CAPÍTULO 3 - APRENDIZAJE INTEGRAL

20 de abril de 2017

 



—¿Que dices? —inquirió Fad, un miembro muy especial de la Casta de los Sacerdotes, y acercó su cabeza hacia mí como si no hubiera escuchado bien mi respuesta— ¡Así es! —exclamó dándome una palmada en el hombro con su delgado brazo—. Exactamente, muchacho. Satisfacciones como esta son las más grandiosas recompensas que se obtienen por una vida dedicada  al estudio y a la enseñanza. Pero, no te emociones mucho, que aquí te esperan más tablillas listas para ser memorizadas.

—Si no tengo otra alternativa —dije.

—¡Observa a tu alrededor! —exclamó complacido, e hizo un gesto de deleite. Probablemente no encuentres en todo Tyamath una biblioteca tan completa como esta. Los estantes de la sala estaban cubiertos de tablillas; la mesa sobre la cual nos apoyábamos también contenía algunos pergaminos Una de las ventanas había sido abierta para brindarnos ventilación. Debajo de la mesa había un brasero con carbones ardientes que nos calentaban los pies.

Fad tenía la cabeza rapada y vestía de blanco (como es propio en los miembros de su casta), y sus ojos ligeramente alargados, reflejaban un semblante afable y perspicaz. Su voz era grave y era difícil saber cuándo bromeaba o estaba serio, si uno no lo conocía lo suficiente. Empecé a sentir afecto por este singular maestro. Percibía en él algo que despertaba mi admiración: práctico y con sentido del humor. Una pasión por el estudio el cual con el tiempo se torna en un hábito motivador. Ese amor por sus textos, y por los hombres que los habían escrito, era lo que en más me cautivaba.

Fad cogío una de las numerosas tablillas, y apoyándose la colocó en el dispositivo para la lectura, un marco de plástico con visores a ambos lados.

—¡Alek! —exclamo al tiempo que señalaba un signo con su dedo índice. — Alek.

—Alek —repetí.

Nos miramos y comenzamos a reímos satisfechos. Y así fue como empecé a aprender el alfabeto tyamatha.

Las semanas siguientes me depararon bastante trabajo, sólo fueron interrumpidas por pausas para el descanso. Mis maestros fueron Eduardo Laredo y Fad, pero cuando empecé a familiarizarme con el idioma, se sumaron varios otros que me impartían enseñanzas sobre diversas materias. Fad, en realidad, sólo había aprendido el español como práctica y diversión, ya que no se hablaba en ninguna parte del planeta; era obvio que le gustaba expresar sus pensamientos en un idioma totalmente extraño.

Mi formación abarcaba, junto al saber intelectual, el conocimiento de las armas y el uso de otros numerosos instrumentos, tan familiares a los tyamathas como entre nosotros son los relojes y las teléfonos móviles. Fad me había dicho escuetamente: —Debes ocuparte de la historia y leyendas de Tyamath, de su geografía y economía, de sus estructuras sociales y costumbres, como puede ser el sistema de castas y los grupos de clanes, el derecho a edificar el Templo del Hogar, el Lugar Sagrado, el derecho militar, etcétera.

Me produjo mucho entusiasmo cuando me enteré que Tyamath también era un esferoide. Algo más pesado en el hemisferio oriental. La inclinación de su eje era algo menor que la de la Tierra. Tyamath cuenta con dos hemisferios, entre las cuales se extendían, al este y al oeste, zonas de clima templado. Descubrí que una gran parte del planeta era territorio inexplorado. Aun así me costó bastante aprender de memoria los ríos, mares, llanuras y penínsulas conocidos.

Las reglas éticas en Tyamath se hallan conservadas en las costumbres de las castas. Me educaban especialmente de acuerdo con el código de la casta guerrera. La enseñanza religiosa se reducía a la adoración de la Madre Tierra. En este mundo, la religión es un tesoro guardado con celo por la Casta de los Sacerdotes.  En pocas ocasiones permiten la participación de miembros de otras castas en sus sacrificios y ceremonias. También existían vínculos comunes entre esta y la de los guerreros.

Recibí instrucciones acerca de la Sabiduría Arcana: el corpus de los intelectuales en particular. Se hacía creer a los hombres de las castas inferiores, que el mundo es un disco ancho y plano. Probablemente, se pretendía de esta manera evitar todo intento de indagación. Por otra parte, las castas elevadas —Sacerdotes y Guerreros y sus respectivas subcastas conocían la verdad acerca de estos temas.

—La ciudad-estado —comentó Fad una tarde— es la unidad política común en Tyamath, ciudades rivales que controlan el territorio adyacente, rodeadas por una tierra de nadie, compuesta de territorios libres.

—¿Cómo se determina el gobierno en estas ciudades? —pregunté.

