloreados de manera diversa, y muchos presentan inscripciones complejas. Más de una ciudad sólo posee un Templo del Hogar sencillo que seguramente proviene de la época en que la ciudad era un pequeño pueblo. Dondequiera que un hombre coloque su Templo del Hogar, reclama la tierra para sí. El territorio se vuelve sagrado y es protegido por los guerreros más valientes de la región.

—Podría decirse que existe una jerarquía en cuanto a los Templos del Hogar. Dos soldados sería capaces de matarse por una franja de tierra fértil, lucharían juntos hasta la muerte para proteger el Templo del Hogar de su ciudad, dentro de cuyo radio de influencia se encuentra su pueblo.

»Uno de estos días te mostraré nuestro propio Templo del Hogar, que se encuentra en estas edificaciones. Encierra una tierra que traje al venir a este mundo. Hace mucho tiempo de esto —me contempló tranquilamente—. Algún día quizá te explique más al respecto.

Me puse de pie y lo observé.

Enrique Laredo se veía alejado, sumergido en sus propios pensamientos.

—Construir un único gran Templo del Hogar para todo el planeta es el sueño de algunos estadistas. De acuerdo con los rumores tal Templo existe, pero se encuentra escondido en algún lugar de esta ciudad capital, lo cual es un secreto protegido por los Annu-ki.

—¿Quiénes son los Annu-ki? —pregunté con abierta curiosidad.
Eduardo Laredo se dio la vuelta. —Sí —dijo—. Es muy importante que te informe acerca de los Annu-ki. Pero deja que lo haga a mi manera, a fin de que entiendas mejor lo que voy a referirte.

Volvimos a sentarnos y Eduardo Laredo se concentró en la tarea explicarme paso por paso sobre su mundo.

En su relato, designaba el planeta Tyamath como la Madre Tierra. Una denominación que se daba a la Tierrra en el Paleolítico Superior y hacía alusión a la reverencia que se rendía a la Gran Diosa. Una deidad inmediata y cotidiana que actúa directamente por presencia viviente, y con la cual se dialoga permanentemente; ya sea pidiéndole sustento o disculpándose por alguna falta cometida en contra de ella y todo lo que provee.

—Los Annu-ki —prosiguió Enrique Laredo— son seres inmortales. Son los verdaderos gobernantes de este planeta.

—Ya veo —dije reflexivamente. —¿Qué tipo de seres humanos son?

—Se trata de superhombres. Ellos vienen de las estrellas —contestó mi amigo con un tono de misterio en su voz.

—¿Y entonces qué tipo de seres son?

—Son simplemente dioses.

—¡Vamos amigo!¡Supongo que no creerás eso!

—¿Por qué no? —dijo Eduardo—. Unas entidades que están por encima de la muerte y que poseen un poder y sabiduría más allá de lo que puedes imaginar, bien podrían considerarse de esa manera.
No respondí.

—También podríamos afirmar —prosiguió mi amigo— que a pesar de todo los Annu-ki son seres humanos, hombres como nosotros; dotados de una ciencia y una tecnología tan superiores a las nuestras como lo es el desarrollo del siglo veintiuno frente al saber de los magos y alquimistas del medioevo.

Mi amigo parecía perder la mirada en el horizonte.

A continuación, Eduardo Laredo me explicó las leyendas que circulaban acerca de los Annu-ki, y me enteré que, al menos en un aspecto, eran los verdaderos dioses del planeta. Según rezaba la opinión general, estaban al tanto de todo lo que ocurría en Tyamath. Aparte de esto existen algunos medios mecánicos de transporte o de comunicación o dispositivos de detección y monitoreo, como por ejemplo el radar, sin los cuales resulta imposible imaginar la vida militar en la Tierra de nuestros días.

—Dijiste “la Tierra de nuestros días” ¿A qué te refieres con eso?

—Ten un poco de paciencia, Pedro. Ya llegaré a ese punto.

—Es solo una muestra de tecnología de los Annu-ki —dijo fríamente.