—Los dirigentes son elegidos entre los miembros de cualquier casta elevada. Fruncí el ceño. —¿Sólo de las castas elevadas?

—El sistema de castas —respondió mi maestro pacientemente— es relativamente rígido, y no depende exclusivamente del nacimiento. Por ejemplo, cuando un niño en la escuela demuestra que está en condiciones de pertenecer a una casta más elevada, esto se le concede. Existe también el caso contrario; es decir, cuando un niño no logra el nivel que se espera de él como miembro de su casta.

—Comprendo —dije, sin sentirme realmente convencido.

—Las castas elevadas de cada ciudad —prosiguió Fad— eligen por un tiempo determinado un administrador y un consejo. Si surge una crisis, se nombra un jefe religioso y militar, un Incal, que ejerce la totalidad del poder, hasta que a su entender la crisis ha pasado.

—¿A su entender? —pregunté con escepticismo.

—Generalmente los Incales renuncian a su cargo después de la crisis. Esto es parte del código de los guerreros.

—¿Qué es lo que ocurre cuando no renuncian a su cargo?

—Si un Incal no quiere dimitir, por lo general es abandonado por su gente. El líder político se queda solo en su palacio, a merced de las masas populares.
—Sin embargo —continuó  Fad—, a veces un Incal logra conquistar el corazón de sus hombres, quienes permanecen a su lado. Entonces se convierte en tirano y gobierna hasta que es derribado por la fuerza de una u otra manera. Las facciones de Fad se habían endurecido. —Hasta que es derribado por la fuerza —repitió lentamente.

En el aspecto económico la vida tyamatha se basaba en el trabajo del cazador, quizá la actividad más primitiva, pero también la más sólida. El alimento básico era un grano amarillo, llamado La-Varna, hija de la vida. Resulta interesante señalar que a la carne se la llamaba La-Vassna, lo que significa madre de la vida. Además, en el lenguaje corriente, La-Vassna servía para designar el alimento en general. Esto parecía sugerir que los tyamathas alguna vez, en épocas anteriores, se habían alimentado mayormente de las reses.

Las distinciones clásicas del conocimiento en Tyamath tienden a seguir las líneas de castas. El Conocimiento Básico se considera más apropiado para las castas más bajas y la Sabiduría Arcana para las superiores. Existe un Conocimiento Supremo: el de los Annu-ki. Sin embargo, las distinciones entre el conocimiento tienden a ser algo imperfecto y artificial. La Sabiduría Arcana está prohibida a las castas más bajas. Es un cuerpo de verdades secretas o celosamente guardadas para las clases populares.

Fue muy riguroso mi entrenamiento con la corta y ancha espada tyamatha. En Lima había practicado judo, y contaba con algunos conocimientos básicos en defensa; pero ahora la cosa iba realmente en serio. También aprendí a manejar la espada con ambas manos. En el transcurso de mi aprendizaje, Valian el Fuerte me hirió más de una vez. Cuando lo hacía, solía decir provocándome dolor: —¡Defiéndete bien!— Hacia el final de la etapa de entrenamiento logré provocarle una herida en el pecho. Retiré mi espada, cuya punta estaba manchada de su sangre. Valian arrojó su arma al suelo con estrépito y me atrajo riendo hacia su pecho.

—¡Estoy muerto! —bramó triunfante. Me palmeó los hombros, orgulloso de mi coraje.

Hubiera deseado que mi equipo se viera completado por una cota de malla, pero me enteré que estaba prohibida por los Annu-ki. Tal vez el motivo de esto residía en el deseo de que la guerra siguiera siendo un proceso de selección biológica, en el cual los débiles y los lentos sucumben. Esta también puede ser la explicación de las armas primitivas que les estaba permitido usar a los hombres que habitaban en las regiones agrestes de la Madre Tierra.

Un día, a la hora de mis lecciones, Valian el Fuerte entró en mi habitación trayendo consigo una barra metálica de unos sesenta centímetros de largo, que tenía un lazo de cuero en un extremo. En este aparato se advertía una especie de conmutador. De su cinturón colgaba un instrumento similar. —Esta no es un arma —dijo—. Tampoco está permitido utilizarla como tal.


—Pero entonces ¿qué es?

—Es un fuete de vallak —respondió. Se ajustó el conmutador más pequeño y tocó la mesa con él. Innumerables chispas saltaron despidiendo un color amarillento hacia todas direcciones, sin dejar ningún rastro sobre la mesa. Valian desconectó la barra y me la acercó. Cuando extendí la mano para cogerla la conectó y me la puso en la mano. Infinitas estrellas amarillas parecían explotar en mi mano. Grité asustado y me llevé la mano a la boca. Había sentido algo similar a una fuerte descarga eléctrica. Revisé mi mano; no presentaba ninguna herida.

—Cuídate de un fuete de vallak —dijo Valian el Fuerte—. No es juego de niños.
Recogí lentamente la barra, cuidando asirla cerca del cabo y coloqué la correa de cuero alrededor de la muñeca.

Valian el Fuerte abandonó la habitación; evidentemente yo debía seguirlo. Subirnos la escalera de caracol que ascendía por la parte interior de la torre cilíndrica. Después de atravesar varias docenas de pisos llegamos al techo plano del edificio. El viento azotaba la superficie circular y me empujaba hacia el borde. No había ninguna barandilla. Hice fuerza para no ser arrastrado por el viento mientras me interrogaba qué habría de suceder ahora. Cerré los ojos. Valian el Fuerte sacó un silbato de vallak de su túnica y se oyó un silbido penetrante.

Yo nunca había visto un vallak, con excepción de las representaciones gráficas en mi habitación y en libros en los cuales se caracterizan los “pegasos” de la mitología griega. No me habían preparado expresamente para enfrentar esa situación, como lo habría de saber más tarde. Los tyamathas creen que la capacidad de dominar un vallak tiene que ser adquirida. Es posible aprenderla. Es cosa de nobleza y de la virtud, del vínculo entre animal y ser humano, una relación entre dos seres que debe darse progresivamente. Se supone que un vallak sabe exactamente quién es un jinete y quién no lo es. Se dice que quien no demuestra ser un buen jinete es atacado por el animal en el primer encuentro que tiene con su caballo de combate.


Por de pronto sentí sólo un poderoso soplo de viento y escuche un ruido jadeante, ensordecedor, como si un gigante hiciera restallar una toalla; luego, estremecido de emoción, me acurruqué bajo una gran sombra alada. Un vallak enorme, con patas relucientes, batiendo salvajemente sus alas en el aire, se mantuvo rígido por encima de nosotros.

—¡Cuidado con las alas! —exclamó Valian el Fuerte.

La advertencia fue obvia; apresuradamente me hice a un lado. Un golpe de esas alas me habría arrojado al vacío.

El animal aterrizó sobre el techo del cilindro y nos contempló con sus negros ojos majestuosos.

A pesar de que el vallak, lo mismo que la mayoría de los equinos, es sorprendentemente ligero —lo que se debe, en primer término, a sus huesos huecos— es un caballo sumamente vigorosa, El vallak, con su increíble musculatura, puede ascender con su jinete solamente con un rápido estremecimiento de sus alas enormes. Para ello, también se ve favorecido por la menor fuerza de gravitación de Tyamath. Los tyamathas suelen llamar a estos caballos «hermanos del viento».

El pelo del vallak no es siempre el mismo, y se los cría teniendo también en cuenta su colorido, y no solamente su fuerza e inteligencia. Los vallak negros se utilizan para asaltos nocturnos; los blancos, para campañas militares invernales. Por su parte, los guerreros que desean impresionar y no tratan de pasar camuflados prefieren vallak de variados colores relucientes. El vallak común tiene un plumaje marrón verdoso.

Los vallak, nobles por naturaleza, no están por lo general más que medianamente domesticados y, lo mismo que sus primos terrestres, son herviboros. En más de una ocasión un vallak ha llegado a atacar y arrojar al vacío a su propio jinete. Sólo temen al fuete de vallak. Son entrenados por hombres pertenecientes a la Casta de los Vallak. Cada vez que un caballo joven se escapa o desobedece, es obligada a volver a su percha y se la castiga con el fuete. Más tarde, por supuesto, los caballos son desatados, pero un lazo en la pata ha de recordarles este castigo. Generalmente el entrenamiento da resultados positivos, excepto cuando el animal está sumamente agitado o ha estado mucho tiempo sin beber agua.

El vallak se cuenta entre las dos cabalgaduras preferidas del guerrero tyamatha; la segunda es el saforius, una especie de lagarto, utilizado especialmente por los clanes que no saben manejar los vallak. Por lo que yo sabía, nadie en la ciudad de los cilindros poseía un saforius, a pesar de que, según decían, eran muy frecuentes en Tyamath, especialmente en las llanuras, los pantanos y los desiertos.

Sospechaba que mi entrenamiento estaba llegando a su fin —quizá porque mis períodos de reposo se iban haciendo más largos; o por la actitud de mis instructores. Sentía que estaba casi preparado, casi listo pero no tenía la menor idea del motivo de mi transporte a Tyamath. En esos días me producía un placer especial el hecho de dominar la lengua tyamatha. Empecé a soñar en tyamatha y a lograr entender a mis maestros cuando hablaban entre sí.


También pensaba en tyamatha y debía hacer un pequeño esfuerzo cada vez que deseaba volver a pensar o hablar en español. En cierta oportunidad llegué a blasfemar en tyamatha, lo que le hizo mucha gracia a Valian el Fuerte. Indudablemente, había aprendido mucho en los últimos días Sí, mucho. Quizás demasiado.

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