—¿Crees que el rayo tractor estaría controlado por los Annu-ki? —pregunté. —Sinceramente creo que la nave que te trajo se hallaba controlado a distancia, de la misma manera, según dicen, que otros Viajes de Adquisición.

—¿Adquisición?

—Sí —dijo mi amigo—. Hace mucho yo realicé el mismo viaje en el tiempo y en el espacio que realizaste tú. Igual que muchos otros seres humanos.

—Pero ¿con qué fin, con qué propósito? —pregunté asombrado.

—Cada uno, quizá, por un motivo diferente, con diversos fines —dijo. —De hecho, los Annu-ki programan tres tipos distintos de viajes interplanetarios: los Viajes de Implantación, Viajes de Transplantación y Viajes de Adquisición.

Eduardo Laredo me explicó entonces que, -según referencias de los Sacerdotes, quienes se consideraban intermediarios entre los Annu-ki y los hombres- el mundo de Tyamath había sido originalmente más grande. El enorme planeta conocido como Darkos, perteneciente a otro sistema solar, fue atraído por la gravedad de nuestro Sol, colisionando y formando con el transcurrir del tiempo este mundo. Existía otra posibilidad: quizás el planeta siempre había sido una dimensión paralela, sin haber sido descubierto por nuestros instrumentos de medición. Asombrado advertí que mi amigo admitía sin más esta hipótesis imaginativa.

—Esa —dijo vivazmente— es la teoría del gran impacto, que también se aplica a Gaia. Es por esta razón que también imagino a menudo al planeta como la Madre Tierra, no sólo porque se asemeja tanto a nuestro planeta de origen, sino también porque podría tener la misma velocidad de revolución, a pesar de que esto requiera de tiempo en tiempo una variación en el eje de revoluciones.

—Pero es imposible que no lo descubran —objeté—. No se puede esconder en una dimensión paralela sin más un planeta como Tyamath. ¡Es imposible!

Mi sorpresa era evidente.

—Pero como la suposición de que pudiera existir otro mundo no es digna de crédito, estas referencias han sido interpretadas en conformidad con otras teorías, a veces se prefirió achacar limitaciones en los instrumentos antes que admitir la existencia de un mundo paralelo en nuestro sistema solar.

Eduardo Laredo no tenía nada más que decirme. Se levantó, me tomó por los hombros, me retuvo durante un instante y sonrió. A continuación el sector de la pared se desplazó silenciosamente hacia un costado y mi amigo abandonó el dormitorio. No había dicho nada acerca de la misión que me esperaba aquí. La razón por la cual yo había sido traído a Thanis era algo acerca de lo que todavía no deseaba conversar conmigo, y tampoco me explicó el secreto al parecer poco importante del extraño holograma. Lo que más me dolía era que no había hablado nada acerca de sí mismo. Sentía un deseo imperioso de conocer más de cerca este amable estadista que era mi amigo.

Confieso que siento una necesidad urgente de contar mi historia; no puedo dejar de hacerlo. Mi informe sólo contiene datos que conozco como reales por propia experiencia, pero no me sentiré ofendido si usted, estimado lector, se muestra escéptico. Con las pocas pruebas que puedo ofrecerle es casi su deber poner en duda mi relato o al menos suspender su juicio al respecto.


Quizá los Annu-ki sean también lo bastante humanos como para ser emotivos, si es que realmente se trata de seres humanos, pues jamás han sido vistos por mortal alguno. No sé si usted me creería, estimado lector. Usted, con su tecnología de la que se siente tan fascinado, Creo que por lo menos durante mil años no podría hacer nada; y para entonces, si los Annu-ki así lo desearan, este planeta ya se encontraría en otra galaxia. Y quién sabe? Quizás la Madre Tierra, un organismo viviente dejaría de seguir agonizando; y tal vez para ese entonces ya seríamos algo más que polvo de estrellas.

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CAPÍTULO 1 - UNA EXPEDICIÓN ARQUEOLÓGICA

2 de abril de 2017

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Por mis venas corre la sangre de colonizadores puritanos, que llegaron a Norteamérica en 1620. Ellos navegaron a bordo del Mayflower. Huían de la persecución en tierras británicas, por pensar que la Iglesia de Inglaterra había adoptado demasiadas prácticas de catolicismo y se establecieron en el estado de Connecticut. Aun así, fui bautizado de muy pequeño con el nombre de Pedro Sanders. Me parece admirable que ese grupo de místicos contestatarios tuviera el valor de llevar su cultura a territorios casi desconocidos para los europeos. Es por eso y otras razones, que me complace saber que soy el último de esa línea genealógica nacido en el Perú, que probablemente continuará con el linaje de esos memorables antepasados.

Mi salud fue la de un niño normal, aunque mi madre falleciera a la hora de alumbrarme. Más aun, crecí con un cuerpo fuerte, que fui desarrollando con eventuales entrenamientos gimnásticos, deporte y una dieta balanceada, lo cual me distinguía de muchos jóvenes de mi edad. Fueron mi padre y abuelos quienes se encargaron de mi crianza. A pesar del dolor de la temprana pérdida, las heridas en el alma poco a poco fueron cicatrizando; ellos propiciaron un clima familiar favorable para la convivencia. Procuraron brindarme la mejor educación que estuvo a su alcance. Éramos una familia unida, y yo los amaba y respetaba con devoción sincera.

Grata fue la noticia cuando me anunciaron que había sido aceptado para seguir estudios superiores en la Pontificia Universidad Católica de Lima. No hablaré sobre mi formación académica para aligerar esta historia. Sólo mencionare que egresé de la facultad de ciencias sociales, ya licenciado en Antropología. En los últimos años me interesé por problemáticas sociales y llegué a tener cierto dominio de la materia. Me las había arreglado para elaborar un perfil profesional que reuniera los requistos pedidos. Pasaría muy poco tiempo hasta que me avisaron que había obtenido el puesto de trabajo en una organización no gubernamental. Al parecer, mi hoja de vida estaba al nivel de la institución, y me ofrecían un sueldo atractivo para un jovencito que recién incursionaba en la vida laboral.

Algunos días después, me avisaron que viajaríamos al complejo aqueológico de Caral (al norte de la provincia de Lima), para participar en una expedición arqueológica. Debía ocupar la función como asistente de investigación en trabajo de campo. Tomé con agrado la propuesta, e hice lo posible para dejar todo arreglado y prepararme para el paseo. Luego, me despedí de mis familiares y me dispuse a emprender el corto viaje. Al llegar al lugar indicado, tuve que ponerme bloqueador solar para protegerme del cáncer a la piel, pues el clima es cálido en esa área geográfica. Pronto me di cuenta que ser antropólogo no era suficiente para saber cómo desenvolverse en el terreno. Por suerte, obtuve el apoyo de algunos miembros del equipo, quienes rápidamente me enseñaron la mecánica del trabajo.

La visión del atardecer del tranquilo arenal, que colinda con la playa en el litoral costero, era una verdadera delicia estética. Junto a un compañero de trabajo que recién conocía, nos separamos del grupo para descansar. Al rato, sentí un poco de hambre y se me ocurrió ir a buscar algo para comer. Saqué una caja de jugo y abrí una lata de conservas para alimentarme llenando así el estómago Me había alejado un poco del campamento. A los pocos minutos, escuché un sonido que me llamó la atención; una vibración que provenía de algún lugar entre las antiguas ruinas Caral.

Miré alrededor y vi un objeto pequeño que reverberaba a unos cuantos pasos, me acerqué y lo recogí. Parecía tratarse de un artefacto de metal. Lo toqué y los vellos de la nuca se me erizaron. Ignoraba cuánto tiempo había pasado. El corazón me latía agitadamente, por el temor y la altura. ¿Dónde se encontraría  mi compañero? ¿Por qué me había abandonado a mi suerte? Estas preguntas me provocaron una angustia profunda, al no saber qué ocurriría conmigo en ese inhóspito territorio. Asumí que mi compañero se había ido y me encontré perdido entre el desierto con la sensación de una extraña  soledad.

Examiné el misterioso objeto a la luz del encapotado cielo. La escritura grabada en la pantalla del mecanismo no parecía a ninguna conocida. Al presionar mi pulgar el botón, no se encendió ninguna señal. De mala gana traté de atravesar a la fuerza el artefacto con un abrelatas. A pesar de lo liviano que parecía ser, opuso resistencia al metal, como si tuviera que vérmelas con un bloque de acero. El abridor se torció hacia un lado, mientras el objeto no tuvo ni un simple rasguño. Probé apretando el pulgar derecho sobre el círculo en la pantalla. Tal como esperaba se encendió con un sonido metálico.

El extraño artefacto proyectó una imagen que se materializó lentamente, aunque en mi estado de excitación apenas reparé en ello. Una mujer cubierta con una ligera túnica parecía necesitar ayuda. Luego, la proyección se interrumpió y la imagen se desvaneció en el aire frío. Me quedé helado cuando observé en el monitor la fecha del mensaje. Había sido grabado el 2 de abril de 1.640. Curiosamente, el día en que esto acontecía también era un 2 de abril. Por unos minutos, empecé a sollozar, mas luego me di una sacudida y comprobé que no soñaba; que en mis manos tenía una mensaje; que había llegado a destino más de trescientos cincuenta años después de haber sido enviado.

Aun ahora recuerdo cada palabra del mensaje:

En plena colisión de dos mundos,
un nuevo contrato podrá ser establecido:
El tiempo de paz ha llegado a su fin,
Ahora hay conflicto entre las naciones hermanas.

Proyecté el mensaje dos veces más, y mientras lo hacía, me iba sintiendo más intranquilo. Metí el artefacto dentro de la mochila, pues, anhelaba reunirme con el resto del equipo de expedición. No sabía de cuánto tiempo disponía antes de que oscurezca, pero quizá lograría encontrarme con los demás miembros del equipo de trabajo. Invadido por la inquietud seguí caminando hasta el cansancio. Me puse las botas y el abrigo, recogí la mochila y apagué la fogata. Tenía la sensación de ser observado, una sensación bastante incómoda, y había perdido mi sentido de orientación.

¿Acaso no eran sus intenciones que conservara el extraño artefacto?  De todos modos, todavía me quedaba la brújula para guiarme. Ella me auxiliaría. Pero al tomar la mochila y buscarla, me pareció que todo estaba perdido. ¡Empezaba una ventisca que pronto acabaría conmigo! El polvo se levantaba por el aire seco y me cegó la visibilidad. Por primera vez después de haber hecho el hallazgo caí en crisis. La brújula había sido mi ancla, mi apoyo, algo en que confiar. De pronto, se escuchó un ruido intenso: indudablemente mi propia voz, que estalló en un alarido repentino y asustado que siempre recordaré con humillación.

Momentos después salí corriendo como un niño desesperanzado. Ya no recuerdo cuánto tiempo corrí. Quizá durante algunas horas, quizá sólo unos minutos. Innumerables veces tropecé o caí, y los rayos del astro rey herían mi visibilidad.  De repente salió la luna e iluminó la pendiente con su débil luz. Caí al suelo exhausto.

Por primera vez en mi vida había sentido un miedo incontrolable, al que me había sometido por completo, como a una fuerza a la que no puede ofrecérsele ninguna resistencia. Debía cuidarme de este poder. Miré a mí alrededor y distinguí la árida meseta rocosa sobre la que había instalado mi campamento, y las cenizas del fuego. Había regresado al campamento.

Sentí la tierra debajo de mí, la presión contra mis músculos doloridos, el cuerpo bañado en sudor. Y sabía que era bueno sentir dolor. Era importante poder sentir: eso me indicaba que estaba vivo. Entonces, vi un destello en el oscuro cielo de Lima. Durante un breve instante pareció una estrella fugaz, Un leve soplo estremeció la arena en el suelo y me levanté.

Al mismo tiempo algunas rocas empezaron a desmoronarse de las milenarias construcciones. Un destello palpitaba en el cielo nocturno cerca de los vestigios arqueológicos. Tenía que mantenerme calmado y continuar adelante, con mi mochila y la imagen del holograma en mi mente. En los siguientes instantes fui devorado por un agujero el cielo y no supe más

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